Panamá, 9 de julio de 2002
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Derecho al saber y deber de aprender

El acto educativo concreto, en la medida en que promueve el saber de quien aprende, promueve el de quien enseña

Paulino Romero C.

El derecho al saber, que es de la competencia de todo hombre en cuanto tal, no es considerado en abstracto, sino en la concreción de cada individuo y de sus condiciones. Como derecho, no tiene límites (ya que, precisamente porque es derecho del hombre, no es privilegio de algunos o una concesión del Estado); sin embargo, concretamente, tiene como límites la capacidad, las aptitudes y la buena voluntad de cada hombre y, por lo tanto, tal derecho es ejercido en proporción a los límites propios de cada individuo.

El derecho al saber no es separable del hecho educativo; más bien es el mismo acto educativo en su sentido más amplio y más rico. Como tal, interesa no sólo al alumno, sino también al docente, incluso en el caso del autodidacto, cuyos sujetos docentes son las personas con las que está en contacto, la familia, la sociedad, los medios de comunicación, etc. Por consiguiente, el problema atañe a quien enseña. El derecho al saber es bilateral, del discente y del docente, el cual, enseñando, ejerce su derecho a saber, ya que enseñar es aprender junto al discente.

La educación es momento de vida interior y es siempre autoeducación; pero, precisamente por esto, es comunicación y promoción recíprocas; el acto educativo concreto, en la medida en que promueve el saber de quien aprende, promueve el de quien enseña: discente y docente son discípulos de la verdad, en el amor de promoverse entre sí, y en el amor de perfeccionarse recíprocamente en la verdad.

Este mismo concepto de educación, no limitada a la escuela que es uno de sus aspectos, nos lleva a precisar el de saber. Saber no es sólo la cultura humanística o altamente científica, ni mucho menos ocupar un puesto elevado en la vida social; saber es todo lo que expresa un valor y contribuye a formar una personalidad en la medida en que responde a sus aptitudes y capacidades, las actúa y las potencia. Saber es el filósofo que indaga los abismos del espíritu y trata de descubrir la inteligibilidad última de la vida en su totalidad y universalidad, como también lo es el campesino que cotidianamente trabaja la tierra; y valores expresa el pensador o el artista traduciéndolos en sus obras, como también expresa valores el campesino cultivando su campo, que es su obra, obra de hombre, espiritual, ya que aquel campo expresa también valores estéticos, sociales y morales.

Derecho al saber es aquel derecho que cada hombre (y mujer) tiene para actuar libremente el “proyecto” en que él mismo consiste al nacer, es decir, para desarrollar y formar su personalidad, la auténtica, que responde a sus vocaciones. Humanamente respetable es el trabajo del artista y del filósofo, como el del campesino y el del obrero, basado en una igualdad esencial de todos los hombres en cuanto hombres. Esto indica que no sólo socialmente, sino incluso como valor de la personalidad y como personalidad de valor, valen más un campesino y un artesano “acertados”, que saben hacer bien y con amor el trabajo (con lo que ya de muestran su estatura moral), que un altísimo personaje “llegado” no se sabe cómo y por el motivo que todos saben muy bien. Este último resulta comportarse como un zafio y no el campesino, un “dislocado” en su altísimo puesto; y como “personaje” no es una “persona”, la suya, sino su máscara. En tal caso el derecho al saber se transforma en un abuso, en un privilegio sin credenciales válidas y genuinas.

Este es el riesgo que la sociedad corre con las dictaduras y con las democracias demagógicas, las cuales avanzan sin reconocer derechos ni garantizar su ejercicio, sino haciendo concesiones y asegurando su arbitrario abuso. Así, estas formas políticas (muy conocidas en Panamá), levantan hábilmente un círculo vicioso que se puede formular en los siguientes términos: fomentar en las masas, sin freno alguno, la convicción de que el derecho al saber significa derecho de cada uno, indiscriminadamente, a ascender en la jerarquía social sin atender a sus capacidades y sin preocuparse por saber, con la finalidad de atraerse las llamadas simpatías “populares” para tener ellos, los administradores de las opiniones, el número de votos que los sostenga en el poder; fermentadas las masas, éstas dirigen sus simpatías, no a quien pueda garantizar a cada hombre (y mujer), en el orden, la libre actualización de la personalidad que le es propia (que, por modesta que sea, vale más que otra que no le corresponda), sino a quien promete, aunque no tenga responsabilidad, preparación ni empeño, una condición social cada vez más elevada.

El círculo queda bien encajado, pero también es soberanamente “vicioso”, en el sentido moral y en el lógico; sus consecuencias son hoy incluso experimentables en Panamá.

El autor es pedagogo, escritor y diplomático



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