Panamá, 7 de julio de 2002
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Una mirada a Jericó

De uno en uno los palestinos entran a la ciudad, luego de haber enseñado sus papeles de identificación

JULIO CESAR AIZPRUA
jaizprua@prensa.com

Aquí, nadie entra o sale sin el visto bueno de los bien armados soldados judíos.

JERICÓ, Israel. -El destartalado taxi marca Ford viaja a 80 millas por hora hacia la ciudad palestina de Jericó. Es un minivan en cuyo interior una vieja y sucia alfombra negra cubre todo el techo, mientras varias calcomanías, entre ellas una de los Backstreet Boys, han sido colocadas estratégicamente para disimular la herrumbre que se asoma en la carrocería.

Nasim, el conductor, habla a gritos y ríe constantemente. Es un palestino de unos 30 años, de tez clara, nariz perfilada, cara ovalada y quijada saliente. Al tiempo que conduce, en idioma inglés trata de explicarnos cada rincón de la ciudad.

Antes de abordar el taxi de Nasim, tuvimos que someternos al férreo control que en la entrada de la ciudad mantiene el ejército israelí. Aquí nadie entra o sale sin el visto bueno de los bien armados soldados judíos. “Esta ciudad está ocupada. ¿Qué viene a hacer aquí?”, pregunta el oficial al mando, mientras pasa sus dedos nerviosamente sobre el gatillo de la potente arma que exhibe sobre su pecho.

En ese momento, justo recuerdo que en Jerusalén ya nos habían advertido que ni se nos ocurriera acercarnos a Belén ni a Jericó, aunque más pudo nuestra tozudez periodística. No obstante, luego de unos segundos de tensa calma y mirar con ojo clínico nuestro pasaporte, se nos permite pasar hacia Jericó.

Mientras avanzamos hacia la línea palestina, nos topamos con un ciudadano palestino a quien se le dio la señal para que camine hacia los oficiales encargados de revisar los papeles de identidad personal. Estos papeles son el requisito indispensable para que puedan entrar o salir de Jericó.

Los demás palestinos que han quedado a la espera de la señal del soldado parecen de mal humor. Aunque callados, sus profundos ojos negros se limitan a mirar a los extraños que han pasado el cordón de seguridad en grupo, mientras que a ellos sólo se les permite ir de uno en uno.

Una vez nos acomodamos en el destartalado taxi de Nasim, empezamos a divisar a Jericó.

A la entrada, a mano derecha, precedido de un corredor formado por verdes palmeras de dátiles, el hotel Intercontinental se muestra lúgubre y vacío.

“Allí nadie viene. Está cerrado desde hace tiempo”, dice enseguida el parlanchín Nasim, adivinando nuestro pensamiento y adelantándose a una segura pregunta.

Un poco más allá se empiezan a observar las primeras casas palestinas, en cuya fachada se adivina la pobreza. Son casas sencillas, construidas junto a unos comercios de baratijas en donde los clientes brillan por su ausencia.

Desde el portal de unos de estos comercios, un niño palestino de unos 11 años, ataviado con un suéter verde con la leyenda “Palestina”, nos saluda haciendo una letra V con los dedos de su mano izquierda. Aparte de la de Nasim, fue la única otra sonrisa que vimos en esta ciudad.

Todavía contemplábamos al chico del saludo cuando de pronto, sin explicación alguna, Nasim detiene el taxi y nos invita a cambiarnos a otro minivan, del cual desciende algunos hombres que vienen de las afueras del pueblo.

Nasim se dirige hacia el otro conductor con quien intercambia algunas palabras inentendibles para nosotros. Luego se despiden dándose tres besos en las mejillas. Sin reparar en nuestra presencia, Nasim toma el mando del nuevo taxi y empieza a recorrer las calles desiertas de Jericó.

En su euforia, y luego de acordar cuánto le vamos a pagar por el recorrido, quiere llevarnos a varios lugares, a lo cual nos oponemos, pues el sentido común de seguridad aún nos acompaña.

Ante nuestra negativa, Nasim da un viraje al taxi y enfila hacia el centro de la ciudad, en donde se aprecia una pequeña plaza, igual de desolada como todo el pueblo. A un costado de la plaza, tres guardias de la Autoridad Nacional Palestina vestidos con un riguroso uniforme azul conversan amenamente, aunque no pierden de vista el taxi que se detiene unos 20 metros adelante.

En seguida, un guardia se dirige hacia el taxi, en donde Nasim, con su particular modo de hablar gritado, le manifiesta: “queremos hacerle algunas fotos”, a lo cual se niega tajantemente y nos conmina a alejarnos del lugar.

Ni corto ni perezoso, Nasim nos lleva por unas estrechas calles en donde en segundos encontramos el “Jericho Temptation Restaurant”, un lujoso restaurante en cuyas paredes solo quedan las fotografías que dan testimonios de tiempos idos, cuando este lugar era uno de los más lujosos de Jericó.

Allí nos esperaba un palestino delgado, menos sonriente que Nasim, que en su cintura lucía un moderno teléfono celular marca Motorola, el cual no llegó a sonar en el tiempo que estuvimos a su lado.

El palestino, cuyo nombre pidió no divulgar, nos abrió las puertas del “Jericho Temptation Restaurant”, llevándonos hacia la azotea, desde donde nos enseñó los restos que aún quedan en pie de la antigua ciudad de Jericó. Después nos pidió comprarle algunas mercancías que allí reposan llenas de polvo. Por el estado que presenta este local, se nota que aquí hace tiempo no viene nadie.

Ya al filo de la tarde tenemos que insistirle en que debemos retirarnos, pues hay que volver a Jerusalén. De vuelta al control israelí se repite el proceso para poder abandonar Jericó, aquella ciudad fantasma en donde solo el color amarillo de los destartalados taxis parece brillar con el sol.


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