Panamá, 02 de agosto de 2002
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Los panameños solo clamamos justicia

El pueblo no resulta culpable si su justo anhelo de mejores condiciones de vida y sus desoídas demandas son aprovechadas por quienes lo traicionan una vez llegan al poder

Paulino Romero

Los panameños (hombres y mujeres) del campo y de la ciudad han adquirido una idea justa de su situación y quieren salir de ella modificando las condiciones que la determinan. Analizan en sus grandes líneas el panorama de la economía nacional, conscientes de que la debilidad de ésta engendra su propia inseguridad; saben ver dónde reside esa debilidad y no se les escapan los factores tanto internos como externos que conspiran para acentuarla.

No podría negarse que los malos gobiernos, la ignorancia y la corrupción –enemigos de la democracia y del bien común–, explotan en su provecho tal sentimiento y hacen todo lo que está en sus manos para intensificarlo y extenderlo, como asimismo que trabajan sistemáticamente para agravar las dificultades existentes y obstruir su solución. Sus procedimientos de desgobierno, sus prédicas demagógicas y confusionistas, y sus tácticas propagandísticas prosperan como sobre terreno abonado allí donde hay clientelismo político, pero en la mayoría de la población crece la miseria y el descontento.

En verdad, el pueblo no resulta culpable si su justo anhelo de mejores condiciones de vida y sus desoídas demandas son aprovechadas por quienes lo traicionan una vez llegan al poder (instaurando un régimen de gobierno en nepotismo con su secuela de corrupción generalizada) y los inmorales aspirantes a millonarios. La culpa está en quienes, precisamente, como reza la vieja sentencia, tienen ojos y no ven, tiene oídos y no escuchan.

Los panameños y panameñas que vivimos estas horas inciertas, y por ello dramáticas, del siglo XXI (y particularmente de este desgobierno arnulfista), no debemos desentendernos de la moral y la conducta como doctrina especulativa, así como los monjes de los siglos caóticos en que se disolvía la civilización romana, siguieron cultivando el saber en sus celdas mientras los bárbaros se extendían por el mundo occidental.

Insistimos una y otra vez en que, para que la justicia no pierda su majestad y su omnipotencia, y deje de ser una simple enunciación principista en Panamá, quienes están encargados de administrarla, concederla y aplicarla, han de obrar con probidad, con honradez, con ecuanimidad y con entereza, permaneciendo inmunes a la venalidad, impermeables a la prebenda, incontaminados de mezquinos prejuicios e imbuidos de una probada rectitud moral que garantice la equidad del juicio, el confinamiento de las pasiones y la repulsa del soborno y la prevaricación.

Un tribunal de justicia (llámese corregiduría, juzgado, fiscalía, procuraduría, contraloría, corte suprema, etc.) sin solvencia moral, sin rigidez y sin conciencia funcional, es un estigma para un pueblo y un signo de decadencia en el proceso de la civilización. Urge, pues, que solidifiquemos el imperio de la justicia en nuestro Panamá, y que los hombres, mujeres, jóvenes y niños se sientan más seguros de sus vidas y más enamorados de la existencia. La justicia es una seguridad de paz y de orden, y una garantía para la estabilidad personal y general.

¡Contra la prédica negativa de los escépticos, los materialistas y los corruptos, hay que exaltar la fe en los valores éticos de una conducta idealista y honrada!

Recordemos que el éxito de los inmorales y arribistas, de los que sólo van tras el logro de ventajas personales y para obtenerlas en el más breve plazo no vacilan en echar por la borda todo escrúpulo, es siempre efímero. Lo que se levanta sobre el lodo y la corrupción, tarde o temprano se derrumba como un castillo de naipes; y aunque ese derrumbe material no se produzca, a los que disfrutan de una riqueza mal habida o alcanzan posiciones con el engaño, les está reservado –como lo atestiguan muchos ejemplos en la vida de los pueblos– un castigo más terrible y doloroso que la más severa sentencia de un juez, puesto que la vergüenza está en el delito y no en el cadalso.

Presidenta Moscoso: ¡los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!

El autor es pedagogo, escritor y diplomático


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