Panamá, 26 de julio de 2002
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¿Qué futuro nos espera?

La grave situación por la que atraviesa la educación, requiere urgentemente una transformación que ponga freno a ese desmejoramiento

Daniel Arias

Todo ser humano racional, durante el período de su vida, lucha con el objetivo de lograr que sus predecesores, hijos y nietos, puedan lograr un futuro de vida mejor, a través del logro de una preparación profesional superior, con una buena estabilidad económica, y con un comportamiento cultural positivo. Alcanzar ese objetivo debiera ser la lucha principal de todos los que somos parte de la generación actual.

Lamentablemente, desde hace varias décadas, en nuestra sociedad se viene reflejando, en forma creciente, un desmejoramiento en todas las funciones o acciones institucionales y humanas, que en forma permanente debieran ir mejorándose, superándose o tecnificándose. Entre una de esas funciones, y con carácter principal, está el sistema educativo, a través del cual se fundamenta y proyecta en gran medida, la conducta, la preparación, y la cultural social de todo ser humano.

Nuestro sistema educativo viene sufriendo desde hace varias décadas un deterioro alarmante. Un ejemplo de ello es que hace varios años constituía un honor y un privilegio graduarse en alguno de los colegios oficiales como Artes y Oficios, el Instituto Nacional, el José Dolores Moscote, y otros más. Se consideraba que en ellos se obtenía la mejor preparación, lo que se reflejaba en los sistemas de evaluación educativa que se hacían a lo interno y a lo externo del país; sin embargo, a medida que ha ido pasando el tiempo, el deterioro o desmejoramiento de nuestro sistema educativo ha llegado a niveles que reflejan todo lo contrario. Hoy esas graduaciones no reflejan honra ni privilegio.

Otro ejemplo de la decadencia de la educación es el sistema educativo superior. En la Universidad de Panamá, por ejemplo, en los últimos años en varias facultades, ni siquiera el 10% de los aspirantes a ingresar a estas ha logrado pasar las pruebas de admisión que les permita ser aceptados.

Esta grave situación por la que atraviesa la educación, requiere urgentemente una transformación que ponga freno a ese desmejoramiento. Actualmente existe la esperanza de que a través del Diálogo por la Educación que se viene dando desde hace varios meses, se pueda lograr la promoción de un sistema verdadero, que constituya con eficacia el sistema de preparación y formación de nuestros hijos y nietos. Todos quisiéramos que ellos hereden un sistema educativo que se refleje positivamente, y no en forma negativa como se ha venido reflejando en los últimos años.

La descomposición social que estamos viviendo, la cual genera un alto nivel de preocupación, en cuanto lo que podrá ser el futuro de nuestros predecesores, se proyecta no solamente en lo que refleja en el aspecto educativo.

También preocupa la grave crisis que afronta una de las instituciones más importantes del Estado, la Caja de Seguro Social, que corre el riesgo –en el futuro cercano– de que desaparezcan o desmejoren las formas de lograr las jubilaciones, y que se afecte mucho más el sistema de atención de la salud.

Igualmente está generando un alto grado de inquietud, por lo presente y lo futuro, el constante aumento que se está dando en una serie de acciones negativas por parte de la juventud, en muchos aspectos que tienen que ver con la formación cultural y la crisis económica que afrontamos, entre las cuales sobresalen un sinnúmero de acciones delictivas, como los casos de criminalidad, de robo y hurto, de consumo de drogas, de violación carnal, y el maltrato familiar. Es necesario y urgente que encontremos la manera de poner freno a esta situación, como fórmula para salvaguardar y proteger nuestra generación futura. Nos debe motivar que nuestra Nación es un país que refleja, a nivel mundial, características adecuadas para progresar, como su configuración geográfica, su Canal interoceánico al servicio del mundo, su gran atractivo turístico, sus sistemas monetario y bancario, su alto índice per cápita, además de ser considerado un país despoblado. Siendo ello así no se justifica, y nos debe preocupar, que nuestro país refleje altos índices de pobreza, de inseguridad, de delincuencia, de deterioro en nuestra economía, educación y sistema de seguro social.

Por el amor a nuestros predecesores debemos actuar para frenar y superar esta crisis económica, política, cultural y social que ha afectado el pasado, que está afectando nuestro presente, y que, de no encontrarse fórmulas para corregirla, afectará mucho más nuestro futuro. Finalizo acogiendo la expresión señalada por el doctor Luis Wong Vega, en su artículo La democracia enviciada: “Aún hay tiempo para tratar de revertir este daño, mediante una toma de conciencia colectiva y mediante una revuelta ciudadana pacífica, pero firme, que se oponga a los desmanes de nuestros políticos tradicionales”.

El autor es ex legislador de la República


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