Panamá, 09 de agosto de 2002
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Diálogo democrático vs. fundamentalismo democrático

Pocos países en el mundo tienen una visión consensuada del país que desean

I. Roberto Eisenmann

Anthony Giddens escribió hace ya un lustro un libro titulado Más allá de izquierdas y derechas, en el que analiza muy bien la participación, la representación y el diálogo en las democracias. Ya desde entonces se manifestaba un descontento con las instituciones de las democracias liberales. La gente se desilusiona con “la política” porque cada día ésta se desconecta más de sus necesidades...cada día los políticos en el poder son menos accesibles. Aquel dogma de la democracia liberal según el cual, por la vía electoral elegimos nuestros representantes para que entonces aquellos elegidos se dediquen a gobernar –por cinco años– con poder sobre el pueblo, ya está desgastado. Aquello de que si te interesa la agenda pública, tu único camino es sumarte a un partido político y procurar lograr el poder público para entonces gobernar sobre el pueblo, quedó en el pasado.

Se hizo necesario abandonar los fundamentalismos de la democracia tradicional. Hubo que democratizar la democracia; es así como nace la sociedad civil: instituciones privadas dedicadas a la agenda pública sin aspirar al poder público. A través de estos entes distintos y complementarios a los partidos políticos se produce una mayor participación del pueblo en la agenda pública.

Con esta concepción moderna de la democratización de la democracia, nacen los ya conocidos diálogos convocados por el PNUD de Naciones Unidas con el beneplácito del Gobierno y de los partidos políticos, con la participación de toda la sociedad organizada (civil y gremial). Comenzaron bajo el gobierno Endara con los “Bambito”; el primer paso fue sentar a la misma mesa a enemigos (tras 21 años de dictadura) para, a través del diálogo organizado, convertirlos en adversarios tolerantes unos de otros. Los facilitadores fueron Mario Julio Sanguinetti y Belisario Bethancourt, dos ex presidentes latinoamericanos admirados y admirables.

Siguieron bajo el gobierno Pérez Balladares, los “Coronado”; ahí los diálogos produjeron consensos concretos de gran valor para el país: las leyes para el funcionamiento del Canal panameño, la Ley de Uso de Tierras de la ARI y, finalmente, la Visión 2020 en la que –con la firma de todos los partidos políticos y de toda la sociedad civil y gremial– se describe el Panamá que queremos los panameños para el año 2020. Pocos países en el mundo tienen una visión consensuada del país que desean.

Bajo el gobierno Moscoso se acaba de concluir el diálogo y consenso sobre “La transformación integral de la educación”, tema vital que en el pasado tumbó gobiernos, condenándonos al atraso en la actividad más importante para lograr capital humano: la educación. Ahora hubo, en vez de imposición del gobernante elegido a la manera de la democracia liberal tradicional, un diálogo democrático y consenso nacional.

Hubo un intento de diálogo sobre un Plan Nacional de Integridad que –por falta de interés del Gobierno– no se ha iniciado.

Hay un complicado diálogo sobre el futuro de la seguridad social que está dos terceras partes consensuado, pero faltan las jubilaciones, tema que está paralizado por la polarización entre izquierdas y derechas. Yo pienso que el déficit numérico no tiene ideología. Una vez consensuado cuál es el déficit, se facilitarán las soluciones. El Gobierno propuso una contribución del Estado, pero no lideró como se esperaba; aun así siento optimismo en que se logrará finalmente el consenso.

Se logró también un consenso Gobierno/gremios para la reactivación económica que sigue en proceso para otros temas de Estado.

Ahora se inicia otro diálogo de revisión y monitoreo de la Visión 2020, con el fin de reformar y modernizar la institucionalidad del país, incluida una nueva Constitución.

A través de tres gobiernos de signos distintos –y con la facilitación del PNUD–, los panameños hemos logrado una democracia más democrática mediante el diálogo en asuntos de Estado, que ha dado como resultado la producción de consensos nacionales que permiten gobernabilidad en tiempos difíciles y de amplio fraccionamiento político.

Y ahora, dígame Ud. si lo descrito no es motivo para sentirnos optimistas y convencernos de la capacidad ciudadana de cambiar las cosas, a pesar de los problemas que aquejan a nuestra nación.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana

Además en opinión

Diálogo democrático vs. fundamentalismo democrático: I. Roberto Eisenmann
No sólo la crisis económica afecta al Centro Bancario: José Montano
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