Panamá, 15 de julio de 2002
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
La Ciudad
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Defensor del lector
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Mundial 2002
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
SEPARATAS
Pulso de la Nación
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

A 52 años del ‘Maracanazo’

Arriba, los tres goles de la final del Mundial de Brasil de 1950: Friaça y el bombazo para el 1-0 (Izq.), el empate de Schiaffino (centro), y el grito de Ghiggia (tapado por el palo). Abajo, el fin, tras el pitazo del árbitro. Gambeta se va a quedar con el balón.

En 1972, el escritor argentino Osvaldo Soriano entrevistó al uruguayo Obdulio Varela, una de las últimas leyendas del fútbol rioplatense. Obdulio fue el artífice de una de las más tristes victorias de un Mundial. Era el 16 de julio de 1950 y Brasil jugaba la final de la copa del Mundo en su propia casa. Estrenaban el estadio Maracaná para la ocasión, 150 mil fanáticos abarrotaban las graderías. Uruguay, el rival, se pensaba derrotado de antemano. Toda Brasil se preparaba para una noche de juerga espectacular. Brasil marcó el primero gol y el estadio casi se viene abajo... el país entero gritaba de emoción. Pero la victoria final no llegó. Un pequeño David, Varela, venció al gigante Goliath a punta de cabeza. Pero no se refiere a un gol de cabeza, sino a la inteligencia. Pero dejemos que Obdulio Varela, a través de la crónica de Soriano, nos cuente él mismo la historia. Lo que publicamos es un fragmento solamente, tomado del libro Artistas, locos y criminales, maravillosa reunión de las crónicas de Soriano, que reproducimos del suplemento Autogol de la revista Cromos, de Colombia.

...Recuerdo que un dirigente uruguayo llamó a Oscar Míguez, el centroforward del equipo, poco antes de salir a la cancha, y le dijo que estuviéramos tranquilos, que los dirigentes se conformarían si perdíamos nada más que por cuatro goles. Dijo que con llegar a la final ya deberíamos estar satisfechos y que se trataba ahora de evitar el papelón, de no tragarse una goleada muy grande.

Yo le escuché y eso me indignó. Le dije: “Si entramos vencidos mejor no juguemos. Estoy seguro de que vamos a ganar el partido. Y si no ganamos, tampoco vamos a perder por cuatro goles”.

Yo tenía 33 años y muchos internacionales encima. Estaban listos si creían que nos iban a pasar por arriba así no más. Los otros muchachos del equipo eran jóvenes, sin mucha experiencia, pero jugaban bien al fútbol. Además, poco antes habíamos jugado contra los brasileños en la copa Río Branco y le habíamos ganado 4-3 el partido; después perdimos dos veces por 1-0, pero nos habíamos dado cuenta de que se les podía ganar. Ellos tienen mucho miedo de jugar contra los uruguayos o contra los argentinos.

Antes de salir a la cancha, el director técnico Juan López me dijo, como siempre, que yo debía dirigir, ordenar el equipo dentro de la cancha. Entonces, cuando íbamos para el túnel, les dije a los muchachos: “Salgan tranquilos. No miren para arriba. Nunca miren a la tribuna: el partido se juega abajo”.

Era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando. Entonces nos fuimos hacia el mástil donde iban a izar las banderas. Cuando salió Brasil lo ovacionaron, claro, pero después mientras tocaban los himnos, la gente aplaudía. Entonces les dije a los muchachos: “Vieron cómo nos aplauden. En el fondo esta gente nos quiere mucho”.

Al juez no le di la mano. Nunca le di la mano a ningún árbitro. Lo saludaba, sí, lo trataba con respeto, pero la mano nunca. No hay que hacerse el simpático. Después la gente dice que uno va a chupar las medias del que manda en el partido.

En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero después nos quedamos. Faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos, de esos que no puede errarlos nadie. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. Si fracasábamos en eso, íbamos a tener delante una máquina y entonces sí que estábamos listos. El primer tiempo terminó cero a cero.

En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Yo pensé que si no los parábamos, nos iban a llenar de goles. Empecé a marcar de cerca, a apretarlos, para tratar de jugar al contragolpe. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin. Le voy a contar algo que la gente no sabe. Todos vieron que yo agarraba la pelota y me iba para el medio de la cancha despacio, para enfriar. Lo que no saben es que yo iba a pedir un off-side, porque el linesman había levantado la banderola y después la había bajado antes de que ellos hicieran el gol. Yo sabía que el referí no iba a atender el reclamo, pero era una oportunidad para parar el partido y había que aprovecharla. Me fui despacito y por primera vez miré para arriba, al enjambre de gente que festejaba el gol. Los miré con bronca, lleno de bronca y los provoqué. Tardé mucho en llegar al medio de la cancha. Cuando llegué, ya se habían callado. Querían ver funcionar a su máquina de hacer goles y yo no la dejaba arrancar de nuevo. Entonces, en vez de poner la pelota en el medio para moverla, lo llamé al referí y pedí un traductor. Mientras vino, le dije que había off-side y qué sé yo. Había pasado por lo menos otro minuto. ¡Las cosas que me decían los brasileños! Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio nada más.

Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido.

¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario. O como el torero, dominar el ruedo y al público, porque si no, el toro se le viene encima. Uno sabe que en una cancha extraña no lo van a aplaudir, por más que haga buenas jugadas. Entonces tiene que imponerse de otra manera, dominar al adversario, al público y a sus mismos compañeros. Claro, yo había jugado un millón de partidos en todas partes, en canchas sin tejido, sin alambrado, a merced del público, y siempre había salido sanito. ¡Cómo me iba a achicar ese día en el Maracaná, que tenía todas las seguridades! Ahí yo tenía que dominar, porque tenía todas las facilidades y sabía que nadie podía tocarme.

Cuando hicimos el gol, que lo hizo Gigghia (el primero lo convirtió Schiaffino), no lo podíamos creer. ¡Campeones del mundo, nosotros, que veníamos jugando tan mal! Al terminar el partido, estábamos como locos. En Brasil había duelo. Los cajones de cañitas voladoras flotaban en el mar. Era una desolación.

Esa noche fui con mi masajista a recorrer unos boliches para tomar unos chopps y caímos en el de un amigo. No teníamos un solo cruzeiro y pedimos fiado. Nos fuimos a un rincón a tomar las copas y desde allí mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentiras; todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y nosotros se lo habíamos arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiese sido lindo ver el carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza?. Pensé en el Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca que ahora era mía pero también me dolía. El dueño del bar se acercó a nosotros con el grandote que lloraba. Le dijo: “¿Sabe quién es ese? Es Obdulio”. Yo pensé que ese tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: “Obdulio, ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros? Queremos olvidar ¿sabe?” ¡Cómo iba a decirle que no! Estuvimos toda la noche chupando en los boliches. Yo pensé: “Si tengo que morir esa noche, que sea”. Pero acá estoy.

Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor. No, no se asombre. Lo único que conseguimos al ganar ese título fue darle lustre a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Ellos se hicieron entregar medallas de oro y a los jugadores le dieron unas de plata. ¡Usted cree que algunas vez, se acordaron de festejar los títulos de 1924, 1928, 1930 y 1950? Nunca.

Los jugadores que intervenimos en aquellos campeonatos nos reunimos ahora por nuestra cuenta todos los años, el 18 de julio, que es la fecha patria. Lo festejamos por nuestra cuenta. No queremos ni acordarnos de los dirigentes.


Además en deportes

Otra vez subcampeones
‘Full’ se impuso con facilidad
Baloncesto infantil
Lewis, hastiado del boxeo
Rubén Rivera inicia una nueva etapa con los Rangers
Lee pega un par de jonrones
Handicap Roberto Durán
Montunos sacan juego del bolsillo a Caimanes
Selby sacudió a Rivera con un ‘grand slam’
Rojos ganan 8-3 y evitan barrida ante Astros
Castillejo se quiere sacar espina con De La Hoya
Prensa ‘pinolera’ critica pobre actuación de Adonis Rivas
Romero se llevó el Abierto escocés de golf
Sluman se impuso fácilmente
Gran Festival holandés en el Tour de Francia 2002
Kuerten parte como favorito en el torneo de Stuttgart
Piloto Fabio Pérez, tras los pasos de Villoldo
Exitos españoles en tenis
Schumacher, tras su ‘penta’
Argentina cae ante Portugal
Brasileños ganan en maratón
Bareev iguala serie
McRae se adjudicó el Rally de Kenia
Rossi ganó premio de Inglaterra
San Francisco puso los goles
A 52 años del ‘Maracanazo’
Selección de fútbol hará última práctica hoy
Santa Fe lidera en Colombia
Fluminense y Bahía clasifican
Sporting Coclé espera levantarse
Otro que se va
Exodo de jugadores ticos a Grecia
Dicen que Scolari seguirá
Ovacionan al técnico Troussier






¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ La Ciudad¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios ¦ UH Deportes ¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.internet@prensa.com

Corporación La Prensa TEL (507)222-1222
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá