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¿Todos contra el terror?

Las medidas legales y policiales contra el terrorismo serán inútiles mientras haya abogados y banqueros que desoigan la norma que aconseja: “conozca a su cliente”

Lina Vega Abad
lvega@prensa.com

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El 21 de septiembre de 2001 –solo diez días después de los ataques terroristas contra el corazón económico y militar de Estados Unidos– los cancilleres del continente encomendaron al Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) elaborar un proyecto de Convención Interamericana contra el Terrorismo.

Ocho meses después, el pasado 3 de junio, la Asamblea General de OEA, reunida en Barbados, aprobó la nueva convención e instó a los Estados a ratificarla a “la brevedad posible”.

El terrorismo, como una amenaza global, ha forzado a muchos países a adoptar medidas que antes parecían innecesarias o a endurecer las que ya existían.

Incluso, ha causado que comience a cambiar el concepto clásico de soberanía: “Si un gobierno no puede detener a terroristas que ejecutan sus actos de horror fuera de sus fronteras, entonces el gobierno de las víctimas detendrá a los terroristas donde quiera que estén”.

Entre quienes apoyan esta nueva filosofía, está, por supuesto, el presidente de la primera potencia económica y militar del mundo: George W. Bush, quien rápidamente aplicó esta nueva “visión” en Afganistán, donde el régimen talibán apoyó al grupo terrorista Al-Qaeda.

A ella también se ha plegado Israel, país que ha atacado sistemáticamente las redes terroristas que la autoridad palestina parece incapaz de controlar.

Falta por ver si otros países, como España –que lleva años combatiendo el terrorismo de grupos vascos– harán lo mismo.

Por otra parte, las medidas nacionales e internacionales para combatir el terrorismo han causado un álgido debate entre aquellos que piensan que el respeto a las garantías individuales está siendo vulnerado.

El 11 de septiembre

El director del Consejo de Seguridad del Estado, Ramiro Jarvis, cree que el terrorismo ya no es solo una amenaza heredada de la llamada “Guerra Fría”. Ahora, tras los atentados del 11 de septiembre en Washington y Nueva York, el tema es “punto principal en la agendas de seguridad de los países”.

Jarvis está convencido de que la “cooperación internacional es la mejor arma contra el terrorismo”, sin menospreciar lo que cada país debe hacer localmente.

Panamá, indica Jarvis, ha tomado su papel en serio. Ha empezado a ejecutar las medidas que recomienda la resolución de Naciones Unidas No. 1373, del 28 de septiembre de 2001. Entre ellas:

1. Mejorar la coordinación. Como se sabe, el tema de la seguridad implica la participación de un buen número de instituciones. Hacer que todas trabajen de forma coordinada no es tarea fácil. Por ello, es prioridad del Consejo lograr mayor eficacia en las tareas de coordinación (Ver “FBI al desnudo”).

2. Organizar un grupo de trabajo de análisis de amenazas terroristas. En esto se encuentra el Consejo de Seguridad actualmente.

3. Instituir una estrategia de seguridad marítima. Además de la seguridad en los puertos, la estrategia está enfocada en controlar las actividades en el Canal. Por ello, la Autoridad del Canal ha firmado convenios con el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos y otras agencias e instancias de seguridad de ese país.

4. Cambiar el sistema migratorio. Según Jarvis, Panamá no tiene una política migratoria coherente. La actual coyuntura ha propiciado que se estudie con detenimiento y se identifiquen posibles amenazas, a fin de hacer los cambios que sean necesarios. Por ejemplo, el tema del visado a ciudadanos colombianos que, según Jarvis, está aún en estudio.

Como se sabe, entre los temas más complicados para Panamá está el conflicto colombiano y el posible aumento de la violencia y las actividades de grupos guerrilleros y paramilitares en las regiones fronterizas.

Allí se mezclan actividades delictivas comunes –como el tráfico de drogas o de madera en la selva darienita– con las acciones propiamente guerrilleras o terroristas, que han puesto en peligro a la población del área, y en jaque a la fuerza pública panameña en más de una ocasión.

En materia de cooperación internacional, Jarvis cita la existencia de listas de personas y agrupaciones sospechosas de pertenecer a alguna red terrorista o de cooperar con ellas.

Estas listas las manejan los estamentos de seguridad del Estado para impedir su entrada al país o informar a sus contrapartes internacionales en caso de saber dónde están, aunque Jarvis aceptó, empero, que en muchos de los pequeños aeropuertos locales la seguridad es mala.

Leyes y actitudes

Pese a la gran conmoción que provocó aquel atentado del 11 de septiembre, lo cierto es que el tema del terrorismo ha sido objeto de regulación local desde hace tiempo.

Desde 1964, Panamá cuenta con legislación relativa al tema, pero tiene pendiente reformas al Código Penal para crear las figuras delictivas específicas.

A causa de su condición de paraíso fiscal, de su legislación liberal de sociedades anónimas y de la existencia de un centro bancario, la lucha contra las actividades terroristas en Panamá se centra en el potencial peligro de que éstas se utilicen para financiar el terrorismo.

La legislación contra el lavado de dinero (Ley 41 de 2000) y la fiscalización de la Unidad de Análisis Financiero (UAF) son fundamentales en la estrategia local contra el terrorismo. No obstante, algunas actividades profesionales se interponen permanentemente.

Los abogados –factor básico en el uso de sociedades anónimas para actividades poco transparentes– no siempre cumplen con la norma que aconseja “conozca a su cliente”. Y lo mismo puede decirse de banqueros, contadores, agentes de bienes raíces, etc.

Para la coordinadora del Centro de Investigación de Derechos Humanos, Otilia Tejeira de Koster, la corrupción en instituciones públicas y privadas hace virtualmente imposible proteger a la ciudadanía de las acciones de los grupos terroristas.

“Los mecanismos existen: son las convenciones sobre terrorismo, las leyes bancarias sobre lavado de dinero... Los pactos y pactitos nos van ahogar... pero lo cierto es que estos grupos siguen operando”, afirmó Tejeira.

Prueba de ello, dijo, es que “la mayoría de las transacciones para ayudar a grupos terroristas se hacen en papel y existen firmas privilegiadas de abogados cuyas transacciones no son investigadas”.

Panamá ha sido durante décadas lugar ideal para el “descanso del guerrero”, señala Tejeira, lo que ha permitido la presencia de células terroristas importantes, sobre todo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC). Por ello es necesario el apoyo ciudadano para enfrentar los potenciales peligros de las actividades terroristas.

A propósito del tema, vale la pena recordar que los pilotos que protagonizaron los hechos de septiembre interactuaron en la comunidad, tomaron clases de aviación y manejaron importantes sumas de dinero sin llamar la atención de sus vecinos.

Para Jarvis, la participación de la comunidad es esencial. “El terrorismo es un enemigo diferente... no convencional. Tiene una capacidad de hacer más daño que un Estado enemigo y no discrimina nada. Todos tenemos un papel que cumplir para combatirlo”, insistió.

FBI al desnudo

“Quiero que sepan que el FBI está cambiando. Ahora se comunica mejor con la CIA y ambas agencias comparten su información”.

De no tratarse de un tema tan trágico, podría decirse que es un chiste, pero no lo es. Es la aceptación de Bush de que sus agencias de seguridad “no se comunican”.

Esa falta de comunicación fue clave para el éxito de los ataques terroristas del 11 de septiembre.

Una investigación del Congreso de Estados Unidos descubrió que tres meses antes de los ataques, un agente del FBI en Phoenix envió un memorándum a Washington en el que advertía que miembros de Al-Qaeda estaban tomando clases de aviación en Estados Unidos.

Además, la ya famosa Coleen Rowley denunció que varias agentes de la central del FBI descartaron sistemáticamente las peticiones de la oficina de Minneapolis para registrar las pertenencias y computadora de Zacarías Moussaoui, terrorista franco-marroquí, procesado como cómplice del atentado del 11 de septiembre.

También interceptaron dos conversaciones en árabe el 10 de septiembre que sugerían un grave acto terrorista al día siguiente. “El gran encuentro... a la hora cero”, anunciaban ambos mensajes. Nadie tradujo los mensajes hasta el 12 de septiembre, es decir, un día después de los ataques.

¿Tendrán las agencias panameñas los mismos problemas de comunicación?

 


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