Panamá, 7 de julio de 2002
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Dos notas

Sitting Bull ha cometido muchos errores políticos. Esos errores pueden explicarse por su soberbia y por la exagerada (y poco realista) opinión que tiene de sí mismo

Guillermo Sánchez Borbón

En su artículo del domingo pasado, Jorge Ritter esboza el equivalente literario de un fruncimiento de cejas: “[Durante el mundial] floreció un rasgo de la cultura panameña, hasta ahora –al menos para mí– totalmente desconocido: todos somos también expertos en fútbol”. Pero hay ilustres antecedentes.

Por su edad, Ritter no pudo conocer a un personaje familiar a todos los que vivimos esa época. Uno de los productos secundarios más curiosos de la segunda guerra mundial en nuestras tierras (tan alejadas del conflicto), fue la aparición de un extravagante personaje: el estratega de café. Dios sabe dónde (porque tenía el don de la ubicuidad: sembraba el terror simultáneamente en todos los cafés de Nuestra América) lo bautizaron.

Lo conocí a principios de 1942 en el Roma de San José, que frecuentaban aspirantes a escritores y políticos, algunos jóvenes, otros no tanto. Tú sabías que acababa de oscurecer la puerta del recinto por la súbita desaparición de la piéride que tenías media hora de estar tratando, inútilmente, de seducir. El personaje miraba a los parroquianos con ojos de águila, o de gallinazo, y aprovechando la cara de víctima que te dieron tus padres, venía a sentarse (a posarse) a tu mesa –en la silla que había desocupado la esquiva dama–, pedía un café, y sin más trámites empezaba a analizar la última batalla. Si estabas de suerte. Si ésta te había abandonado, el personaje, sin hacer caso de la expresión de tu cara, desplegaba sobre la mesa un mapa en el que movía ejércitos y portaaviones, que su elocuencia (porque todos tenían una asombrosa facilidad de palabra) embutía de realidad. Te explicaba cómo y dónde debían abrir los aliados el segundo frente. Tú te maravillabas de que algo tan obvio no se les hubiera ocurrido a los estrategas de verdad. El año siguiente el mal se agravó, porque a la sazón en Stalingrado rugía la batalla decisiva de la guerra. Y los grandes acontecimientos tienen la propiedad de alterar a estos ñames, de ordinario más o menos inofensivos.

Cuando vine a vivir a nuestra capital, me topé en los cafetines con los mismos –o idénticos– estrategas, armados de los mismos –o parecidos– mapas, ya gastados por el tiempo, cubiertos de manchas de grasa (porque todos tenían la buena, o la mala, costumbre de devorar empanadas mientras destrozaban la reputación de generales y almirantes). Eran indistinguibles de sus colegas josefinos, al extremo de que yo los saludaba con la confianzuda familiaridad que autoriza una continua y prolongada frecuentación.

El bombazo de Hiroshima puso fin a su carrera. Los conocimientos, penosamente adquiridos durante 10 años de lucha sangrienta (incluyo el conflicto armado chino-japonés, la invasión a Abisinia y, desde luego, la guerra civil española) ya no le servían de nada. El horror apocalíptico que se abatió súbitamente sobre la ciudad nipona puso fin a su inofensiva manía. Cuando Armagedón entra en escena, no hay más remedio que hacer mutis discretamente. Además, para hablar con propiedad de la guerra fría hubiera tenido que dominar la física moderna, y ya no estaba para esos trotes.

Aunque –lo revelo con satisfacción–, sus choznos andan por ahí. Son los tipos que están en el ajo, que conocen las causas secretas de todos los sucesos, que pueden nombrar a quienes mandaron a matar a Kennedy (y por qué) o a Remón. Y te refieren estas cosas echando furtivas miradas a su alrededor, no vaya a ser que los espías que pululan en los cafés los oigan y corran a llevarles el cuento a sus todopoderosos y dispépticos jefes, con consecuencias terribles para él y para ti.

****Los errores políticos de Sitting Bull pueden explicarse por su soberbia y por la exagerada (y poco realista) opinión que tiene de sí mismo. No concibe que los demás no compartan su entusiasmo por él. Pero, a juicio mío, su mayor error ha sido demandar a Vic. No creo que ningún fiscal o juez sea tan tonto para hacer el ridículo tomando en serio sus rabietas. Sitting (the raging) Bull llegó a convencerse de que demandaba a un hombre incapaz de defenderse de sus acometidas reales.

¡Craso error! El caso se ventilará no en nuestros tribunales kafkianos, sino en las caricaturas de Vic, terreno en el que la superioridad del demandado es abrumadora, como lo demuestran dos obras maestras: la primera es la de un Sitting Bull mugiendo de ira: “Este cuadro es una ofensa a mi dignidad”. Y el personaje famélico con que Vic personifica al pueblo panameño, le aclara: “No es un cuadro, es un espejo”. En la segunda, el dentista le dice a un toro sentado en el potro del tormento: “El problema es el puente”. Y un toro, fuera de sí, le grita: “¡Voy a demandarlo!”. (No hay que mentar la soga en casa del ahorcado).


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