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El reparto de la pobreza
Hay situaciones que reflejan las dos
caras de una misma realidad: una se pinta como el sol de la aurora
(rico y abundante); la otra, como la opaca luna en noche de tormentas
(sin luz y sin esperanza).
HERASTO REYES
hreyes@prensa.com
Una
danza de millones, indefinible, sumamente rica, se baila en grandes
compañías (por lo general forasteras) en Panamá.
Para ello deben tener padrinos en las instituciones del Gobierno,
de la Asamblea y del Organo Judicial que cubren con un manto legal
a los bailarines enriquecidos.
La otra danza, la de los miserables, la de aquellos a los que
no les queda más que mirar y oír como llegan (mejor
dicho, como se van) los millones que tiene Panamá y que les
permite a algunos hablar de un país rico. Para
la gran mayoría de los panameños (desempleados, sin
acceso a la educación, sin una casa digna donde vivir) esa
frase es un espejismo en un desierto sin oasis.
¿De dónde nace tanta riqueza? Pues, de
lo que le quitan (o de lo que no le dan) al pobre. Ahí está
el ejemplo de los empresarios de buses; prometieron aire acondicionado,
asientos individuales, seguridad, buses nuevos a cambio del aumento
del pasaje a 25 centavos, nada han cumplido. La presidenta de la
República que les creyó, debe sentirse muy burlada
por estos individuos que no honraron su palabra, solo su bolsillo.
¿Quién ha perdido?
Si se examinaran a las grandes empresas, habría que ver
que sus políticas en vez de incrementar el salario mínimo
y la calidad del trabajo, optan por los despidos, en algunos casos
masivos, de los trabajadores que quedan sin piso y sin techo.
Son simples y breves ejemplos de lo mal que se distribuye la riqueza
en Panamá. Ese problema puede llevar a luchas explosivas,
como ha sucedido en Quito y Buenos Aires. ¿No hay fórmulas
para frenar ese mal estructural que acapara la riqueza en pocas
manos y reparte la pobreza entre millones de panameños?
Un pueblo
sin fuerzas para hacer sus reclamos
1 de julio del 2002
Es preocupante que mientras mueren nuestros compatriotas de hambre,
enfermedades y violencia, no tengamos la fuerza necesaria para exigir
lo que nos corresponde como ciudadanos de este país, que
podemos llamar derechos consagrados en nuestra constitución
como lo son el derecho al trabajo, a la educación, la vivienda,
la salud. Y seguimos llorando y lamentando nuestra desgracia año
tras año; y seguimos participando en elecciones de partidos,
presidentes, legisladores, alcaldes, representantes, con el mismo
entusiasmo que caracteriza al pueblo panameño.
Hablamos del partido de los sin partido, de los independientes
y de los partidos, hablamos del votante decidido y el indeciso y
así continuamos nuestro peregrinar por el mundo del fracaso.
¿Será que el pobre no tiene la fuerza para hacer sentir
su voz de protesta porque lo han absorbido el hambre y la pobreza?
Es cierto que los problemas debilitan el pensamiento y castran el
ego de los hombres, lo someten y lo llevan a morir sin haber vivido,
¿no será esto un estado de in civilización
donde se discrimina al pobre y se le somete a cambio de su apacible
conducta?
Elías Abrego Solís
Hay
que contener el gasto desenfrenado de los legisladores
29 de junio del 2002
Comparto plenamente la opinión del profesor Montenegro [publicada
el 29 de junio en la plana 2], el país necesita una reforma
legislativa urgente, más que por imperativo político,
por necesidad económica. Es preciso contener el gasto desenfrenado
que representa el alto número de legisladores, principales
y suplentes, y peor, sus interminables privilegios a costo del erario
público.
Eric E. Prado (Abogado y profesor universitario).
Sobre una nota de Betty Brannam
23 de junio del 2002
Hoy domingo 23 de junio he leído el artículo de la
corresponsal de La Prensa en Washington, Betty Brannan Jaén,
titulado Fiebre de fútbol y me llamó la
atención la semejanza entre algunas de sus partes y algunas
del artículo titulado Gol-Gol-Gol Gooaaaalll! Univision's
Soccer Win, escrito por Frank Ahrens y Paul Farhi y publicado
el martes 18 de junio en el diario The Washington Post.
[El citado artículo se puede encontrar en la siguiente dirección:
http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/articles/A7681-2002Jun18.html
Ciertamente, no podría hablarse de plagio o de copia del
artículo, y no es esa mi intención, ya que en su mayoría
son bastante diferentes entre sí, pero hay, al menos, un
párrafo muy específico (casi al final de ambos artículos)
en el que pienso que la señora Jaén debió haberle
dado algún crédito a los señores Ahrens y Farhi
o al menos poner la frase entre comillas, ya que salta a la vista
que se trata de la misma información, incluso con pelos y
señales, aunque reconozco que la señora Jaén
se cubre escribiendo Según entiendo...
¿Será que la señora Jaén no recuerda
que estamos en una época en la que con sólo un click
tenemos acceso, además de a La Prensa, a medios de todas
las latitudes y en todos los idiomas?
Creo que esta clase de situaciones podrían llegar a ser
demasiado delicadas como para pasarlas por alto tan a la ligera.
Federico Rodríguez Gutiérrez
Aclaración de la
corresponsal
[Antes de publicar la nota anterior, se le pidió a la corresponsal
Betty Brannam la correspondiente explicación. Esta es su
nota].
30 de junio de 2002
Agradezco el tono cortés de la carta del señor Rodríguez,
sobre todo que él reconozca que no se trata de plagio o de
copia de un artículo, pero su crítica me sorprende
porque siempre he tratado de ser escrupulosa en señalar mis
fuentes.
Sin embargo, mi decisión de cuando identificar la fuente
de una información es una cosa subjetiva (judgment
call) que depende de muchos variables (por ejemplo: si estoy
escribiendo un artículo de noticia o de opinión y
si el material citado es un hecho comprobado o uno disputado, una
idea ampliamente compartida o un análisis de autoría
especifica, etcétera). Hay que tener en cuenta que una columna
de solo 750 palabras (o menos si es un artículo de noticia)
no puede atenerse a los mismos estándares de una tesis.
En este caso, es cierto que leí lo de la demora de los siete
segundos [entre las transmisiones del Mundial por Univision y ESPN]
en el Washington Post y que no juzgué que era necesario citar
esa fuente con especificidad. Tampoco identifiqué por nombre
a los comentaristas que usaron los términos futbolitis
y zombis del soccer, y de igual manera transmití
muchos otros trozos de información que encontré en
mi research
sin identificar cada fuente. Atenerme a tal estándar sería
difícil y muy aburrido para el lector dentro
del espacio limitado de esa columna.
Celebro, no obstante, que La Prensa tenga lectores tan vigilantes
de la ética periodística y me parece oportuno que
se inicie un debate sobre los parámetros correctos para dar
crédito por material ajeno. En la última semana he
visto dos artículos que citan de mi trabajo en especial,
de mi entrevista con Colin Powell sin dar crédito,
lo que comprueba que esta es un área gris que
requiere mucha más definición.
Betty Brannan Jaén
Turismo: malos tratos
e inseguridad
26 de junio del 2002
Me he estado preguntando en los últimos cuatro meses para
qué está el Instituto Panameño de Turismo (IPAT)
y el Gobierno panameño incentivando a las empresas privadas
hoteleras, a invertir en nuestro país si aún no estamos
preparados en ningún sentido para el auge que esta industria
puede traernos. Comenzando por nuestro aeropuerto Internacional¨
cuya estructura y servicios dejan mucho que desear de lo desorganizados
que estamos.
En el último viaje que hice procedente de territorio norteamericano,
casi me caigo de espaldas cuando el avión aterrizó
a mitad de la terminal, a unos 250 metros de la misma, y nos informaron
que tendríamos que caminar por la pista ya que no había
puerta (gate) disponible.
Por un momento creí que había aterrizado en algún
país de Centroamérica o en el interior y no en la
metrópolis panameña.
Para desgracia nuestra, mi pobre padre a sus 75 años y cuyos
pulmones no estaban su mejor momento, ni siquiera podía aspirar
a solicitar una silla de ruedas por lo lejos que quedamos de la
terminal. Pensé que dicho lugar de aterrizaje era un inconveniente
de último momento, pero para mi sorpresa escuché a
varios pasajeros decir que no era la primera vez.
Inmediatamente que llegué, tuve que desplazarme a Farallón,
ya que los amigos de lo ajeno había intentado entrar en mi
casa de playa. El saldo del robo fue de daños en puertas
y ventanas, la cerca estaba rota, algunas botellas de licor y tonterías
pero sobre todo la incomodidad e inseguridad que nos deja el mal
sabor que intrusos se introduzcan en la santa paz de nuestros hogares.
Rápidamente y con la ayuda de la comunidad dimos con el
ladrón e hicimos el reporte en las oficinas de la Policía
Técnica Judicial (PTJ) como debe hacerse.
Para ellos no resultó sorpresa, ya que un gran grupo de
mis vecinos también habían sido víctimas del
mismo delincuente, muy conocido en la localidad como El Maleficio;
un menor que se ha dedicado a robar no solo las casas de playa de
Farallón, sino también a asaltar a los turistas que
rentan las casas de quienes tratamos de ganar algo extra precisamente
para el buen mantenimiento de las mismas como es mi caso.
Hace unas semanas, el mismo delincuente entró y asaltó,
nuevamente, mi casa, esta vez poniendo en riesgo la seguridad y
vida de aquellas personas a quienes alquilé la misma.
Es increíble que a estas alturas y con un expediente tan
grueso, nadie pueda hacer nada por detenerlo.
Estos casos, generalmente reciben la atención de las autoridades
una vez que algún turista que visita el Decamerón
sale lastimado o se produce algún crimen.
Ana Isabel de Vásquez
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