Una mirada a Jericó
De uno en uno los palestinos
entran a la ciudad, luego de haber enseñado sus papeles de identificación
JULIO CESAR AIZPRUA
jaizprua@prensa.com
|
|
Aquí, nadie entra o sale sin el
visto bueno de los bien armados soldados judíos.
|
JERICÓ, Israel. -El destartalado taxi marca Ford
viaja a 80 millas por hora hacia la ciudad palestina de Jericó. Es
un minivan en cuyo interior una vieja y sucia alfombra negra cubre
todo el techo, mientras varias calcomanías, entre ellas una de los
Backstreet Boys, han sido colocadas estratégicamente para disimular
la herrumbre que se asoma en la carrocería.
Nasim, el conductor, habla a gritos y ríe
constantemente. Es un palestino de unos 30 años, de tez clara, nariz
perfilada, cara ovalada y quijada saliente. Al tiempo que conduce,
en idioma inglés trata de explicarnos cada rincón de la ciudad.
Antes de abordar el taxi de Nasim, tuvimos
que someternos al férreo control que en la entrada de la ciudad
mantiene el ejército israelí. Aquí nadie entra o sale sin el visto
bueno de los bien armados soldados judíos. “Esta ciudad está ocupada.
¿Qué viene a hacer aquí?”, pregunta el oficial al mando, mientras
pasa sus dedos nerviosamente sobre el gatillo de la potente arma
que exhibe sobre su pecho.
En ese momento, justo recuerdo que en Jerusalén
ya nos habían advertido que ni se nos ocurriera acercarnos a Belén
ni a Jericó, aunque más pudo nuestra tozudez periodística. No obstante,
luego de unos segundos de tensa calma y mirar con ojo clínico nuestro
pasaporte, se nos permite pasar hacia Jericó.
Mientras avanzamos hacia la línea palestina,
nos topamos con un ciudadano palestino a quien se le dio la señal
para que camine hacia los oficiales encargados de revisar los papeles
de identidad personal. Estos papeles son el requisito indispensable
para que puedan entrar o salir de Jericó.
Los demás palestinos que han quedado a la
espera de la señal del soldado parecen de mal humor. Aunque callados,
sus profundos ojos negros se limitan a mirar a los extraños que
han pasado el cordón de seguridad en grupo, mientras que a ellos
sólo se les permite ir de uno en uno.
Una vez nos acomodamos en el destartalado
taxi de Nasim, empezamos a divisar a Jericó.
A la entrada, a mano derecha, precedido de
un corredor formado por verdes palmeras de dátiles, el hotel Intercontinental
se muestra lúgubre y vacío.
“Allí nadie viene. Está cerrado desde hace
tiempo”, dice enseguida el parlanchín Nasim, adivinando nuestro
pensamiento y adelantándose a una segura pregunta.
Un poco más allá se empiezan a observar las
primeras casas palestinas, en cuya fachada se adivina la pobreza.
Son casas sencillas, construidas junto a unos comercios de baratijas
en donde los clientes brillan por su ausencia.
Desde el portal de unos de estos comercios,
un niño palestino de unos 11 años, ataviado con un suéter verde
con la leyenda “Palestina”, nos saluda haciendo una letra V con
los dedos de su mano izquierda. Aparte de la de Nasim, fue la única
otra sonrisa que vimos en esta ciudad.
Todavía contemplábamos al chico del saludo
cuando de pronto, sin explicación alguna, Nasim detiene el taxi
y nos invita a cambiarnos a otro minivan, del cual desciende algunos
hombres que vienen de las afueras del pueblo.
Nasim se dirige hacia el otro conductor con
quien intercambia algunas palabras inentendibles para nosotros.
Luego se despiden dándose tres besos en las mejillas. Sin reparar
en nuestra presencia, Nasim toma el mando del nuevo taxi y empieza
a recorrer las calles desiertas de Jericó.
En su euforia, y luego de acordar cuánto
le vamos a pagar por el recorrido, quiere llevarnos a varios lugares,
a lo cual nos oponemos, pues el sentido común de seguridad aún nos
acompaña.
Ante nuestra negativa, Nasim da un viraje
al taxi y enfila hacia el centro de la ciudad, en donde se aprecia
una pequeña plaza, igual de desolada como todo el pueblo. A un costado
de la plaza, tres guardias de la Autoridad Nacional Palestina vestidos
con un riguroso uniforme azul conversan amenamente, aunque no pierden
de vista el taxi que se detiene unos 20 metros adelante.
En seguida, un guardia se dirige hacia el
taxi, en donde Nasim, con su particular modo de hablar gritado,
le manifiesta: “queremos hacerle algunas fotos”, a lo cual se niega
tajantemente y nos conmina a alejarnos del lugar.
Ni corto ni perezoso, Nasim nos lleva por
unas estrechas calles en donde en segundos encontramos el “Jericho
Temptation Restaurant”, un lujoso restaurante en cuyas paredes solo
quedan las fotografías que dan testimonios de tiempos idos, cuando
este lugar era uno de los más lujosos de Jericó.
Allí nos esperaba un palestino delgado, menos
sonriente que Nasim, que en su cintura lucía un moderno teléfono
celular marca Motorola, el cual no llegó a sonar en el tiempo que
estuvimos a su lado.
El palestino, cuyo nombre pidió no divulgar,
nos abrió las puertas del “Jericho Temptation Restaurant”, llevándonos
hacia la azotea, desde donde nos enseñó los restos que aún quedan
en pie de la antigua ciudad de Jericó. Después nos pidió comprarle
algunas mercancías que allí reposan llenas de polvo. Por el estado
que presenta este local, se nota que aquí hace tiempo no viene nadie.
Ya al filo de la tarde tenemos que insistirle
en que debemos retirarnos, pues hay que volver a Jerusalén. De vuelta
al control israelí se repite el proceso para poder abandonar Jericó,
aquella ciudad fantasma en donde solo el color amarillo de los destartalados
taxis parece brillar con el sol.
Además en mundo
• Sendero de guerra:
se acumula presión sobre Irak •
La culta Europa no tiene memoria
• El duro camino
hacia la paz •
Una mirada a Jericó •
Recomiendan a texanos abandonar sus hogares
• Siguen
buscando motivos del autor de tiroteo •
Fox pide confianza a mexicanos en segundo aniversario
electoral •
Un muerto al explotar granada •
Bolivia aún no sabe quién será
su presidente •
Fujimori pretende minar democracia, dice Toledo •
Rechazan sobreseimiento judicial de Pinochet
• Palestinos
desafían a Yaser Arafat •
Pinochet escapa de la justicia chilena
• La víctima
• Asesinan
a vicepresidente de Afganistán •
EU admite que civiles murieron en bombardeo
• Ataques
dejan más de 30 heridos en estados indios
|