Panamá, 26 de julio de 2002
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El sacerdote, el diplomático, el hombre

Ha vivido su calvario con el mismo coraje ejemplar del Clavado en la Cruz de Palo pero, según sus amigos más íntimos, se ha perdido toda esperanza. Monseñor Laboa está sereno y entregado, en espera de lo que disponga la Divina Providencia

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Monseñor José Sebastián Laboa parece haber sido trasladado por el Vaticano al Paraguay. La noticia nos consterna. Queremos pensar que no es posible. El presidente Endara, representante fiel del querer del país, ruega al Papa reconsideración. Pero sabemos todos que la carrera diplomática exige rotación, y que desde la óptica de sus superiores, cuanto más manifestemos nuestro agradecimiento y hermandad con monseñor, más se confirma la necesidad de cumplir su traslado. Monseñor Laboa es ya uno de nosotros; es amigo del alma...y los países no tienen amigos sino intereses, y los diplomáticos tienen que representar intereses y no emociones de amistad. Por eso, imagino, sentirán sus superiores que hay que cumplir con rigor la rotación acostumbrada. Monseñor Laboa, por su extraordinaria labor entre nosotros, por ser defensor de los derechos humanos de los panameños, por haber ofrecido refugio a todos los panameños víctimas de la dictadura, por haber restaurado nuestra fe en la jerarquía eclesiástica de nuestro país, y por haber sido principal partero de la democracia panameña, se ganó la simpatía de la mayoría de los panameños.

Monseñor, el sacerdote, nos ofreció siempre serenos y juiciosos consejos espirituales. Pero a la vez, es experimentado y pragmático diplomático, y hombre de claras decisiones... y de acción. Monseñor se informa, se asesora, analiza, y luego hace lo que pocos diplomáticos –aun menos sacerdotes– acostumbran a hacer: se arriesga y actúa.

Todo ser humano de acción crea controversia en su camino, y las gestiones y actos de monseñor no han estado ausentes de controversias y de críticas. Algunos consideran sus actuaciones como “poco diplomáticas”; sin duda muchas lo fueron, sobre todo aquellas que significaron grandes logros para los derechos humanos y el alumbramiento de la democracia panameña. Los resultados finales son los que cuentan y no las incomprensiones transitorias producidas en el camino recorrido.

La verdad es que en el momento más traumático de la historia de nuestra Nación, a la Nunciatura recurrieron todos: víctimas y victimarios, invasores e invadidos. Monseñor José Sebastián Laboa fue actor principal del drama y logró lo imposible salvando muchas vidas en el proceso. Fue, en el estricto cumplimiento de su función diplomática, un éxito incuestionable. Fue, en su función como ser humano, un éxito extraordinario. Sin duda que es un ser humano superior. Como sacerdote y representante del Papa regenera en muchos cristianos la fe perdida en la jerarquía eclesiástica. Es con la llegada del nuncio que la Iglesia se vigoriza y toma claro partido (como debe ser) con las víctimas. ¿Coincidencia? Quizás. Pero este panameño sintió la energía vasca del nuncio tras el despertar de la jerarquía. El nuncio y su residencia nos dieron a todos un sentido de protección que nunca antes percibimos por parte de nuestra Iglesia. Ojalá que nunca más se pierda.

Al muy querido nuncio apostólico ofrecemos un fortísimo, apretado y prolongado abrazo de gratitud y hermandad.

Aquí, en esta recién nacida democracia panameña, hay un permanente monumento a José Sebastián Laboa. Esté donde esté sirviendo a nuestro Papa, ayudando y resolviendo problemas humanos en otras latitudes, esta tierra pequeña seguirá siempre siendo un poco suya.

Nota del autor: Este artículo salió en La Prensa el día 21 de agosto de 1990, hace casi 12 años. Lo hemos querido reproducir porque monseñor Laboa, hoy retirado y viviendo con su familia en el País Vasco, padece de una cruel y terminal enfermedad. Ha vivido su calvario con el mismo coraje ejemplar del Clavado en la Cruz de Palo pero, según sus amigos más íntimos, se ha perdido toda esperanza. Monseñor Laboa está sereno y entregado, en espera de lo que disponga la Divina Providencia. Desearíamos que supiera monseñor Laboa, que en este momento de su gran transición, hay todo un Panamá eternamente agradecido rogando por él.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana


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