Panamá, 7 de julio de 2002
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Sendero de guerra: se acumula presión sobre Irak

Por ahora, todo parece indicar que la dirigencia kurda no está dispuesta a firmar por una planeación bélica de Estados Unidos

Patrick E. Tyler

La presión sobre el Pentágono para que produzca un plan con el que el presidente estadounidense, George W. Bush, le haga la guerra a Irak destaca la ineficacia, sea de la diplomacia o de operaciones encubiertas, con miras a desalojar a Saddam Hussein u obligarlo a dar paso a inspectores de Naciones Unidas (ONU) que buscan armamento de destrucción masiva.

El surgimiento de un detallado concepto para un ataque militar sobre Irak también deja entrever que el nuevo enfoque de Bush para dar solución al conflicto entre Israel y los palestinos pudiera formar parte de un giro radical en el enfoque, encaminado hacia preparativos para una campaña en Irak.

El 19 de junio, Bush recibió un informe sobre el estado de la planeación bélica por parte del máximo general en el comando central de Estados Unidos, Tommy R. Franks. Cinco días después, el presidente pronunció su muy esperado discurso sobre política hacia Oriente Medio, haciendo un llamamiento sobre los palestinos para que desecharan a su líder, Yasser Arafat, y advirtiendo que, de no hacerlo, pueden esperar muy poco en la forma de apoyo o asistencia por parte de Estados Unidos.

En efecto, eso estancó el esfuerzo de mediación de Estados Unidos en Oriente Medio, estado de la situación que reflejaba la amplia opinión de los asesores más conservadores de Bush, entre ellos el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de la Defensa, Donald H. Rumsfeld, en cuanto a que el conflicto entre israelíes y palestinos no representa una amenaza estratégica para intereses estadounidenses en Oriente Medio, aunque sí lo es el interés de Irak en desarrollar armamento de destrucción masiva.

La evidencia de que Hussein aún posee armamento de dicha índole sigue siendo algo brumoso, particularmente ante los ojos de los aliados europeos de Estados Unidos, que en su mayoría han argumentado con fuerza en contra de una nueva guerra sobre Irak.

No obstante, Estados Unidos y su principal aliado en Oriente Medio, Israel, además de diversos funcionarios de importancia –incluyendo al primer ministro Ariel Sharon y al ex primer ministro Ehud Barak– creen que un Irak posterior a Saddam Hussein podría ser adaptado a cierta forma de democracia.

Bajo esta luz, un Irak bajo un nuevo sistema de gobierno podría convertirse en un nuevo aliado occidental, ayudando a reducir la dependencia estadounidense en bases localizadas en Arabia Saudita, para de ese modo asegurar el flanco oriental de Israel y actuar como una división entre Irán y Siria, dos de los patrocinadores más activos del terrorismo.

Los obstáculos, riesgos y costos para llevar a cabo una estrategia así permanecen, en buena medida, sin recibir atención de la administración Bush, y su planeación para cualquier guerra eventual está envuelta estrechamente en la confidencialidad.

El subscretario de la Defensa estadounidense, Paul D. Wolfowitz, el principal defensor de la administración por un papel central de Irak en la planeación estadounidense en Oriente Medio, fue el anfitrión esta semana de dirigentes de la oposición iraquí, según información de funcionarios de la oposición, y recibió un informe sobre el caótico estado de las fuerzas opositoras en Irak.

No obstante, el Pentágono está emprendiendo esfuerzos para unir a la oposición iraquí, de forma que pudiera desempeñar la misma clase de participación subordinada en la recabación de datos de inteligencia, identificación de objetivos, aunado a combates que partidarios opuestos al Talibán desempeñaron en la campaña afgana.

De acuerdo con funcionarios de la oposición, a la reunión se presentaron representantes de las fuerzas de tarea sobre Irak del departamento de Estado y la CIA (Central de Inteligencia Estadounidense), junto con oficiales castrenses de Estados Unidos.

Dirigentes kurdos en el norte de Irak están desgarrados por disputas internas y aún tienen que alcanzar algún acuerdo con la CIA para permitir que oficiales de los servicios de inteligencia de EU, entrenadores de las Fuerzas Especiales o diplomáticos establezcan un centro de operaciones ahí, para luego comenzar los preparativos para una nueva campaña en contra de Hussein.

En abril, funcionarios kurdos y otros de la oposición iraquí afirmaron que Massoud Barzani y Jalal Talabani, los principales líderes kurdos, viajaron a Francfort, Alemania, y posteriormente a una base de entrenamiento de la CIA ubicada en el sur de Virginia.

Ahí, aseguraron los funcionarios opositores, informaron a sus dirigentes que Estados Unidos había decidido derrocar a Saddam Hussein y que estaba buscando enviar equipos de la CIA para entrenar a combatientes kurdos en colaboración con fuerzas estadounidenses, de modo muy similar a cuando combatientes afganos ayudaron a fuerzas de Estados Unidos en contra del régimen Talibán.

Un portavoz de la CIA se negó a ofrecer comentarios.

Por ahora, todo parece indicar que la dirigencia kurda no está dispuesta a firmar por una planeación bélica de Estados Unidos, a menos que reciban firmes garantías de que la administración Bush planea llegar hasta las últimas consecuencias en Bagdad.

Aunado a ello, desean protección para ciudades kurdas de la clase de agresión que Hussein desencadenó durante el fallido intento de la administración Clinton con miras a expulsar a Hussein, error que obligó a la CIA a evacuar de Irak a miles de partisanos a un costo de más de 100 millones de dólares, según funcionarios de la administración.

En el frente diplomático, varios dirigentes árabes de tendencia moderada han aconsejado a la Casa Blanca en meses recientes que, si Bush alberga la esperanza de formar un consenso para remover a Hussein mediante la fuerza, la mejor forma de lograrlo consiste en, primero, lograr un avance entre israelíes y palestinos.

Estos drigentes afirmaron que cualquier acuerdo de paz debe dar solución a las aspiraciones palestinas relativas a la formación de un Estado que, a su vez, socavaría radicales árabes que han atizado el sentir anti-estadounidense en la región y amenazado la estabilidad de gobiernos árabes moderados que son aliados de Estados Unidos.

En su reunión cumbre de marzo, celebrada en Beirut, dirigentes árabes ofrecieron a Israel el reconocimiento y la paz a cambio del retiro de territorios que ocupó en 1967. De igual forma, asumieron una firme posición respecto de Irak, pidiéndole a Hussein que abriera sus fronteras a inspecciones, pero –en lo que fue una aguda advertencia hacia Washington– declararon que un ataque en contra de Irak amenazaría los intereses de seguridad nacional de todos los Estados árabes.

El autor es columnista del New York Times, News Service

 


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