¡Brindemos! El banquete de la
vida
Pero también hay otras
mesas de gente que levanta su vaso de madera conteniendo el vino
de su trabajo honrado
Rómulo Emiliani
En la mesa de la vida se sentaron muchos
a brindar. Formaron sus coros y se pusieron a tomar y fueron sorprendidos
en plena faena. Hay uno que con su grupo levanta una copa de oro
llena de sangre y grita a los cuatro vientos: “brindemos por nuestra
plata y por lo bien que nos va en el negocio. No pueden sorprendernos
y ya llevamos cuatro toneladas de coca. Esto sí que es vida. Tenemos
casas y carros, aviones y diversión. Bravo”. Se bebe de un trago
la sangre de jóvenes dementes o muertos por consumir la maldita
droga. Se mancha la cara y la camisa del rojo vivo color de la sangre
bendita y se ríe abrazando a la querida que le celebra su desgracia.
Le aplauden y gritan: “vamos a seguir con el negocio y muérase el
que se interponga”. Otro del grupo levanta su copa llena de dólares
mezclados con hiel y dice: “El dinero es poderoso, brindemos por
él, compra conciencias y calla a los que tienen el deber de corregir.
No hay quien pueda con él”. Carcajadas y voces que dicen: “Somos
fuertes, sobornamos y si no, pues los matamos. El dinero, ¿pero
quién puede con él?”.
En la mesa de la vida otros recogen sus copas
y mezclan sangre con oraciones, papeles legales y operaciones de
banco. Se les ve más recatados y con respeto saludan a los demás
comensales. Son educados y hasta dan limosnas en los templos. Beben
a pequeños tragos de la copa y sus risas son más disimuladas. No
hacen ruido y no se mezclan con los otros de la primera mesa, mas
beben del mismo vino de sangre inocente, pero son tantos los papeles,
los trámites legales y hasta las bendiciones, que no sienten el
amargor intenso y el placer nefasto de beber la sangre pura y radiante
de los inocentes mártires de América y otros continentes, de los
jóvenes que mueren o quedan tontos de tanta droga consumida. En
el banquete de la vida estos también están bebiendo su propia condenación,
aunque sus manos parezcan puras y sus miradas como de anciana devota
que reza y reza al santo preferido. Son parte del clan de los corruptos
de América.
Es un banquete donde abunda por doquier del
gran comedor toda clase de manjares y pululan alrededor con violines
y guitarras los adulares de siempre, los que venden su música cambiando
la letra, dependiendo de quién es en este momento el gran señor
de la fiesta. Los hay con uniformes de militares y policías, con
sotanas y togas de peritos en leyes, políticos y hasta periodistas.
Todos también tienen su copa, no ya de fino cristal ni traída de
Europa, ya que no pueden sentarse en el círculo de los que usan
cubiertos de plata, pero al final también se beben la sangre inocente
de Abel por un puñado de dólares y la oportunidad de tener su cuenta
de banco y su futuro seguro. Este es el banquete de la vida con
su danza macabra de muerte. Son muchos los que como Lázaro se pelean
con los perros un pedazo de pan que caiga de la mesa de los opulentos.
Llenos de llagas no conocen otra historia que la del sufrimiento
y exclusión, y son los llamados a pertenecer al Reino de Dios por
su martirio de siglos. Estos a duras penas consiguen algo de las
migajas que caen de la rica mesa.
Pero también hay otras mesas de gente que
levanta su vaso de madera conteniendo el vino de su trabajo honrado,
fruto del esfuerzo y el sacrificio, del amor y la paz que como uvas
trituradas en el lagar de la abnegación y el respeto, en el altar
de la vida se unen a la sangre de Cristo, el Gran Inmolado. Esta
sangre es ofrecida con las de los mártires de la historia, en sacrificio
agradable al Dios de la Vida. Y allí están los buenos empresarios
de las fortunas honestas, los campesinos y mecánicos, los políticos
honrados y los curas buenos, las amas de casa, los periodistas y
las mujeres profesionales, los maestros y los soldados, los policías
y los jueces que respetan la justicia y el bien común. Esos hombres
y mujeres temen a Dios y defienden la dignidad humana. Son los que
protegen la vida y cultivan el amor, los que quieren vivir en paz
y no aceptan el soborno de nadie ni el dinero mal habido. Estos
levantan su vaso de madera y cantan: “Viva nuestro Dios que nos
da cada día el pan que necesitamos y nos ilumina a vivir amando”.
Señal de elección es que incluyen en su mesa a los Lázaros de la
tierra y los tratan como uno de ellos. Su misión es la de ir incluyendo
a los marginados de América. Todos estos son los elegidos para vivir
en el Reino. ¿Y en qué mesa estamos sentados nosotros?
El autor es sacerdote
Además en opinión
• ¡Brindemos! El banquete
de la vida: Rómulo Emiliani
• Aguadulce:
agonía de un pueblo: Luis Polo Roa
• Schmeling,
de ayer a hoy: Carlos Iván Zúñiga Guardia
• CSS, solidaridad,morosos
y otras cosas: Franklin Ledezma Candanedo
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