Panamá, 13 de julio de 2002
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Aguadulce: agonía de un pueblo

En mi querido Aguadulce las calles están vacías, la economía totalmente destruida, y el desempleo a la orden del día

Luis Polo Roa
poloroa@cwpanama.net

Qué tristeza me dio mi última visita a Aguadulce. Desde que decidí emigrar a la capital a realizar estudios universitarios, mis viajes solo fueron por festividades y ocasiones especiales, y en la mayoría de los casos no me alcanzaba el tiempo para palpar la realidad de mi querido distrito.

En esta ocasión hice un recorrido por sus calles y fue cuando me pude percatar de que las cosas han cambiado mucho. Entre “¿quiubo?”, “¿qué hay?” y “¿cómo estás?”, sólo encontré respuestas que dan tristeza como: “pasando la de Caín, Tito Polo”, “en la cama de los perros” y muchas otras típicas de la región.

Ahora, analizando qué es lo que está pasando en Aguadulce, me doy cuenta de que es uno de los distritos del interior del país más golpeado por la globalización y las nuevas tendencias de comercio y mercado internacional.

¿Recuerdan ese pasaje de la Biblia que dice “no le des pescado al hombre, enséñale a pescar”?, pues en Aguadulce no solo no se le enseñó a pescar, sino que se le quitó la red con la que podía hacerlo, y ahora no tiene comida ni con qué buscarla.

¿Por qué digo todo esto? Porque con la apertura del mercado e importación de sal, los salineros que desde la época prehispánica vivían de esta actividad, se están muriendo de hambre. El barrio de El Coco, con cientos de personas que durante generaciones no aprendieron nada más que a cosechar sal, ahora no saben qué hacer, pues la producción de sal se fue por el despeñadero.

Así mismo pasó con el azúcar. Durante mi época de adolescencia en el colegio Rodolfo Chiari, conocí a estudiantes que durante las vacaciones trabajaban en la zafra, en los ingenios. Ahora no hay empleos para estos estudiantes y, peor aún, ni para los propios padres; por el contrario, los despidos han sido masivos.

Una alternativa eran los camarones y, por desgracia, les cayó la “mancha blanca” que acabó con esta producción, a tal grado que los despidos en las empresas que explotaban este rubro fueron por cientos.

En mi querido Aguadulce las calles están vacías, la economía totalmente destruida, y el desempleo a la orden del día.

¿Qué hacemos, Dios?, es la pregunta de muchos aguadulceños. Ahora no tienen un supermercado donde comprar a precios razonables, pues como la Cámara de Comercio siempre se negó a permitir la entrada de renombrados supermercados con precios populares, ahora tienen que enfrentar las especulaciones de los chinitos y otros locales que, aprovechando la oportunidad, han exagerado los precios de los productos. ¿Quién puede vivir así?, pregunto.

Definitivamente, los aguadulceños tenemos que empezar a hacer otras cosas. El turismo, por ejemplo, producir más arroz, tomate, cebolla, sandía o melón y hasta leche si se puede. Los invito a que no nos dejemos vencer por la adversidad.

Hay que prestarle más atención a tres fechas que aparentemente podrían darle algo de solución al problema. Los carnavales, que cada año toman más auge, debemos organizarlos mejor.

La Semana Santa siempre ha sido un atractivo para miles de visitantes. Eso lo recuerdo desde pequeño cuando la Iglesia y el comercio se esmeraban por presentar un drama de la Pasión de Cristo en vivo, así como una de las procesiones más esplendorosas que he podido ver en Panamá. ¿Pero ahora qué?

El 19 de octubre, una de las fiestas más concurridas en Aguadulce, no dejemos que decaiga.

Gobiernos pasan y gobiernos vienen y Aguadulce siempre queda en el olvido, así que trabajemos nosotros mismos por nuestro bienestar y no nos quedemos a esperar la ayuda que nunca nos han dado.

El comercio, por ejemplo, es el que siempre sale más beneficiado en estas fechas y es el que menos apoya. Hoteles, restaurantes, abarroterías, quioscos, almacenes y demás, reciben los miles de dólares que dejan los visitantes, pero nunca quieren apoyar a los que organizan las actividades, y si lo hacen es muy poco lo que aportan, por lo que siempre hay que trabajar con las uñas para hacer una presentación decorosa.

Busquemos una solución a nuestros problemas nosotros mismos.

Allí están el puerto y el aeropuerto; nadie se ha dado cuenta de la posición que tienen estas terminales y el provecho que podemos sacarles por la posición geográfica que tiene nuestro distrito. Usemos la creatividad y veremos que hay formas de utilizarlos mejor.

Siempre he creído en el esfuerzo en conjunto para vencer cualquier problema y así mismo siempre he tenido fe en los aguadulceños, solo que hay que unirse, salir adelante y sacar a flote a nuestro querido terruño, aunque ahora ya no sea la tierra de la sal y el azúcar.

El autor es periodista


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