Panamá, 13 de julio de 2002
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Nueda (2): el retorno a la fe por el estudio

“La impotencia del materialismo monista ante los enigmas del Universo quedó patente ante mi razón”

Jorge De Las Casas
jdelascasas@prensa.com

Estamos de vuelta tras la interrupción de un mes por vacaciones. En el artículo anterior, el 6 de junio, nos acercamos a la experiencia de Luis Nueda, y hoy culminamos su presentación.

Nueda nos hablaba de la pérdida de su primitiva fe, "vacua y formalista" según su expresión, debido a la lectura de obras antirreligiosas sin poseer previamente la preparación filosófica y científica para abordarlas con espíritu crítico. Llegó a pensar que la Ciencia poseía la explicación de todos los enigmas, y que el sucedáneo ignorante de la ciencia era la religión. Infatuado por esta creencia, miraba por encima del hombro, con arrogante pena a los "infelices ignorantes" que en cualquier época hubiesen creído en una divinidad, aunque tales infelices fuesen celebridades como Sócrates, Platón, Newton, Pascal, Menéndez y Pelayo...

Fue solo el hábito insaciable de leer, de estudiar, de aprender más, lo que lo llevó a una ciencia verdadera y más profunda que el pozo chabacano y superficial de su ateísmo libresco primero. Guiado así, por el afán de saber, penetró en la filosofía y en las hipótesis biológicas y cosmológicas. Sus convicciones monistas y de autocreación del universo se tambalearon; pero vinieron a resquebrajarse irremediablemente con la lectura de la obra de Fabre sobre las maravillas del instinto en el mundo de los insectos, y con “la clara percepción de la eterna duda” que late en las negaciones de filósofos de la talla de Spinoza y Kant.

"De la sed de creencias que se adivina en las doctrinas de esos y otros más escépticos pensadores –desde Epicuro hasta Schopenhauer-, del anhelo con que pretenden hallar refugio en un teísmo bautizado con diversos nombres los desertores de los credos religiosos de la Iglesia, y de la deificación casi antropomórfica que de la Naturaleza hacen los investigadores científicos, que en su inmensa mayoría, suelen manifestar su ateísmo sustituyendo a Dios y al espíritu por otras ignoradas energías". Y continuamos.

“El edificio de mi escepticismo, aunque con más lentitud que se había elevado, estaba amenazando inminente ruina. ¡Y los que me ofrecieron en sus libros las doctrinas más demoledoras fueron los que contribuyeron en primer término a encaminarme hacia la fe perdida, cuando pude aquilatar la flaqueza de sus argumentos y la debilidad de sus propias convicciones!... La impotencia real del presuntuoso materialismo monista frente a los grandes enigmas del Universo iba quedando patente ante mi razón, que ya no aceptaba como explicaciones unas incompletas y discutibles hipótesis y que tampoco sabía resignarse con el inexorable ignorabimus de los agnósticos. Y en los momentos en que me debatía en el tenebroso páramo que sirve de divisoria a las dos opuestas regiones en que reinan la creencia y la incredulidad, vino a sacarme de la angustiosa duda... la influencia bienhechora de la pura emoción estética, revelándome y franqueándome un paso angosto, pero paso al fin, hacia el mundo inmaterial.

“La falacia y la osadía de quienes niegan la existencia de Dios y del alma espiritual en nombre de la Ciencia tuvieron desde entonces, para mí, una prueba experimental para añadirlas a las obtenidas por el estudio reflexivo, por el raciocinio y por el vehemente anhelo de inmortalidad. La venda cayó enteramente de mis ojos, y las mentidas soluciones que el ateísmo y el materialismo seudocientíficos brindan a los arcanos del Universo se ofrecieron desnudas a mi contemplación. Y comprendí la incongruencia de negarse a admitir aquellos dos misterios –Dios y el alma-, en nombre de una ciencia que no hace sino multiplicar los misterios.

Ante mí desfilaron el misterio de la materia eterna, increada e identificada con la energía —y aun con el espacio y el tiempo como quiere Einstein—; el misterio de la iniciación automática del movimiento en el caos inerte y los misterios de la autoorganización y autolegislación del Cosmos; el misterio de la aparición de la vida por generación espontánea en un misterioso momento hipotético, cuyas condiciones no han vuelto a darse; el misterio de la materia cerebral, produciendo algo tan alejado de ella como un pensamiento abstracto y llegando nada menos que hasta crear todo un mundo de seres espirituales; el misterio de la inmensa e infranqueable distancia que media entre un razonamiento dialéctico y las más avanzadas manifestaciones de inteligencia en un irracional, a pesar de que entre el cerebro humano y el de algunos otros vertebrados no existen grandes diferencias anatómicas, citológicas e histológicas; el misterio de esa fantástica evolución, que algunos creen que lo explica todo, y que entre otros misteriosos prodigios nos brinda el del paso desde las contracciones defensivas del protoplasma vivo en la rudimentaria y microscópica amiba hasta las manifestaciones psíquicas más elevadas de la especie humana, que se suponen derivación evolutiva y misteriosa de aquel movimiento, y el misterio, en fin, entre otros muchos misterios más que harían interminable esta lista, de las células cerebrales elaborando actos de conciencia, sentimientos de justicia, principios de moral... y aquellas puras emociones que habían venido a redimirme del materialismo, permitiéndome hollar los umbrales de lo inmaterial”

Luis Nueda concluye que existen tres caminos para tender un puente entre los mundos físico y metafísico, entre Dios y nosotros: el primero es la filosofía no solo en sus razonamientos concretos sino en la vida misma de la filosofía; el segundo, es la moral y su secuela, la virtud, a través de la cual muchos seres alcanzaron la cumbre de la santidad; el tercer puente es el goce estético, pero no cualquier percepción y disfrute de lo bello, sino aquel que se da en presencia de lo sublime (como en las producciones más elevadas de la más espiritual de las artes: la música) y que es capaz de transportarnos a los umbrales de lo infinito. “La emoción estética nos hace sentir nuestra alma, concluye, de un modo evidente”.


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