Panamá, 19 de julio de 2002
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Subsidio estatal para aliviar la pobreza extrema

Debemos tener presente que la pobreza extrema no se produce porque la gente devenga bajo salario; se produce porque hay quienes no tienen cómo ganarse absolutamente nada

Reynaldo Rivera P.

Hoy día vemos cómo las manifestaciones de pobreza extrema se hacen más notorias. Las cifras que indican que en nuestro país, la pobreza extrema alcanza el 26.5% de la población, o sea, más de 750 mil panameños, han dejado de ser números fríos e indiferentes para convertirse en una realidad patética a la vista de todos los panameños. Los reportajes televisivos donde se aprecian esos hogares tan deplorables y niños que vienen al mundo con una desnutrición crítica, condenados a vivir un calvario durante toda su existencia, al igual que sus descendientes y ascendientes, constituyen una realidad que produce espanto y dolor.

Mientras eso ocurre, los gobernantes anteriores, actuales y futuros, analizan desde su “mesa de cálculo” las mejores estrategias políticas, unos para conservarse en el poder y otros para reposeerlo.

Otros que se proclaman los incansables luchadores por los intereses de los trabajadores, como son los grupos obreros y sindicales, aclaman un aumento en el salario mínimo porque, según ellos, es la mejor forma de distribuir riquezas. Les importa un pito con los que no tienen empleo y además pareciera que consideran que por designio divino, siempre tendrán uno.

Debemos tener presente que la pobreza extrema no se produce porque la gente devenga bajo salario; se produce porque hay quienes no tienen cómo ganarse absolutamente nada y lo peor de todo es que a su vez tienen personas que dependen de ellos.

Nadie piensa con preocupación y seriedad en aquellas familias en las que nadie trabaja y día a día tienen que vérselas para buscar el tan apreciado mendrugo. Tampoco se piensa en lo difícil y traumático que es para un padre o una madre ver a sus hijos sucumbir lentamente por la desnutrición, sin que haya alguien que le dé la mano al menos para mitigar la desesperación de sus seres queridos.

La pregunta es: ¿Hay que esperar que como producto de las genialidades emanadas del Diálogo para la Reactivación Económica, se produzca el incremento en el PIB (Producto Interno Bruto) para darle comida y medicinas a los panameños?

¿Hay que esperar la tan cacareada reforma tributaria, el uso eficaz del Fondo Fiduciario y el resultado de las negociaciones de los TLC, para combatir la hambruna?

¿No es posible que con una parte de todo ese dinero que se fumigan los gobernantes, se constituya un fondo para desempleados al menos para que subsistan, mientras logren conseguir un empleo? Si ya estamos endeudados hasta el cuello, como consecuencia de la falta de control sobre el gasto público –que es mayor que los ingresos corrientes– ¿por qué no hacer lo mismo para que la gente no tenga que vivir en la indigencia?

El cálculo es sencillo: con un subsidio estatal de 80 balboas mensuales a 150 mil familias que vivan en pobreza extrema, resultaría un gasto anual de 144 millones de balboas que muy bien pueden obtenerse de la contención del gasto público, principalmente en el renglón de salarios, viajes, partidas discrecionales, del aumento en rendimientos de inversiones como el Fondo Fiduciario y en empresas mixtas; algunas reformas (dije algunas) al sistema tributario; restablecer el pago anual aproximado de 30 millones a Panama Ports Company (PPC) y buscar una manera menos sacrificada para el Estado de concretar inversión requerida.

Ojalá que a alguien se le ablande el corazón y presente a la Asamblea Legislativa un proyecto de ley que promueva un paliativo de esta naturaleza, y con ello se le dé esperanza de vida a una gran cantidad de panameños que aún tienen fe en que alguien los mire y haga algo por ellos.

El autor es licenciado en contabilidad

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