Panamá, 28 de julio de 2002
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Están tornando incomprensible mi ciudad

Los libros nos dan la opción de multiplicar infinitamente nuestra breve existencia

Beatriz Valdés

Recuerdan las semanas iniciales en primer grado, cuando aprendieron a leer? Yo sí. El paso del pequeño mundo sonoro del hogar a las silenciosas pero infinitas posibilidades de la palabra escrita, fue algo que aún en la simpleza de mis siete años percibí como un brinco importante.

Para siempre en mi memoria estará la madre Blandina, vestida de hábito café, regordeta y chiquita, de pie frente a la clase; en su mano una regla métrica de madera, y en la boca de mi estómago una inquietante cosquillita: ¿serviría aquél instrumento para castigar a los que fuéramos incapaces de aprender? Afortunadamente, sólo la ayudaba a señalar las letras escritas con tiza en el gran pizarrón.

M - a ... ma. Pronto pudimos dibujar los novedosos símbolos en el cuaderno de doble raya, y más que leer, chillar en coro a todo pulmón: ne-ne, ca-ma, co-co, pi-to, pan! provocando, invariablemente, una sonrisa entre divertida y nostálgica en quienes caminaran por el pasillo lateral.

No recuerdo si fue la Navidad de ese mismo año o la siguiente, cuando salté de la cama para mirar los regalos que Santa Claus siempre nos dejaba, a mi hermano y a mí, en la habitación que compartíamos, para encontrar, junto a mi inolvidable muñeca morena Amos Sandra y algunos otros obsequios, dos libros. Los consideraba mis mejores amigos, como decía la canción escolar, pero... ¡juguetes no! Me apresuré a cambiarlos por otros que correspondían a mi hermanito que aún dormía.

Pero no pude quedarme con su bola de caucho ni con sus soldaditos de plomo; mi madre recompuso el agravio afirmando que Genoveva de Brabante y Ricardo Corazón de León (¡con todo y su título varonil!) eran para mí.

Todavía me gustaría tener aquellos dos libros, mientras que los juguetes que recibía perdían su atractivo muy pronto.

El alfabeto es argamasa dúctil para construir libros, y herramienta indispensable para la comunicación en las ciudades. Los libros nos dan la opción de multiplicar infinitamente nuestra breve existencia. Mientras que las letras engarzadas en rótulos y anuncios son la voz del diario vivir, un vínculo necesario entre el ciudadano y su ciudad.

Desde Genoveva de Brabante y Ricardo Corazón de León he devorado tantos libros que difícilmente se me puede acusar de lectora incompetente. Sin embargo, cuando transito hoy por las calles panameñas me resulta imposible descifrar lo que dicen muchos de los letreros.

La publicidad contemporánea ha terminado por distorsionar el alfabeto en su ansia de crear un “logo”, ignorando que lo que gana en originalidad lo pierde en comunicación, y que comunicar debe ser, precisamente, su blanco primordial.

Sugiero que se haga una de esas encuestas populares para determinar cuántos ciudadanos somos capaces de entender, al paso fugaz de un automóvil por avenidas congestionadas o caminando a empellones por nuestras calles sin aceras, lo que anuncian esas letras novedosas. Comprobarán que, como no nos dicen nada, menos pueden vender.

Si existen juntas municipales que aprueban los anuncios destinados a las áreas públicas, no sólo deben velar porque se coloquen donde deben y que exhiban un contenido honesto, sino también que puedan ser leídos. Y de paso, no estaría mal frenar el afán de nuestros comerciantes por bautizar sus negocios panameños con nombres cursis en inglés.

La autora es escritora y periodista

 


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