Comentario dominical
La palanca del mal
Por Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com
 |
Autor:
Víctor Manuel Rodríguez
Género: ensayo
|
En el contexto del inexorable proceso de globalización
de la economía mundial, el estado nacional cesa de tener utilidad
desde el punto de vista social para verse reducido a mero agente aperturista
al servicio de los mercados extranjeros.
Esto se debe, tal como explica el escritor
Víctor Manuel Rodríguez en su libro La palanca del mal, obra ganadora
del Premio Ricardo Miró 2000 en la sección ensayo, a que “la posición
neoliberal hace del mercado un demiurgo, una inteligencia creadora
que se expresa mediante un individualismo constructor, divorciado
del punto de vista social, del referente nacional y malquistado
con todo mecanismo redistributivo”.
En otras palabras, se puede concluir que
la democracia que nos deja en herencia el proyecto neoliberal es
una democracia anodina, menoscabada, que a fin de cuentas presenta
mayor efectividad como caldo de cultivo de revoluciones de carácter
izquierdista (como la que se dio en México con el Ejército Zapatista
de Liberación Nacional), que como un sistema garante de la equidad
social.
La inefectividad del Estado moderno como
sistema que garantice la participación real dentro del proceso político
de todos los sectores nacionales es una consecuencia de la incompatibilidad
del importado modelo neoliberal con la peculiar realidad sociopolítica
de Latinoamérica, una región del mundo que no siempre es asimilable
desde el paradigma racionalista de occidente.
Esta contradicción ya había sido advertida
por preclaros pensadores como Octavio Paz, acérrimo crítico de la
contumaz insistencia de los Estados latinoamericanos en transplantar
las semillas de la modernidad occidental a nuestra muy singular
y problemática realidad, en vez de crear nuevos paradigmas que se
ajusten mejor a la misma.
Rodríguez concuerda evidentemente con Paz
en este punto de capital importancia, al indicar que los estados
latinoamericanos se han limitado a asumir “emulativamente los programas
de apertura con la acrítica aquiescencia que sólo suscita lo sagrado”.
En el contexto de un ávido proceso de privatización
de las empresas públicas y la aplastante competencia a la que el
producto nacional es enfrentado con respecto a sus pares extranjeros,
el cuestionamiento de ensayistas como Rodríguez hacia el “grosero
fundamentalismo” que “asume el falaz criterio de que el mercado
es omnipotente y capaz de generalizar riqueza al alcance de todos,
siempre que se respeten sus leyes”, no solo resulta pertinente,
sino extremadamente necesario.
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