Nueda (2): el retorno a la fe
por el estudio
“La impotencia del materialismo
monista ante los enigmas del Universo quedó patente ante mi razón”
Jorge De Las Casas
jdelascasas@prensa.com
Estamos de vuelta tras la interrupción de
un mes por vacaciones. En el artículo anterior, el 6 de junio, nos
acercamos a la experiencia de Luis Nueda, y hoy culminamos su presentación.
Nueda nos hablaba de la pérdida de su primitiva fe, "vacua y formalista"
según su expresión, debido a la lectura de obras antirreligiosas
sin poseer previamente la preparación filosófica y científica para
abordarlas con espíritu crítico. Llegó a pensar que la Ciencia poseía
la explicación de todos los enigmas, y que el sucedáneo ignorante
de la ciencia era la religión. Infatuado por esta creencia, miraba
por encima del hombro, con arrogante pena a los "infelices ignorantes"
que en cualquier época hubiesen creído en una divinidad, aunque
tales infelices fuesen celebridades como Sócrates, Platón, Newton,
Pascal, Menéndez y Pelayo...
Fue solo el hábito insaciable de leer, de
estudiar, de aprender más, lo que lo llevó a una ciencia verdadera
y más profunda que el pozo chabacano y superficial de su ateísmo
libresco primero. Guiado así, por el afán de saber, penetró en la
filosofía y en las hipótesis biológicas y cosmológicas. Sus convicciones
monistas y de autocreación del universo se tambalearon; pero vinieron
a resquebrajarse irremediablemente con la lectura de la obra de
Fabre sobre las maravillas del instinto en el mundo de los insectos,
y con “la clara percepción de la eterna duda” que late en las negaciones
de filósofos de la talla de Spinoza y Kant.
"De la sed de creencias que se adivina en
las doctrinas de esos y otros más escépticos pensadores –desde Epicuro
hasta Schopenhauer-, del anhelo con que pretenden hallar refugio
en un teísmo bautizado con diversos nombres los desertores de los
credos religiosos de la Iglesia, y de la deificación casi antropomórfica
que de la Naturaleza hacen los investigadores científicos, que en
su inmensa mayoría, suelen manifestar su ateísmo sustituyendo a
Dios y al espíritu por otras ignoradas energías". Y continuamos.
“El edificio de mi escepticismo, aunque con
más lentitud que se había elevado, estaba amenazando inminente ruina.
¡Y los que me ofrecieron en sus libros las doctrinas más demoledoras
fueron los que contribuyeron en primer término a encaminarme hacia
la fe perdida, cuando pude aquilatar la flaqueza de sus argumentos
y la debilidad de sus propias convicciones!... La impotencia real
del presuntuoso materialismo monista frente a los grandes enigmas
del Universo iba quedando patente ante mi razón, que ya no aceptaba
como explicaciones unas incompletas y discutibles hipótesis y que
tampoco sabía resignarse con el inexorable ignorabimus de los agnósticos.
Y en los momentos en que me debatía en el tenebroso páramo que sirve
de divisoria a las dos opuestas regiones en que reinan la creencia
y la incredulidad, vino a sacarme de la angustiosa duda... la influencia
bienhechora de la pura emoción estética, revelándome y franqueándome
un paso angosto, pero paso al fin, hacia el mundo inmaterial.
“La falacia y la osadía de quienes niegan
la existencia de Dios y del alma espiritual en nombre de la Ciencia
tuvieron desde entonces, para mí, una prueba experimental para añadirlas
a las obtenidas por el estudio reflexivo, por el raciocinio y por
el vehemente anhelo de inmortalidad. La venda cayó enteramente de
mis ojos, y las mentidas soluciones que el ateísmo y el materialismo
seudocientíficos brindan a los arcanos del Universo se ofrecieron
desnudas a mi contemplación. Y comprendí la incongruencia de negarse
a admitir aquellos dos misterios –Dios y el alma-, en nombre de
una ciencia que no hace sino multiplicar los misterios.
Ante mí desfilaron el misterio de la materia
eterna, increada e identificada con la energía —y aun con el espacio
y el tiempo como quiere Einstein—; el misterio de la iniciación
automática del movimiento en el caos inerte y los misterios de la
autoorganización y autolegislación del Cosmos; el misterio de la
aparición de la vida por generación espontánea en un misterioso
momento hipotético, cuyas condiciones no han vuelto a darse; el
misterio de la materia cerebral, produciendo algo tan alejado de
ella como un pensamiento abstracto y llegando nada menos que hasta
crear todo un mundo de seres espirituales; el misterio de la inmensa
e infranqueable distancia que media entre un razonamiento dialéctico
y las más avanzadas manifestaciones de inteligencia en un irracional,
a pesar de que entre el cerebro humano y el de algunos otros vertebrados
no existen grandes diferencias anatómicas, citológicas e histológicas;
el misterio de esa fantástica evolución, que algunos creen que lo
explica todo, y que entre otros misteriosos prodigios nos brinda
el del paso desde las contracciones defensivas del protoplasma vivo
en la rudimentaria y microscópica amiba hasta las manifestaciones
psíquicas más elevadas de la especie humana, que se suponen derivación
evolutiva y misteriosa de aquel movimiento, y el misterio, en fin,
entre otros muchos misterios más que harían interminable esta lista,
de las células cerebrales elaborando actos de conciencia, sentimientos
de justicia, principios de moral... y aquellas puras emociones que
habían venido a redimirme del materialismo, permitiéndome hollar
los umbrales de lo inmaterial”
Luis Nueda concluye que existen tres caminos
para tender un puente entre los mundos físico y metafísico, entre
Dios y nosotros: el primero es la filosofía no solo en sus razonamientos
concretos sino en la vida misma de la filosofía; el segundo, es
la moral y su secuela, la virtud, a través de la cual muchos seres
alcanzaron la cumbre de la santidad; el tercer puente es el goce
estético, pero no cualquier percepción y disfrute de lo bello, sino
aquel que se da en presencia de lo sublime (como en las producciones
más elevadas de la más espiritual de las artes: la música) y que
es capaz de transportarnos a los umbrales de lo infinito. “La emoción
estética nos hace sentir nuestra alma, concluye, de un modo evidente”.
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