Renga y ¿escorada?
Un orden jurídico internacional y la existencia de organismos que aseguren su aplicación y respeto, debe ser la mayor aspiración de los países más pequeños y débiles
Danilo Arbilla
Madrid. Antes, cuando las grandes potencias eran dos, había quienes decían irónicamente que la misión de la ONU era solucionar conflictos: si este se planteaba entre dos países pequeños, intervenía y desaparecía el conflicto; si surgía entre un país grande y uno pequeño, intervenía la organización y desaparecía el país pequeño, y si el conflicto era entre dos países grandes y había intervención, entonces desaparecía la ONU.
Algo parecido podría pasar con la flamante Corte Penal Internacional (CPI) instalada en La Haya el pasado 1 de julio. Quizá hasta peor: el tribunal nació algo más que rengo, pues no cuenta con el apoyo ni la ratificación necesaria de Estados Unidos, China, Rusia, entre otros países.
Es una lástima; un tribunal encargado de juzgar los más odiosos crímenes como el genocidio, el racismo, la tortura, la esclavitud y otras condenables violaciones a los derechos humanos, debería contar con el apoyo de todo el mundo. Por lo menos del mundo civilizado en el que impera el derecho, la libertad y la tolerancia.
Los países de la Unión Europea se han jugado por la CPI y están como muy agraviados con la decisión de la administración Bush. Si uno se limitara a lo que refleja la prensa española, por ejemplo, parecería que es el único país del mundo que no la apoya. Poco se habla de China, por tomar un caso paradigmático de un viejo y reconocido violador de los derechos humanos. China no ha firmado ni ratificado el tratado de Roma de 1998 que aprobó la CPI, en una actitud de “a mí qué me importa” que no le priva de ser parte de organismos internacionales, con buenos asientos, y segura de que nadie se atreve a juzgarla y menos tomar medidas en serio por su desprecio a esos valores, por los que la CPI habrá de velar como pueda.
Quizá por tratarse de la mayor democracia y por su obligación de dar el ejemplo, la crítica mayor sea para Estados Unidos. Hay una razón más: una cierta arrogancia de la administración estadounidense que además ha reclamado una especie de impunidad para sus soldados, haciendo referencia a los que actúan en fuerzas de paz de la ONU. Se le va la mano a Estados Unidos exigiendo patente de corso y ubicando a sus soldados –y ciudadanos– por encima del resto de los mortales.
Ese tipo de actitudes contribuye al deterioro de la imagen de Estados Unidos y refuerza las respuestas a la pregunta de ¿por qué no nos quieren? que cada tanto, y más en ciertos momentos, se hacen los estadounidenses.
En lugar de beligerancia, una actitud de prudente observación hubiera sido mejor para la imagen de Estados Unidos. Le hubiera evitado las críticas –no todas–, subsistirían algunas que, como dice Oriana Fallaci en su último y muy vendido libro La rabia y el orgullo, son expresiones de “envidia y celos” por un país “en el cual todos se inspiran y al que todos recurren”. También alguna presencia o una buena comunicación de Estados Unidos con la CPI hubiera constituido una garantía.
Un orden jurídico internacional y la existencia de organismos que aseguren su aplicación y respeto, debe ser la mayor aspiración de los países más pequeños y más débiles, y la garantía para no ser sometidos a la voluntad de los poderosos. He ahí la gran virtud de la CPI.
Pero esa virtud puede transformarse en la peor de las desgracias, si el tribunal no actúa con equilibrio y equidad y en el nivel que semejante investidura le exige. Debe tener cuidado, porque el trecho entre una Gran Corte y un gran circo, puede ser muy corto.
Una de las primeras medidas tomadas por la CPI fue establecer un apartado postal para recibir denuncias por genocidio y crímenes contra la humanidad. Ya un ex marine estadounidense se presentó a denunciar violaciones cometidas por su país en la campaña contra Irak.
No parecen las mejores contribuciones para que el tribunal comience a andar: además de rengo ¿escorado?
Por la suerte de la Corte ese será un tema que deberá cuidar mucho para no “ser utilizada”. Hay quienes tienen sus reservas y la ven como un nuevo escenario para “jueces estrella”, para condenar a los Pinochet y desinteresarse de los Fidel o ciertos dictadorzuelos africanos, y para que Europa practique su doble juego de meter las narices en otros continentes, ninguno de los cuales tiene peores antecedentes sobre delitos contra la humanidad que los que tienen los europeos, y busque juzgar a gobernantes de otros lares mientras los Franco y los Mitterrand se mantienen en sus mausoleos y pedestales, y no son juzgados ni muertos.
No puede ser un escudo para proteger a quienes con pasaporte de países desarrollados vienen a los países pobres a jugar a la revolución, para después presentar sus tesis universitarias.
Sí que sería muy bueno para Latinoamérica, por ejemplo, la existencia de una Gran Corte internacional que sirviera de advertencia y freno a muchos tiranuelos que siempre aparecen y andan por acá. Pero deberá también ocuparse de los problemas de racismo y xenofobia vigentes, y condenar a los que brindan su apoyo directo o a través de fundaciones a movimientos subversivos, totalitarios y terroristas. Si se ocupa de todo esto será una Gran Corte, y hace mucha falta.
El autor es director del diario Búsqueda de Montevideo, Uruguay Texto
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