¿Se necesita un cambio?
Actualmente vivimos en un país en el que todo el mundo hace lo que le da la gana, sin importar lo que dicten las normas legales vigentes
Abdiel Augusto Patiño
augusto2312@hotmail.com
Cada vez me convenzo más de que en este país
se requiere de un verdadero e inaplazable cambio, una remodelación
integral de la institucionalidad panameña, desde la más profunda
de sus raíces; una reestructuración total que se convierta en la
infalible base del desarrollo socioeconómico que esta Nación requiere,
y al que aspira con gran ansiedad. La razón de esta posición es
sencilla de explicar, y será fácil de comprender para aquellos que,
al igual que yo, vean y reconozcan en nuestro actual modelo administrativo
la evidente decadencia que nos impulsa al más nefasto de los infortunios
sociales: la anarquía.
Actualmente vivimos en un país en el que
todo el mundo hace lo que le da la gana, sin importar lo que dicten
las normas legales vigentes, o lo que opinen o digan los ciudadanos
decentes. En el presente tenemos ante nuestros ojos la realidad
de una Nación en la cual aquellos que tienen la potestad de dirigirnos
por las sendas del desarrollo humano –aspecto que está determinado,
más que por lo económico, por una verdadera e imperiosa justicia
social–, no tienen la voluntad y mucho menos la vergüenza de poder
hacer cumplir la ley que dicen defender y honrar.
En el Panamá de hoy se vive una ignominiosa
crisis de valores que amenaza nuestra integridad como pueblo soberano
y dueño de nuestro futuro que somos; una desventurada situación
que se ha apoderado de nuestros días, desencadenada en corrupción,
violencia, inseguridad social y jurídica, inestabilidad y decepción
política, entre otras tantas indignantes condiciones que son, sencillamente,
insostenibles para nuestra sociedad. Todo esto ocurre ante la mirada
airosa de aquellos que tienen el poder de impulsar el indiscutible
cambio que se requiere, pero que no lo hacen por evidentes razones:
carencia de un verdadero amor por la patria y vergüenza, pues se
les presenta aquella sensación que ocasiona el no poder exigirle
a un pueblo que cumpla con las leyes, si los que deben hacerlas
valer son los primeros en violarlas o aprovecharse de ellas para
cometer actos inverosímiles y deshonrosos.
Hay que estar claro en que esta realidad
no cambiará, mientras que el ejemplo no se abra camino en medio
de la misma. Es necesario que nuestras instituciones gubernamentales,
aquellas que tienen la “sagrada misión” de regir la maquinaria estatal
y de encaminar a sus ciudadanos por las sendas de la justicia social
y de la ecuanimidad humana, tomen conciencia de la desesperante
situación que atenta contra la Nación y formen parte de las soluciones,
no a través de voces alentadoras o de invitaciones etéreas, sino
mediante hechos y medidas que impulsen una reestructuración total
de nuestra institucionalidad.
No podemos hablar de un verdadero desarrollo
humano, mientras nuestros principales instrumentos jurídicos continúen
dando pie a pautas contrarias a las necesidades de la Nación, que
permiten la inequidad socioeconómica que colma a nuestra ciudadanía,
los exabruptos jurídicos y políticos que avergüenzan nuestra dignidad,
la corruptela administrativa que deteriora nuestra institucionalidad.
La esperanza de que las cosas cambien durante
el actual período administrativo, es nula. En estos momentos nos
encontramos ante un innegable escenario: aquellos que prometieron
el cambio, que supuestamente se identificaban con las necesidades
nacionales, encontraron en el actual modelo administrativo –herencia
de la dictadura militar– la oportunidad de hacer y deshacer; encontraron
la oportunidad de menoscabar los más recónditos sentimientos de
la dignidad nacional.
A aquellos que prometieron el cambio, les
gustó todo lo que antes criticaron y prefirieron dejarlo así, aprovecharse
de ello y balbucear, de frontera a frontera, voces portadoras de
cínicos mensajes de justicia social, desarrollo sostenible, progreso
económico, modernización institucional y demás efímeras señales
que jamás, en ningún momento, han contribuido a concretar, siquiera,
las bases de la redefinición que este país precisa.
A los ciudadanos decentes nos queda solo
una cosa: buscar la forma de hacer eco de que en este país se necesita
un verdadero cambio, y que este no puede aplazarse más allá del
2004.
Debemos reconocer que la oportunidad electoral
que se aproxima será la ocasión precisa para exigir compromisos
en pos de esta ardua tarea, la cual debe tomar como base la realidad
de que el país y sus habitantes no pueden soportar durante más tiempo
el actual modelo administrativo, que ha dado claras e indiscutibles
pruebas de su decadencia, su nefasta corrupción y su encauzamiento
hacia el más terrible de los descalabros sociales.
El autor es técnico en programación
Además en opinión
• El sacerdote, el
diplomático, el hombre:I. Roberto Eisenmann, Jr.
• ¿Se necesita
un cambio?: Abdiel Augusto Patiño
• El Panamá
que no nos dejan ver: Gustavo Chellew
• ¿Qué
futuro nos espera?:Daniel Arias
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