De talingos y otros pajarracos
Los críticos se divierten locamente rastreando influencias en todos los escritores. Kafka no se presta para estas orgías
Guillermo Sánchez Borbón
Hace cuatro o cinco semanas, un amigo me preguntó por teléfono si yo quería intervenir en un foro universitario sobre Franz Kafka. Le respondí que de ninguna manera. En cambio, sí estaba dispuesto a participar en una mesa redonda (una especie de peña de café ampliada) para conversar informal y agradablemente sobre el gran escritor. En eso quedamos. Cuando llegué a la escena del crimen, me enteré de que lo que se esperaba de mí era una conferencia, cosa a la que jamás habría accedido, porque siempre que hablo de Kafka termino peleado con mis amigos. En fin, como ya estaba en el ruedo resolví sacar el capote, poniendo esa cara de empresario de pompas fúnebres que es de rigor cuando se habla de este novelista.
Diré, para empezar, que independientemente de lo que haya sido como persona y como literato, Kafka no se merecía la siniestra suerte que le reservaba la posteridad. Como el hombre ya está muerto, yo asumí su defensa. Los existencialistas, expliqué, se han apropiado de K, pero es un caso de apropiación indebida: no tenían ningún derecho a reclutarlo para su movimiento (más que reclutamiento fue una leva) ni a ponerlo a escribir las gansaditas que se le ocurrían a Sartre. Este se parece tanto a K como una cucaracha a otro elefante.
Los críticos gringos viven buscando significados ocultos y símbolos en todas las creaciones literarias. Los encuentran, por supuesto, pero son disparates que no tienen nada que ver con las intenciones del autor. ¿Qué simboliza Samsa? Un tipo amanece metamorfoseado en insecto, pero su mayor preocupación es que va a llegar tarde al trabajo. Si vamos a ello, ¿qué simboliza el sombrerero loco de Carroll? Recordemos, a propósito de K, que la metamorfosis es uno de los temas más antiguos de la literatura. Los lectores se asombran de que un vendedor se transforme en escarabajo, pero les parece normal que alguien se convierta en asno.
Los críticos se divierten locamente rastreando influencias en todos los escritores. Kafka no se presta para estas orgías. Literariamente no es hijo de nadie. No tiene padres, pero no es un huerfanito desamparado; la cosa es peor: es un expósito que manos anónimas depositaron, dentro de una canasta, en la aduana de la República de las Letras. Borges, que como todo buen solterón tiene muy desarrollado el instinto paternal, remonta los orígenes de Kafka a las Aporías Eleáticas. ¿En qué se parecen? En nada. Quienes amamos a Borges estamos acostumbrados a perdonarle sus arbitrariedades. Nunca comprendió que las aporías no plantean verdaderos problemas; son juegos de palabras, como lo son muchas filosofías. Una vez Chuchú Martínez me preguntó: ¿qué proposiciones de Heidegger son las que te molestan? Le respondí: lo que me molestan no son sus proposiciones, sino sus preposiciones. Si mal no recuerdo, ese día nos peleamos. Pues bien, Borges, no contento con convertir al pobre K en chozno de Zenón, le pega un papá postizo: Browning. Todavía no he podido averiguar qué relación existe entre el poema de éste que cita Borges y K. Pero Borges era un hombre inteligentísimo, sobremanera versado en literatura. Hablando de Nathaniel Hawtorne, dice: “La circunstancia, la extraña circunstancia de percibir en un cuento de Hawthorne, redactado a principios del siglo XIX, el sabor mismo de los cuentos de Kafka, redactados a principios del siglo XX, no debe hacernos olvidar que el sabor de Kafka ha sido creado, ha sido determinado por Kafka. Wakefield prefigura a Franz Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es mutua: un gran escritor crea a sus precursores”. Imposible estar más de acuerdo.
En cuanto a su descendencia, debo decir que Kafka no ha dejado hijos legítimos. Tampoco ilegítimos. Todos, de una manera o de otra, hemos sido tocados por él, pero K no tiene seguidores directos. Dicen que el teatro del absurdo viene de él. No lo creo (lástima que en estos casos no pueda aplicarse el ADN para salir de dudas). El teatro del absurdo viene de Dadá; si son choznos de alguien es de Tristán Tzará, no de Franz Kafka. ¿Se puede imitar a Kafka? Se puede, siempre y cuando se tenga el talento de Kafka.
Tampoco hay derecho a relacionarlo con los ismos de postguerra, a los que el checo tiene que haber repudiado. El no revolucionó la forma, revolucionó el fondo. Estoy seguro de que, si los hubiera conocido, no habría aprobado los experimentos de Joyce.
En cuanto a los hechos históricos terribles que se produjeron en vida de K, no hay en toda su obra una sola referencia a ellos. Es de suponer que como hombre K se preocupó por la Gran Guerra, por la desintegración del imperio de los Hasburgo, por la inflación, etc. Pero estos acontecimientos, efectivamente atroces, no dejaron una huella visible en sus novelas.
Una de las cosas que más me criticaron fue haber sostenido que K no era el pajarraco (según Kundera, Kafka significa talingo en checo) de mal agüero que nos ha pintado la leyenda. Era un hombre alegre, aficionado a los deportes, socialista (si bien terminó sus días como sionista), enamoradizo, sociable, admirador de la prosa de Thomas Mann. Claro está que la tuberculosis (sobre todo en su fase avanzada) no es una enfermedad que predisponga al optimismo. Pero entre el K real (que leyéndoles en voz alta los manuscritos de El Proceso a sus amigos íntimos era interrumpido por sus propias carcajadas) y el de Max Brod, por ejemplo, hay muy pocos puntos de contacto.
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