Aguadulce: agonía de un pueblo
En mi querido Aguadulce las calles están vacías, la economía totalmente destruida, y el desempleo a la orden del día
Luis Polo Roa
poloroa@cwpanama.net
Qué tristeza me dio mi última visita a Aguadulce.
Desde que decidí emigrar a la capital a realizar estudios universitarios,
mis viajes solo fueron por festividades y ocasiones especiales,
y en la mayoría de los casos no me alcanzaba el tiempo para palpar
la realidad de mi querido distrito.
En esta ocasión hice un recorrido por sus
calles y fue cuando me pude percatar de que las cosas han cambiado
mucho. Entre “¿quiubo?”, “¿qué hay?” y “¿cómo estás?”, sólo encontré
respuestas que dan tristeza como: “pasando la de Caín, Tito Polo”,
“en la cama de los perros” y muchas otras típicas de la región.
Ahora, analizando qué es lo que está pasando
en Aguadulce, me doy cuenta de que es uno de los distritos del interior
del país más golpeado por la globalización y las nuevas tendencias
de comercio y mercado internacional.
¿Recuerdan ese pasaje de la Biblia que dice
“no le des pescado al hombre, enséñale a pescar”?, pues en Aguadulce
no solo no se le enseñó a pescar, sino que se le quitó la red con
la que podía hacerlo, y ahora no tiene comida ni con qué buscarla.
¿Por qué digo todo esto? Porque con la apertura
del mercado e importación de sal, los salineros que desde la época
prehispánica vivían de esta actividad, se están muriendo de hambre.
El barrio de El Coco, con cientos de personas que durante generaciones
no aprendieron nada más que a cosechar sal, ahora no saben qué hacer,
pues la producción de sal se fue por el despeñadero.
Así mismo pasó con el azúcar. Durante mi
época de adolescencia en el colegio Rodolfo Chiari, conocí a estudiantes
que durante las vacaciones trabajaban en la zafra, en los ingenios.
Ahora no hay empleos para estos estudiantes y, peor aún, ni para
los propios padres; por el contrario, los despidos han sido masivos.
Una alternativa eran los camarones y, por
desgracia, les cayó la “mancha blanca” que acabó con esta producción,
a tal grado que los despidos en las empresas que explotaban este
rubro fueron por cientos.
En mi querido Aguadulce las calles están
vacías, la economía totalmente destruida, y el desempleo a la orden
del día.
¿Qué hacemos, Dios?, es la pregunta de muchos
aguadulceños. Ahora no tienen un supermercado donde comprar a precios
razonables, pues como la Cámara de Comercio siempre se negó a permitir
la entrada de renombrados supermercados con precios populares, ahora
tienen que enfrentar las especulaciones de los chinitos y otros
locales que, aprovechando la oportunidad, han exagerado los precios
de los productos. ¿Quién puede vivir así?, pregunto.
Definitivamente, los aguadulceños tenemos
que empezar a hacer otras cosas. El turismo, por ejemplo, producir
más arroz, tomate, cebolla, sandía o melón y hasta leche si se puede.
Los invito a que no nos dejemos vencer por la adversidad.
Hay que prestarle más atención a tres fechas
que aparentemente podrían darle algo de solución al problema. Los
carnavales, que cada año toman más auge, debemos organizarlos mejor.
La Semana Santa siempre ha sido un atractivo
para miles de visitantes. Eso lo recuerdo desde pequeño cuando la
Iglesia y el comercio se esmeraban por presentar un drama de la
Pasión de Cristo en vivo, así como una de las procesiones más esplendorosas
que he podido ver en Panamá. ¿Pero ahora qué?
El 19 de octubre, una de las fiestas más
concurridas en Aguadulce, no dejemos que decaiga.
Gobiernos pasan y gobiernos vienen y Aguadulce
siempre queda en el olvido, así que trabajemos nosotros mismos por
nuestro bienestar y no nos quedemos a esperar la ayuda que nunca
nos han dado.
El comercio, por ejemplo, es el que siempre
sale más beneficiado en estas fechas y es el que menos apoya. Hoteles,
restaurantes, abarroterías, quioscos, almacenes y demás, reciben
los miles de dólares que dejan los visitantes, pero nunca quieren
apoyar a los que organizan las actividades, y si lo hacen es muy
poco lo que aportan, por lo que siempre hay que trabajar con las
uñas para hacer una presentación decorosa.
Busquemos una solución a nuestros problemas
nosotros mismos.
Allí están el puerto y el aeropuerto; nadie
se ha dado cuenta de la posición que tienen estas terminales y el
provecho que podemos sacarles por la posición geográfica que tiene
nuestro distrito. Usemos la creatividad y veremos que hay formas
de utilizarlos mejor.
Siempre he creído en el esfuerzo en conjunto
para vencer cualquier problema y así mismo siempre he tenido fe
en los aguadulceños, solo que hay que unirse, salir adelante y sacar
a flote a nuestro querido terruño, aunque ahora ya no sea la tierra
de la sal y el azúcar.
El autor es periodista
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