Panamá, 02 de agosto de 2002
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Vidas ejemplares

En los pasados meses he visto partir –no sé hacia dónde– a María Lombardo Grimaldo y a Humberto Valdés Salazar, dos panameños que bien podrían servir de ejemplo a las presentes generaciones

Roberto Arosemena Jaén

Mucho se habla de malos ejemplos. Toda noticia o comentario promueve malos ejemplos. Aquí en este mismo periódico, un padre de familia escribe a su hijo varón y menor de edad, recomendándole sexo prematuro con preservativo o masturbación, como si el sida no estuviese infectando para la muerte a 6 mil jóvenes diariamente. Con gran facilidad se confunde el rechazo a una religión con el rechazo a una moral de hábitos que repele el vicio y promueve la virtud.

No se concibe un medio de comunicación de alta penetración en este mundo digital y liberal que no incentive el sexo, las emociones violentas y la acción por la acción. El impudor y los vicios personales reconocidos dan dividendos políticos y electorales. No me refiero al desnudo masivo que ya el viejo Platón recomendaba que lo practicaran varones y mujeres en el gimnasio.

El impudor es el instrumento que se usa hoy en día para romper tabúes. Es la triste herencia de un Freud precipitado en la vorágine de las patologías y las perversiones sexuales y supersticiosas.

El patético caso del joven alemán, disfrazado de muerte y cadáver, que masacra a 14 profesores y luego se suicida cuando un valiente profesor se le enfrenta y lo hace reflexionar, está todavía reciente como para no darle importancia a la educación moral obligatoria para todo joven menor de 25 años.

Por desgracia, la educación moral requiere buenos ejemplos de vida. El buen ejemplo no es esconderse debajo de un hábito eclesiástico ni debajo de una bata de cirujano ni debajo de una toga de juez ni del saco y corbata de un legislador. El buen ejemplo es la vida vivida por un ser humano que puede ser compartida por otros seres humanos y el mal ejemplo es el acto individual que la mayoría desea realizar en su fuero interno, pero que sabe que no es recomendable para los demás.

Una vida ejemplar en una sociedad como la nuestra es refrescante. En los pasados meses he visto partir –no sé hacia dónde– a María Lombardo Grimaldo y a Humberto Valdés Salazar, dos panameños que bien podrían servir de ejemplo a las presentes generaciones.

María es la patriota panameña que cuando maestra mandaba cartas abiertas a los presidentes de turno exigiendo justicia para los educadores, y ya jubilada combatió a los usurpadores octubrinos que asesinaron con alevosía a más de 100 panameños, como documentó recientemente la Comisión de la Verdad. Los que fueron al Asilo Bolívar en los últimos 30 años conocieron a esa señorita Lombardo que siempre exigió respeto a su dignidad y siempre tenía una palabra de aliento y de fe.

La fortaleza de María era tal, que fue despedida por el gobierno del Partido Nacional Revolucionario de Arnulfo Arias, por ser la única panameña, empleada pública, que se resistió a la práctica inveterada de los Porras y los Chiari de cobrar un porcentaje para el partido en el poder. “Me opuse (dijo María) porque Acción Comunal se había comprometido a que en su gobierno esa práctica nefasta sería eliminada”.

Luego volvió a ser despedida por el Partido Revolucionario Auténtico del mismo Arias y cuando Gil Blas Tejeira, un liberal, quiso utilizarla como un ejemplo de la persecución del Dr. Arias Madrid a sus mismos simpatizantes, María le contestó: “Caballero Esplandian, no le acepto sus comentarios. Y si le contesto en estas circunstancias no es para hacerme eco de ningún partido político, sino para decirle que mi único compromiso en la vida es con mi patria y con mi religión católica”.

La ejemplaridad de María Lombardo Grimaldo no fueron estas acciones. Fue la persistencia de su lucha nacional y la confianza a toda prueba que tuvo siempre en sus conciudadanos. Nunca percibió debilidad en su pueblo panameño, sino ignorancia, y por eso se dedicó a educar. Además, siempre dirigió sus dardos hacia los responsables de la cosa pública que consideraba responsables de la decadencia moral de la República.

Humberto Valdés fue profesor de música y miembro de la Banda Republicana. Lo conocí estudiando derecho en la Universidad de Panamá. Eramos los estudiantes más viejos. Humberto fue un panameño que no le temía a la muerte y estudió derecho hasta los últimos días de su vida.

La generación de abogados (1997-2002) recordará a Humberto como ejemplo de ahínco, dedicación y mansedumbre. Toleró las impertinencias de algunos profesores y en algunos casos se les enfrentó exigiéndoles respeto. Lo manejó con la inteligencia de quien soluciona problemas y que sabe de antemano que más se consigue con la persistencia y la mansedumbre que con el enfrentamiento y el insulto.

Pero el ejemplo impactante de Humberto fue la forma como sobrellevó sus dolencias cardíacas. Luego de varios infartos menores, diría yo, un lego en estas especialidades, se le descubrió una hipertensión producida por un mal funcionamiento del riñón. Tenía, además, diabetes. Un cuadro digno para quedarse en casa, donde recibiría los cuidados de su atenta esposa. Humberto no se sintió enfermo, psicológicamente, en ningún momento. Cuantas veces lo invitaba para quedarse en su casa y olvidarse de los estudios, me contestaba: “No, Roberto. Yo voy a ser abogado y vamos a manejar asuntos en conjunto”.

Así, año tras año, Humberto fue aprobando materias. Le costaba, infinitamente, más que a otros, seguir el ritmo exigente de los estudios de abogado en la Universidad de Panamá. Cuando murió preparaba materias del último año de la licenciatura, claro está que tenía algunas pendientes.

Humberto Valdés Salazar fue una vida ejemplar como estudiante y como enfermo terminal que nunca se dio por vencido.

Cuando, en La Chorrera, escuché la homilía del sacerdote enalteciendo las virtudes parroquiales de Humberto, cuando vi la iglesia llena de gente que respetaba al profesor Valdés y, sobre todo, cuando vi su féretro acompañado por su esposa y por su hija médica, que vive y trabaja en Brasil, les di un abrazo pensando en el gran hombre que también había sabido ser esposo y padre.

El autor es catedrático de filosofía en la Universidad de Panamá

Además en opinión

Vidas ejemplares: Roberto Arosemena Jaén
Homenaje póstumo a Pantaleón e Indalecio: Eric Del Rosario J.






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