El sudor de los inocentes
El trabajo infantil va en aumento, en abierta violación a los derechos del niño.
Hermes Súcre Serrano
hsucre@prensa.com
Era casi mediodía en Curundú. Desde los maltrechos balcones de las casillas de madera, mujeres y niños miraban con angustia una nube negra que casi cubría el Cerro Ancón. Otra tempestad, con voladuras de techos e inundación de aguas negras. Pero Esilda Chiricuá Quintana, una indígena chocoe de aproximadamente 55 años, permanecía indiferente, inmóvil, con una mirada de reproche hacia su hijo Rigoberto Bacorizo, de 17 años.
La mujer llegó hace muchos años de Arimae, un
pueblo de la provincia de Darién. No sabe leer ni escribir; tampoco
cuántos años tiene. Ya olvidó sus años mozos, cuando andaba con los
senos descubiertos, una costumbre de la cultura chocoe emberá. Ahora
luce una moderna blusa color de vino, con mallitas.
Rigoberto rehúye la mirada de su madre. El joven no asiste a la escuela ni trabaja, pero calza buenos tenis y luce un corte “doble tono” en su puntiagudo cabello, lleno de gel. Con tono burlesco la mujer le dice a su hijo: “ya fuiste a contar a los piedreros (indigentes adictos al crack y a otras drogas), es lo único que haces”.
Las casas de Curundú están montadas sobre un pantano de aguas verdosas, fétidas, llenas de heces arrastradas por el río. El área está recubierta de una alfombra de basura.
Sentados sobre una hoja de zinc, que alguna vez sirvió de marquesina a un improvisado tambo, jugaban tres niños indígenas. Uno de ellos aplicaba a otro un cortauñas a manera de aguja hipodérmica. El mocito mostró su dispareja hilera de dientes y comentó: “me llamo Joseph, quiero ser doctor”.
Curundú, conocido también como Hollywood, funciona como un puente migratorio entre Darién, Kuna Yala y la capital. Los resultados: más trabajo infantil, analfabetismo, delincuencia, vicio y prostitución.
Entre dos junglas
El éxodo de indígenas darienitas a la ciudad
de Panamá va en aumento, debido a la estrechez económica y a la amenaza
de la guerrilla colombiana.
Vielka Ortega y Jorge Olibarren, trabajadores sociales de Casa Esperanza, en Curundú, dijeron a La Prensa que la migración de familias numerosas ha incrementado el trabajo infantil, porque los niños se van al Mercado de Abastos a pedir las sobras y a ocuparse en algo. Las niñas, entre 12 y 14 años, que caen en manos inescrupulosas, terminan por prostituirse.
De los 204 niños que atiende Casa Esperanza en Curundú, 68 son indígenas. Lo preocupante es que cuando han avanzado en los estudios y se han curado de sus dolencias (enfermedades y hambre), sus familiares los regresan a Darién. Al tiempo, cuando no tiene nada que comer en la selva, vuelven a la capital en peores condiciones, lo que echa por tierra todo el trabajo de Casa Esperanza. Es un círculo vicioso, sin que ninguna dependencia gubernamental le ponga remedio.
Los niños no estudian por irse a trabajar a la calle; además pierden su cultura porque terminan por imitar -por supuesto que en lo malo- a los capitalinos. Muchas veces los niños y niñas indígenas, y de otras etnias, distribuidos en la capital, San Miguelito, Arraiján, la Chorrera, son explotados en el trabajo doméstico, como recolectores en los basureros, empacadores en los supermercados, y en la prostitución infantil.
Así nadie estudia
El aporte del trabajo de la niñez y la adolescencia
al ingreso familiar es de apenas del 1.2% del ingreso total, menos
del 1% en las zonas urbanas y 2.7% en el área rural, según un estudio
elaborado por el Instituto de la Mujer de la Universidad de Panamá.
Los menores de edad constituyen el 72% de la población económicamente activa, 71% entre 10 y 14 años y 73% entre los 15 y 17 años. Los varones ocupados en la cosecha de café, la zafra de caña, la cosecha de melones o empacadores en los supermercados y otros, representan el 73%, mientras que las mujeres el 69%, principalmente en labores domésticas. Las principales causas del problema son la pobreza, sistemas educativos excluyentes y la discriminación de niños y niñas, pero especialmente de las niñas.
Persiste la presencia de menores de ambos sexos como recolectores en los basureros, principalmente en la ciudad de Panamá y las cabeceras de provincia. La Alcaldía de Panamá ha buscado soluciones, pero como dicen los chilenos: “esto es más difícil que hacer callar un chancho a palos”. Por ejemplo, en Curundú está prohibido que menores vayan a trabajar al Mercado de Abastos, pero saltan y hasta rompen los muros del mercado para entrar.
Una de las formas más repugnantes de explotación infantil es la prostitución. El Instituto de la Mujer hizo una investigación con 100 niñas que fueron inducidas al comercio sexual por sus padres, padrastros, hermanastros, abuelos, tíos y “amigos”.
El 28% de las niñas comenzaron a vender su cuerpo entre las edades de 11 y 13 años en semáforos, salas de masajes, colegios, discotecas, parrilladas húmedas (las mojadas con licor). El 55% confesó que lo hicieron por problemas económicos, el 13% inducidas por su padre, el 2% por curiosidad, al 5% les agrada, el 7% por falta de supervisión familiar, y el 20% empujadas por un amigo. El 38% de estas niñas no terminaron su educación primaria. Solo el 11% de las personas acusadas de delitos sexuales contra menores reciben castigo. Madame Tonya, acusada de proxenetismo, es solo la punta (un poco gruesa) del iceberg.
Roxana Arosemena, directora de Casa Esperanza, manifestó a La Prensa que el Ministerio de Trabajo y Desarrollo Laboral no ha cumplido con los convenios internacionales para erradicar el trabajo infantil y demás violaciones a los derechos del niño. “ El Instituto de la Mujer presentó su trabajo sobre prostitución infantil, pero el Ministerio Público no ha hecho nada para investigar el problema”.
Arosemena recordó que el trabajo infantil limita la educación de niños y niñas, y les resta oportunidades de desarrollar una vida normal. Son miles de niños y niñas (nadie sabe cuántos) que viven esta penuria. Ella reconoce que el Ministerio de la Juventud, la Niñez, La mujer y la Familia ayuda mucho y presta atención, pero en el propio gobierno hay funcionarios a los que les conviene que el problema siga, por ejemplo, los cafetaleros.
Denis Amor, de la Dirección de Trabajo Infantil del Ministerio de Trabajo, indicó que actualmente se trabaja en un Plan Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil; además hay una comisión interinstitucional que investiga, con el financiamiento de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), cuales son las peores formas de trabajo de menores. “Este es un asunto complejo, que requiere de la revisión de toda la legislación sobre la materia, incluso la Constitución Nacional”, afirmó.
Por otro lado, es una realidad que muchos niños ayudan al ingreso familiar, pero sin perder sus estudios. Este es el caso de Zacarías Duarte, de 11 años, quien los fines de semana ayuda a su padre en la limpieza de jardines de Urbanización Chanis.
Cuando se le pregunta por sus estudios, recuesta el rastrillo en el muro, baja la cabeza, y con una sobrecogedora humildad responde: “si quiere le traigo el boletín”. Después recupera su herramienta, limpia su frente con la bolsa negra de plástico y sigue su tarea. Así se seca el “sudor de los inocentes”.
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