El final de un informante de la DEA
Hermes Sucre Serrano
y José Otero
planas@prensa.com
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Ramón Ernesto González
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A principios de la década del sesenta, Ramón Ernesto “Chingaló” González caminaba por la Calle del Tanque de Aguadulce, con una jaula de virulí en la mano, camino de la quebrada El Chochito a cazar “chuíos”, unos pajaritos de hermoso plumaje -amarillo y negro- y cautivadora armonía.
Era pequeño, pero fuerte; un cholito cuadrado, que siempre estaba libre para una pelea. Tenía marcado su territorio en El Chochito. En más de una ocasión le tocó enfrentarse -a biombo limpio- a los aguerridos muchachos de la Loma del Pájaro, quienes dominaban las fincas de Eustorgio Méndez.
A Ramón siempre le gusto el mundo de los detectives. Muy rápido cambió la honda y el biombo por una reluciente pistola. Cuando se le encontraba siempre recordaba su niñez, como aquellas inexplicables peleas (por un trompo, un lápiz o por una novia que ni se daba por enterada del duelo) a la salida de la Escuela Alejandro Tapia Escobar. Le gustaba lucir su esclava de oro y collares al estilo “Mr T”.
“Chingaló” conocía el hampa. Era uno de los mejores agentes del antiguo Departamento Nacio nal de Investigaciones (DENI). Sabía lo que se cocinaba en los zaguanes, y en muchas ocasiones cumplió con valor misiones pe ligrosas. El pasado 23 de julio sus familiares lo reportaron como de saparecido.
El cadáver de Ramón Ernesto González fue encontrado -en es tado de descomposición- el pasado lunes en Cerro Azul con un disparo en la cabeza. Las auto ridades indicaron que se trataba de un ajuste de cuentas, porque era informante de la Agencia Antidrogas Estadounidense (DEA).
Humberto Mas, jefe del Instituto de Medicina Legal del Ministerio Público, explicó que el cuerpo presentaba un orificio de bala con entrada en la parte trasera de la cabeza y con salida en la sección frontal del cráneo. Murió el mismo día que desapareció.
González, de 52 años de edad, fue agente del DENI, trabajó en Aduanas y luego como informante de la DEA.
Las autoridades recuperaron un auto sedán, cuatro puertas, perteneciente a la víctima, el cual estaba estacionado cerca de la piscina Adán Gordón, en la Ave nida Justo Arosemena.
Un testigo aseguró a la Policía Técnica Judicial (PTJ) que González salió el pasado 23 de julio de un local cercano a Renovación Carismática; se acercó a dialogar con unas personas que lo aguardaban en un vehículo aparcado cerca del lugar. Se subió al auto y nunca más volvió. Esta vez no pudo defenderse; sus verdugos lo ataron de manos y pies.
Un segundo auto, que se presume sea el de los secuestradores, fue hallado abandonado en la Ave nida Balboa, el pasado 24 de ju lio.
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