Panamá, 02 de agosto de 2002
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Todo bien; no hay prisa

Ojalá no tengamos que pasar por otra convulsión política como cuando perdimos la democracia en 1968

Carlos M . Arango Jr.

Ahora resulta que no hay prisa para combatir la corrupción. La percepción que la ciudadanía tiene es exagerada y las apreciaciones de la Comisión presidencial contra la Corrupción no tienen el fundamento necesario como para preocuparse.

El número de actos de corrupción dejados en el olvido o en procesos de investigación –que sabemos, no llegarán a ninguna parte– fueron considerables en el gobierno del PRD, como son impresionantes los del gobierno arnulfista, según lo indica la publicación del corruptómetro en La Prensa de hace unos días.

Esta es una de las razones por las cuales la ciudadanía se siente burlada y justificadamente airada. El cinismo de los que están acomodados en sus respectivos refugios de poder le añade sal a la herida, sin medir las consecuencias que la gente sensata prevé que ocurrirán como resultado de la acumulación de resentimientos y frustraciones de una población altamente desempleada y marginada.

Pero todo esto no importa. Las cosas marchan bien. No hay que hacer olas que perturben la paz del reinado y puedan estropear la fiesta presidencial. Así las cosas, parece que el interés del clan íntimo está en asegurarse que las modistas de palacio preparen adecuadamente el vestuario para la próxima presentación internacional, así como para la siguiente visita de las misses, quienes vendrán para aliviar el terrible estrés oficial.

Detrás de este escenario desconectado de una realidad nacional muy diferente, incluso a la que se ve en las inauguraciones de obras menores los fines de semana, se puede estar incubando un drama nacional, que líderes mediocres ocupados en el inmediatismo personal no son capaces de ver.

Si combinamos el desempleo creciente; los actos de corrupción sin sanciones ejemplares; los abusos del poder público en función de intereses personales; una economía que no logra repuntar vigorosamente; una criminalidad incontrolable en las calles; un sistema judicial inoperante y en una mora deprimente; el tráfico de estupefacientes en visible aumento; los exagerados y abusivos salarios compartidos de familias próximas al gobierno; un seguro social ineficiente, mal administrado y políticamente dirigido y, finalmente, un cinismo descarado en funcionarios de alta jerarquía, se puede estar acercando temerariamente la mecha encendida al barril de pólvora.

La explosión podrá ocurrir cuando la reacción popular prefiera sacrificar la institucionalidad democrática del país por una cirugía radical en el sector público. Total, ante un gobierno que no resuelve lo substancial para la clase más necesitada, ¿importa para ellos la preservación de la democracia? Muchas veces estas situaciones comienzan sin una planificación anticipada, sucediendo algunos hechos, a los que siguen otros, desembocando en la anarquía donde ruedan cabezas y gobiernos. ¿Es eso lo que queremos? Evidentemente no es lo que más le conviene al país, pero es lo que parece que está provocando un liderazgo despreocupado de las consecuencias de una corrupción que a estas alturas resulta muy difícil disimular.

Usualmente se juzgan estas opiniones como exageradas, alarmistas o pesimistas, especialmente por aquellos que están en la buena, gozando de los beneficios que le producen los favores del gobierno.

Ojalá no tengamos que pasar por otra convulsión política como cuando perdimos la democracia en 1968. Sin embargo, algo me dice –y es una corazonada solamente– que vamos en la dirección de encontrarnos con problemas muy serios, que la dirigencia de este gobierno no tiene la menor idea de cómo superarlos efectivamente.

¿Habrá alguna esperanza de un cambio, antes de que sea demasiado tarde? Como todo en la vida, es posible. Ciertamente es lo que debiera ocurrir urgentemente, no obstante los hechos de todos los días nos indican que no hay ningún interés en enderezar el rumbo.

El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y ejecutivo retirado


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•Todo bien; no hay prisa: Carlos M . Arango Jr.






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