Panamá, 7 de julio de 2002
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Tito Trinidad deja un vacío en las divisiones pequeñas

Pero, había un nombre en el camino de Trinidad, el estadounidense Bernard Hopkins

Nicolás Espinosa S.
nespinos@prensa.com

Oscar De La Hoya (Izq.) recibe una izquierda del puertorriqueño Félix Trinidad, durante su pleito por el título mundial welter en septiembre de 1999.

Al iniciarse el siglo XXI, el puertorriqueño Félix Tito Trinidad era considerado el mejor pugilista del planeta. Sus triunfos sobre Oscar De La Hoya, primero, David Reid y Fernando Vargas, después, lo consolidaban como el mejor peso chico del momento, dejando a un lado a otros campeones que se movían con insistencia a su alrededor. Lennox Lewis, el titular pesado, estaba en otro nivel o podría decirse que en otro mundo.

Se hablaba del tan cacareado tema del mejor pugilista "libra por libra" y en todo momento el nombre del púgil boricua era mencionado. Recordaba los momentos en que el mexicano Julio César Chávez estaba en la palestra, y se comentaba que estaba listo para combatir con los mejores del mundo, incluso monarcas de categorías mucho más arriba.

Así estaba Tito Trinidad, en las nubes. Llegó su encuentro con el estadounidense William Joppy, en ese entonces campeón mediano de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), y su triunfo lo catapultó a lo más alto del estrellato. Fue entonces que se habló de encararlo con el titular absoluto de la división semipesada, el norteamericano Roy Jones Jr., un campeón con muy poco reconocimiento y a quien el tiempo de jubilación lo está alcanzando sin que haya podido convencer a todos de que, efectivamente, es el mejor "libra por libra".

Pero, había un nombre en el camino de Trinidad, el estadounidense Bernard Hopkins. Muy sabiamente, el despeinado promotor Don King había promovido un festival en la división mediana, en la que el puertorriqueño se enfrentaba a Joppy, y Hopkins a su compatriota Keith Holmes, el descolorido monarca mediano del Consejo.

Desde mucho antes de que Hopkins venciera a Holmes por la vía de las tarjetas y Trinidad destrozara a Joppy, ya se pregonaba la victoria del boricua y de sus próximos combates, una vez se apoderara de los otros dos cetros de las 160 libras.

Se descartaba de raíz un posible triunfo de Hopkins, un cuasi viejito (36 años) pugilista que, calladamente, estaba dejando de lado uno de los récords más longevos del pugilismo. Hopkins había sobrepasado en defensas a Marvin Hagler y se aprestaba a hacer otro tanto con el registro establecido por el argentino Carlos Monzón.

Algo subestimado

Pero, a los Trinidad, padre e hijo, eso no les importaba. Sería una ligereza de parte nuestra aseverar que subestimaron las posibilidades de victoria de Bernard Hopkins, lo cierto es que apostaban a ganador a las cualidades innatas del monarca borinqueño.

Apostaban a un contundente triunfo y, quizás, le restaron importancia a detalles cruciales en la carrera del invicto campeón puertorriqueño, y se concentraron demasiado en los de su rival. Estudiaron los defectos del contrario, pero no hicieron nada por superar los suyos, y fue allí donde la victoria se les fue de las mano.

¿Ejemplos? Todavía para nosotros no está muy clara la victoria de Trinidad sobre De La Hoya. No obstante, dejando el resultado a un lado, habría solo que concentrarse en lo que pasó la noche del 28 de septiembre de 1999 en Las Vegas, para darnos cuenta de las dificultades que tenía el primero con contrarios de mucho mejor boxeo que él e incluso que no le temían.

Fernando Vargas valiente, pero con enormes limitaciones técnicas, hizo trabajar extra a Trinidad antes de que este pudiera dominarlo. Los siguientes dos casos -Thiam y Joppy- no contaban para el análisis, aunque cómo ayudaron a mostrarnos a un boricua invencible.

Tanto Thiam (solo fortaleza) como Joppy (un mediocre boxeador con suerte) reunían las mismas características de viejos contrarios vencidos por Tito.

Es decir, que ante Hopkins tendría a un contrincante difícil y con vastos conocimientos en la materia, además de un alta autoestima. Mucho antes de que se diera el doble pleito por los campeonatos medianos, ya el estadounidense había dado a conocer los resultados y el nombre de quién se quedaría como monarca: él mismo.

Muchos nos equivocamos y Hopkins resultó ser un verdadero Ejecutor y sacudió los cimientos del boxeo latinoamericano. Le ganó a Trinidad en todos los terrenos y para coronar su actuación lo venció antes del límite.

Hora de reflexión

Lo que aconteció hizo despertar a muchos. Trinidad también era humano y sus defectos conocidos por otros, lo que obligó a un tiempo de reflexión para pensar en seguir o sencillamente ir al retiro.

Trinidad no tenía que pensarlo mucho. Joven e inmensamente rico, no había razón alguna para seguir en un negocio que, de cuando en cuando, cobra sus víctimas. Con un futuro grande por delante no había por qué seguir, su lugar en la historia del deporte de las narices chatas estaba asegurado.

Pero dejar este asunto no es fácil. Es como una droga que llega a la sangre y ya sea porque se tiene éxito o porque se trata de vivir de él, lo cierto es que la decisión de irse definitivamente para nadie hasta ahora ha sido un bistek de dos vueltas.

Así fue como se planeó su regreso a lo grande y se buscó una víctima adecuada, en este caso el francés Hacine Cherifi, un púgil que no cuenta con muchas aptitudes pero que había sido dos veces campeón del mundo.

El francés fue algo rápido, casi ni dio tiempo a que los fanáticos se sentaran. La victoria hizo creer a todos de que Tito Trinidad estaba de vuelta y con ello nuevamente la polémica de si era mejor que Oscar De La Hoya o si buscaría la revancha con Bernard Hopkins.

La algarabía duró muy poco. Trinidad acaba de anunciar su retiro ante la dificultad de poder realizar en poco tiempo un pleito con De La Hoya o Hopkins. Nos imaginamos que por los lado del Golden Boy estarían sobre el tapete dos inconvenientes, la categoría en que pelearían y quién de los dos ganaría más dinero. Y en cuanto a Hopkins, también estaría en discordia la bolsa y, tal vez, el lugar de la pelea. A partir de su victoria, Bernard ha querido que las cosas se hagan a su manera, como es lógico.

Lo cierto es que la partida del púgil boricua dejará un tremendo vacío. Las divisiones pequeñas están huérfanas de grandes ídolos y, salvo contadas excepciones, hay más fiambre que otra cosa.


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