Dos notas
Sitting Bull ha cometido
muchos errores políticos. Esos errores pueden explicarse por su
soberbia y por la exagerada (y poco realista) opinión que tiene
de sí mismo
Guillermo Sánchez Borbón
En su artículo del domingo pasado, Jorge
Ritter esboza el equivalente literario de un fruncimiento de cejas:
“[Durante el mundial] floreció un rasgo de la cultura panameña,
hasta ahora –al menos para mí– totalmente desconocido: todos somos
también expertos en fútbol”. Pero hay ilustres antecedentes.
Por su edad, Ritter no pudo conocer a un
personaje familiar a todos los que vivimos esa época. Uno de los
productos secundarios más curiosos de la segunda guerra mundial
en nuestras tierras (tan alejadas del conflicto), fue la aparición
de un extravagante personaje: el estratega de café. Dios sabe dónde
(porque tenía el don de la ubicuidad: sembraba el terror simultáneamente
en todos los cafés de Nuestra América) lo bautizaron.
Lo conocí a principios de 1942 en el Roma
de San José, que frecuentaban aspirantes a escritores y políticos,
algunos jóvenes, otros no tanto. Tú sabías que acababa de oscurecer
la puerta del recinto por la súbita desaparición de la piéride que
tenías media hora de estar tratando, inútilmente, de seducir. El
personaje miraba a los parroquianos con ojos de águila, o de gallinazo,
y aprovechando la cara de víctima que te dieron tus padres, venía
a sentarse (a posarse) a tu mesa –en la silla que había desocupado
la esquiva dama–, pedía un café, y sin más trámites empezaba a analizar
la última batalla. Si estabas de suerte. Si ésta te había abandonado,
el personaje, sin hacer caso de la expresión de tu cara, desplegaba
sobre la mesa un mapa en el que movía ejércitos y portaaviones,
que su elocuencia (porque todos tenían una asombrosa facilidad de
palabra) embutía de realidad. Te explicaba cómo y dónde debían abrir
los aliados el segundo frente. Tú te maravillabas de que algo tan
obvio no se les hubiera ocurrido a los estrategas de verdad. El
año siguiente el mal se agravó, porque a la sazón en Stalingrado
rugía la batalla decisiva de la guerra. Y los grandes acontecimientos
tienen la propiedad de alterar a estos ñames, de ordinario más o
menos inofensivos.
Cuando vine a vivir a nuestra capital, me
topé en los cafetines con los mismos –o idénticos– estrategas, armados
de los mismos –o parecidos– mapas, ya gastados por el tiempo, cubiertos
de manchas de grasa (porque todos tenían la buena, o la mala, costumbre
de devorar empanadas mientras destrozaban la reputación de generales
y almirantes). Eran indistinguibles de sus colegas josefinos, al
extremo de que yo los saludaba con la confianzuda familiaridad que
autoriza una continua y prolongada frecuentación.
El bombazo de Hiroshima puso fin a su carrera.
Los conocimientos, penosamente adquiridos durante 10 años de lucha
sangrienta (incluyo el conflicto armado chino-japonés, la invasión
a Abisinia y, desde luego, la guerra civil española) ya no le servían
de nada. El horror apocalíptico que se abatió súbitamente sobre
la ciudad nipona puso fin a su inofensiva manía. Cuando Armagedón
entra en escena, no hay más remedio que hacer mutis discretamente.
Además, para hablar con propiedad de la guerra fría hubiera tenido
que dominar la física moderna, y ya no estaba para esos trotes.
Aunque –lo revelo con satisfacción–, sus choznos
andan por ahí. Son los tipos que están en el ajo, que conocen las
causas secretas de todos los sucesos, que pueden nombrar a quienes
mandaron a matar a Kennedy (y por qué) o a Remón. Y te refieren
estas cosas echando furtivas miradas a su alrededor, no vaya a ser
que los espías que pululan en los cafés los oigan y corran a llevarles
el cuento a sus todopoderosos y dispépticos jefes, con consecuencias
terribles para él y para ti.
****Los errores políticos de Sitting Bull
pueden explicarse por su soberbia y por la exagerada (y poco realista)
opinión que tiene de sí mismo. No concibe que los demás no compartan
su entusiasmo por él. Pero, a juicio mío, su mayor error ha sido
demandar a Vic. No creo que ningún fiscal o juez sea tan tonto para
hacer el ridículo tomando en serio sus rabietas. Sitting (the raging)
Bull llegó a convencerse de que demandaba a un hombre incapaz de
defenderse de sus acometidas reales.
¡Craso error! El caso se ventilará no en
nuestros tribunales kafkianos, sino en las caricaturas de Vic, terreno
en el que la superioridad del demandado es abrumadora, como lo demuestran
dos obras maestras: la primera es la de un Sitting Bull mugiendo
de ira: “Este cuadro es una ofensa a mi dignidad”. Y el personaje
famélico con que Vic personifica al pueblo panameño, le aclara:
“No es un cuadro, es un espejo”. En la segunda, el dentista le dice
a un toro sentado en el potro del tormento: “El problema es el puente”.
Y un toro, fuera de sí, le grita: “¡Voy a demandarlo!”. (No hay
que mentar la soga en casa del ahorcado).
Además en opinión
• Dos notas: Guillermo
Sánchez Borbón
• Contradicción
y corrupción: Jorge Bravo
• La diplomacia
de lo valientes: Betty Brannan Jaén
• Encontremos
soluciones: Edgardo Lasso Valdés
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