Panamá, 7 de julio de 2002
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El reparto de la pobreza

Hay situaciones que reflejan las dos caras de una misma realidad: una se pinta como el sol de la aurora (rico y abundante); la otra, como la opaca luna en noche de tormentas (sin luz y sin esperanza).

HERASTO REYES
hreyes@prensa.com

Una danza de millones, indefinible, sumamente rica, se baila en grandes compañías (por lo general forasteras) en Panamá. Para ello deben tener padrinos en las instituciones del Gobierno, de la Asamblea y del Organo Judicial que cubren con un manto legal a los bailarines enriquecidos.

La otra danza, la de los miserables, la de aquellos a los que no les queda más que mirar y oír como llegan (mejor dicho, como se van) los millones que tiene Panamá y que les permite a algunos hablar de “un país rico”. Para la gran mayoría de los panameños (desempleados, sin acceso a la educación, sin una casa digna donde vivir) esa frase es un espejismo en un desierto sin oasis.

¿De dónde nace “tanta” riqueza? Pues, de lo que le quitan (o de lo que no le dan) al pobre. Ahí está el ejemplo de los empresarios de buses; prometieron aire acondicionado, asientos individuales, seguridad, buses nuevos a cambio del aumento del pasaje a 25 centavos, nada han cumplido. La presidenta de la República que les creyó, debe sentirse muy burlada por estos individuos que no honraron su palabra, solo su bolsillo. ¿Quién ha perdido?

Si se examinaran a las grandes empresas, habría que ver que sus políticas en vez de incrementar el salario mínimo y la calidad del trabajo, optan por los despidos, en algunos casos masivos, de los trabajadores que quedan sin piso y sin techo.

Son simples y breves ejemplos de lo mal que se distribuye la riqueza en Panamá. Ese problema puede llevar a luchas explosivas, como ha sucedido en Quito y Buenos Aires. ¿No hay fórmulas para frenar ese mal estructural que acapara la riqueza en pocas manos y reparte la pobreza entre millones de panameños?


Un pueblo sin fuerzas para hacer sus reclamos

1 de julio del 2002

Es preocupante que mientras mueren nuestros compatriotas de hambre, enfermedades y violencia, no tengamos la fuerza necesaria para exigir lo que nos corresponde como ciudadanos de este país, que podemos llamar derechos consagrados en nuestra constitución como lo son el derecho al trabajo, a la educación, la vivienda, la salud. Y seguimos llorando y lamentando nuestra desgracia año tras año; y seguimos participando en elecciones de partidos, presidentes, legisladores, alcaldes, representantes, con el mismo entusiasmo que caracteriza al pueblo panameño.

Hablamos del partido de los sin partido, de los independientes y de los partidos, hablamos del votante decidido y el indeciso y así continuamos nuestro peregrinar por el mundo del fracaso. ¿Será que el pobre no tiene la fuerza para hacer sentir su voz de protesta porque lo han absorbido el hambre y la pobreza? Es cierto que los problemas debilitan el pensamiento y castran el ego de los hombres, lo someten y lo llevan a morir sin haber vivido, ¿no será esto un estado de in civilización donde se discrimina al pobre y se le somete a cambio de su apacible conducta?

Elías Abrego Solís


Hay que contener el gasto desenfrenado de los legisladores

29 de junio del 2002

Comparto plenamente la opinión del profesor Montenegro [publicada el 29 de junio en la plana 2], el país necesita una reforma legislativa urgente, más que por imperativo político, por necesidad económica. Es preciso contener el gasto desenfrenado que representa el alto número de legisladores, principales y suplentes, y peor, sus interminables privilegios a costo del erario público.

Eric E. Prado (Abogado y profesor universitario).


Sobre una nota de Betty Brannam

23 de junio del 2002

Hoy domingo 23 de junio he leído el artículo de la corresponsal de La Prensa en Washington, Betty Brannan Jaén, titulado “Fiebre de fútbol” y me llamó la atención la semejanza entre algunas de sus partes y algunas del artículo titulado “Gol-Gol-Gol Gooaaaalll! Univision's Soccer Win”, escrito por Frank Ahrens y Paul Farhi y publicado el martes 18 de junio en el diario The Washington Post.

[El citado artículo se puede encontrar en la siguiente dirección:

http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/articles/A7681-2002Jun18.html

Ciertamente, no podría hablarse de plagio o de copia del artículo, y no es esa mi intención, ya que en su mayoría son bastante diferentes entre sí, pero hay, al menos, un párrafo muy específico (casi al final de ambos artículos) en el que pienso que la señora Jaén debió haberle dado algún crédito a los señores Ahrens y Farhi o al menos poner la frase entre comillas, ya que salta a la vista que se trata de la misma información, incluso con pelos y señales, aunque reconozco que la señora Jaén se “cubre” escribiendo “Según entiendo...”

¿Será que la señora Jaén no recuerda que estamos en una época en la que con sólo un click tenemos acceso, además de a La Prensa, a medios de todas las latitudes y en todos los idiomas?

Creo que esta clase de situaciones podrían llegar a ser demasiado delicadas como para pasarlas por alto tan a la ligera.

Federico Rodríguez Gutiérrez


Aclaración de la corresponsal

[Antes de publicar la nota anterior, se le pidió a la corresponsal Betty Brannam la correspondiente explicación. Esta es su nota].

30 de junio de 2002

Agradezco el tono cortés de la carta del señor Rodríguez, sobre todo que él reconozca que no se trata de plagio o de copia de un artículo, pero su crítica me sorprende porque siempre he tratado de ser escrupulosa en señalar mis fuentes.

Sin embargo, mi decisión de cuando identificar la fuente de una información es una cosa subjetiva (“judgment call”) que depende de muchos variables (por ejemplo: si estoy escribiendo un artículo de noticia o de opinión y si el material citado es un hecho comprobado o uno disputado, una idea ampliamente compartida o un análisis de autoría especifica, etcétera). Hay que tener en cuenta que una columna de solo 750 palabras (o menos si es un artículo de noticia) no puede atenerse a los mismos estándares de una tesis.

En este caso, es cierto que leí lo de la demora de los siete segundos [entre las transmisiones del Mundial por Univision y ESPN] en el Washington Post y que no juzgué que era necesario citar esa fuente con especificidad. Tampoco identifiqué por nombre a los comentaristas que usaron los términos “futbolitis” y “zombis del soccer”, y de igual manera transmití muchos otros trozos de información que encontré en mi research

sin identificar cada fuente. Atenerme a tal estándar sería difícil —y muy aburrido para el lector— dentro del espacio limitado de esa columna.

Celebro, no obstante, que La Prensa tenga lectores tan vigilantes de la ética periodística y me parece oportuno que se inicie un debate sobre los parámetros correctos para dar crédito por material ajeno. En la última semana he visto dos artículos que citan de mi trabajo —en especial, de mi entrevista con Colin Powell— sin dar crédito, lo que comprueba que esta es un “área gris” que requiere mucha más definición.

Betty Brannan Jaén

 


Turismo: malos tratos e inseguridad

26 de junio del 2002

Me he estado preguntando en los últimos cuatro meses para qué está el Instituto Panameño de Turismo (IPAT) y el Gobierno panameño incentivando a las empresas privadas hoteleras, a invertir en nuestro país si aún no estamos preparados en ningún sentido para el auge que esta industria puede traernos. Comenzando por nuestro aeropuerto “Internacional¨” cuya estructura y servicios dejan mucho que desear de lo desorganizados que estamos.

En el último viaje que hice procedente de territorio norteamericano, casi me caigo de espaldas cuando el avión aterrizó a mitad de la terminal, a unos 250 metros de la misma, y nos informaron que tendríamos que caminar por la pista ya que no había puerta (gate) disponible.

Por un momento creí que había aterrizado en algún país de Centroamérica o en el interior y no en la metrópolis panameña.

Para desgracia nuestra, mi pobre padre a sus 75 años y cuyos pulmones no estaban su mejor momento, ni siquiera podía aspirar a solicitar una silla de ruedas por lo lejos que quedamos de la terminal. Pensé que dicho lugar de aterrizaje era un inconveniente de último momento, pero para mi sorpresa escuché a varios pasajeros decir que no era la primera vez.

Inmediatamente que llegué, tuve que desplazarme a Farallón, ya que los amigos de lo ajeno había intentado entrar en mi casa de playa. El saldo del robo fue de daños en puertas y ventanas, la cerca estaba rota, algunas botellas de licor y tonterías pero sobre todo la incomodidad e inseguridad que nos deja el mal sabor que intrusos se introduzcan en la santa paz de nuestros hogares.

Rápidamente y con la ayuda de la comunidad dimos con el ladrón e hicimos el reporte en las oficinas de la Policía Técnica Judicial (PTJ) como debe hacerse.

Para ellos no resultó sorpresa, ya que un gran grupo de mis vecinos también habían sido víctimas del mismo delincuente, muy conocido en la localidad como “El Maleficio”; un menor que se ha dedicado a robar no solo las casas de playa de Farallón, sino también a asaltar a los turistas que rentan las casas de quienes tratamos de ganar algo extra precisamente para el buen mantenimiento de las mismas como es mi caso.

Hace unas semanas, el mismo delincuente entró y asaltó, nuevamente, mi casa, esta vez poniendo en riesgo la seguridad y vida de aquellas personas a quienes alquilé la misma.

Es increíble que a estas alturas y con un expediente tan grueso, nadie pueda hacer nada por detenerlo.

Estos casos, generalmente reciben la atención de las autoridades una vez que algún turista que visita el Decamerón sale lastimado o se produce algún crimen.


Ana Isabel de Vásquez




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