Panamá, 13 de julio de 2002
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¡Brindemos! El banquete de la vida

Pero también hay otras mesas de gente que levanta su vaso de madera conteniendo el vino de su trabajo honrado

Rómulo Emiliani

En la mesa de la vida se sentaron muchos a brindar. Formaron sus coros y se pusieron a tomar y fueron sorprendidos en plena faena. Hay uno que con su grupo levanta una copa de oro llena de sangre y grita a los cuatro vientos: “brindemos por nuestra plata y por lo bien que nos va en el negocio. No pueden sorprendernos y ya llevamos cuatro toneladas de coca. Esto sí que es vida. Tenemos casas y carros, aviones y diversión. Bravo”. Se bebe de un trago la sangre de jóvenes dementes o muertos por consumir la maldita droga. Se mancha la cara y la camisa del rojo vivo color de la sangre bendita y se ríe abrazando a la querida que le celebra su desgracia. Le aplauden y gritan: “vamos a seguir con el negocio y muérase el que se interponga”. Otro del grupo levanta su copa llena de dólares mezclados con hiel y dice: “El dinero es poderoso, brindemos por él, compra conciencias y calla a los que tienen el deber de corregir. No hay quien pueda con él”. Carcajadas y voces que dicen: “Somos fuertes, sobornamos y si no, pues los matamos. El dinero, ¿pero quién puede con él?”.

En la mesa de la vida otros recogen sus copas y mezclan sangre con oraciones, papeles legales y operaciones de banco. Se les ve más recatados y con respeto saludan a los demás comensales. Son educados y hasta dan limosnas en los templos. Beben a pequeños tragos de la copa y sus risas son más disimuladas. No hacen ruido y no se mezclan con los otros de la primera mesa, mas beben del mismo vino de sangre inocente, pero son tantos los papeles, los trámites legales y hasta las bendiciones, que no sienten el amargor intenso y el placer nefasto de beber la sangre pura y radiante de los inocentes mártires de América y otros continentes, de los jóvenes que mueren o quedan tontos de tanta droga consumida. En el banquete de la vida estos también están bebiendo su propia condenación, aunque sus manos parezcan puras y sus miradas como de anciana devota que reza y reza al santo preferido. Son parte del clan de los corruptos de América.

Es un banquete donde abunda por doquier del gran comedor toda clase de manjares y pululan alrededor con violines y guitarras los adulares de siempre, los que venden su música cambiando la letra, dependiendo de quién es en este momento el gran señor de la fiesta. Los hay con uniformes de militares y policías, con sotanas y togas de peritos en leyes, políticos y hasta periodistas. Todos también tienen su copa, no ya de fino cristal ni traída de Europa, ya que no pueden sentarse en el círculo de los que usan cubiertos de plata, pero al final también se beben la sangre inocente de Abel por un puñado de dólares y la oportunidad de tener su cuenta de banco y su futuro seguro. Este es el banquete de la vida con su danza macabra de muerte. Son muchos los que como Lázaro se pelean con los perros un pedazo de pan que caiga de la mesa de los opulentos. Llenos de llagas no conocen otra historia que la del sufrimiento y exclusión, y son los llamados a pertenecer al Reino de Dios por su martirio de siglos. Estos a duras penas consiguen algo de las migajas que caen de la rica mesa.

Pero también hay otras mesas de gente que levanta su vaso de madera conteniendo el vino de su trabajo honrado, fruto del esfuerzo y el sacrificio, del amor y la paz que como uvas trituradas en el lagar de la abnegación y el respeto, en el altar de la vida se unen a la sangre de Cristo, el Gran Inmolado. Esta sangre es ofrecida con las de los mártires de la historia, en sacrificio agradable al Dios de la Vida. Y allí están los buenos empresarios de las fortunas honestas, los campesinos y mecánicos, los políticos honrados y los curas buenos, las amas de casa, los periodistas y las mujeres profesionales, los maestros y los soldados, los policías y los jueces que respetan la justicia y el bien común. Esos hombres y mujeres temen a Dios y defienden la dignidad humana. Son los que protegen la vida y cultivan el amor, los que quieren vivir en paz y no aceptan el soborno de nadie ni el dinero mal habido. Estos levantan su vaso de madera y cantan: “Viva nuestro Dios que nos da cada día el pan que necesitamos y nos ilumina a vivir amando”. Señal de elección es que incluyen en su mesa a los Lázaros de la tierra y los tratan como uno de ellos. Su misión es la de ir incluyendo a los marginados de América. Todos estos son los elegidos para vivir en el Reino. ¿Y en qué mesa estamos sentados nosotros?

El autor es sacerdote


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