Conciencia e indecencia
Yo no creo en las teorías
de conspiraciones, a las que son tan aficionadas algunas personas:
son demasiado vastas y complicadas para tener éxito
Guillermo Sánchez Borbón
En su número correspondiente al 27 de junio
del 2002, The New York Review publica una nota bibliográfica de
Jane Mayer sobre el libro de David Brock “Blinded by the Right:
the conscience of an ExConservative”. Brock fue el periodista utilizado
para desacreditar a Anita Hill, la mujer que acusó a Clarence Thomas
de acoso sexual. Brock cuenta quiénes le pagaron por la sucia faena.
La hizo tan bien, que años más tarde le encomendaron
una nueva y más importante: falsificar pruebas para acabar con Clinton,
blanco del odio de la derecha y del siniestro fundamentalismo cristiano.
Los cavernícolas estaban especialmente irritados por la habilidad
política de Clinton, quien los cuereaba cada vez que se metían con
él en ese terreno. Brock recibía sus órdenes de George Conway, “prominente
abogado neoyorkino”. “Un día –relata Brock– le pregunté si él creía
que Paula Jones decía la verdad. No, no lo creo –dijo–, pero esto
no es sobre ella sino sobre la policía estatal”. La Jones acusó
al presidente de haberle propuesto una indecencia. Y consiguió que
cuatro policías estatales –pertenecientes a la escolta de Clinton–
testificaran a favor de ella (al final, nos cuenta Brock, de los
cuatro dos se desdijeron, perjuros confesos; los otros dos se ratificaron,
pero admitieron que les habían pagado por rendir testimonio).
Ahora bien, yo no creo en las teorías de
conspiraciones, a las que son tan aficionadas algunas personas:
son demasiado vastas y complicadas para tener éxito. En el caso
que nos ocupa, a juicio mío dos o tres personajes iniciaron la campaña
y en el camino fueron adhiriéndose los Clinton haters, que por lo
visto eran legión. La campaña fue recogida por los grandes diarios
y cadenas de televisión (hoy órganos sensacionalistas) que trataron
de elevar un lío de faldas al rango de acontecimiento histórico.
Naturalmente, Clinton les facilitó las cosas con el escándalo de
Mónica Lewinsky, escándalo únicamente posible en un país puritano
y, por tanto, obsesionado con el sexo. El resto del mundo miraba
con irónica condescendencia a unos periodistas y politicastros gringos
provincianos, contorsionándose en su propia noche de Walpurgis,
la atención centrada en las partes pudendas de su presidente.
La primera parte de la campaña contra Clinton
comenzó con la investigación de un negocio de bienes raíces. Recuerdo
que todos aseguraban que la pareja real había cometido un chanchullo.
El senador D’Amato, que inició las investigaciones con bombos y
platillos, fue el primero en darse cuenta de que no había nada en
el fondo del asunto, y aconsejó a sus colegas republicanos que no
siguieran por un camino que no conducía a ninguna parte, pero los
malquerientes de Clinton se negaron a soltar su presa.
Hace unas semanas, después de muchos años
de investigación exhaustiva que costó decenas de millones de dólares,
la fiscalía especial confesó que no había encontrado absolutamente
nada que incriminara al presidente de EU y a su esposa en el llamado
Whitewatergate, bautizado así para condenar, por asociación de ideas,
a Clinton. Pero nadie le pidió excusas a éste por la catarata de
insinuaciones malévolas y carentes de fundamento que durante ocho
años cayó sobre él desde las cadenas de televisión (que los dueños
del poder económico habían halado alegremente), ni por la ordalía
candente que lo obligaron a atravesar.
Dice Brock que la lista de los participantes
en la campaña contra Clinton virtualmente viene a ser algo así “como
un gobierno de Bush en el exilio”: “Ted Olson llegó a ser subsecretario
de Justicia; Spencer Abraham, cofundador de la Sociedad Federalista,
fue nombrado secretario de Energía; John Ashcroft, uno de los que
pedía a gritos el enjuiciamiento, fue nombrado procurador general
de la nación”. Te recuerdo que Ashcroft es el pollino que ordenó
cubrir el seno desnudo de la estatua de la Justicia, que ofendía
su pudor y el de todos los virtuosos voceros de la extrema derecha.
¡Hasta dónde es capaz de llegar el odio irracional
que le tenían a Clinton!: en vísperas de iniciarse el trámite para
el enjuiciamiento, los más destacados juristas del país enviaron
una carta colectiva al Congreso, advirtiéndole que no tenía derecho
a enjuiciar por un delito común (si es que la felación entre dos
adultos es un delito) al presidente de la República. Pues bien,
ni el Congreso, ni el Senado, ni los medios de difusión se tomaron
la molestia de informar al público de la existencia del trascendental
documento.
La reacción salió malparada de la prueba:
Clinton terminó su período, mientras Newt Gingrich y otros acusadores
suyos desaparecieron de la escena política. Pero la grita de los
fundamentalistas logró que se erigiera la castidad en la virtud
política suprema, especialmente si viene acompañada por la ignorancia
y la tontería.
Además en opinión
• Conciencia e indecencia:
Guillermo Sánchez Borbón
• El Tribunal
Electoral ha dejado de existir: Jorge Eduardo Ritter
• Periodismo
y poder judicial: Betty Brannan Jaén
• Libertad,
igualdad y fraternidad: Rafael Pérez Jaramillo
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