Panamá, 30 de junio de 2002
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SS (Seguro Servidor)

Uno cree o no cree en los fantasmas o en la brujería, no en el producto final de una investigación actuarial

Guillermo Sánchez Borbón

Hará unos 40 años escribí que cada pueblo tiene la oligarquía que se merece. Y contrarywise, como acostumbraba a decir, viniera o no a cuento, un personaje de Carroll. Habría podido (con la perspectiva del tiempo) añadir: y los empresarios y los dirigentes sindicales y la clase media y los tecnócratas y los economistas (esos “tenebrosos-cavernosos”, para definirlos con palabras del cardenal Richelieu) y los lamentables políticos y los retocadores de la Historia y los obtusos burócratas. Habría podido (y tal vez debido), pero no soy clarividente: los 40 años transcurridos desde que publiqué la primera frase de este párrafo han sido tan ricos en hechos absurdos y hombres públicos grotescos, que si alguien se hubiera atrevido a vaticinar un futuro que es hoy pasado y presente, lo habrían encerrado de por vida, sin más trámites, en el manicomio.

No sé quién le encargó a la Oficina Internacional del Trabajo un estudio sobre nuestro Seguro Social. No he leído el documento, porque la jerga en que fue redactado es impenetrable. Pero amigos que dominan el tema (y el dialecto) me han asegurado que es un trabajo serio, objetivo y ceñido a la realidad. Las conclusiones son sombrías, como no podían menos de serlo. Además, para nadie es un secreto que los sistemas de seguridad social del mundo entero están en crisis y es preciso tomar medidas heroicas para salvarlos.

Ahora bien: las medidas heroicas son siempre impopulares, pero los grandes políticos, como dijo Ortega y Gasset, no temen enfrentarse “a los encrespamientos multitudinarios”. Desgraciadamente, el Gran político es una subespecie que se extinguió hace bastante tiempo. Hoy sólo quedan seres empequeñecidos por el miedo, incapaces de ver más allá de sus narices. Cuando se divulgó el informe, los insignificantes e irresponsables dirigentes sindicales se enfrentaron resueltamente a lo que debe de haberles parecido una conjura imperialista. Y declararon que no creían en el diagnóstico (y menos en el pronóstico). Lo mismo hizo quien tenía menos derecho a hacerlo: el gerente de la Caja. Dijo que él tampoco creía en el estudio.

Uno cree o no cree en los fantasmas o en la brujería, no en el producto final de una investigación actuarial. Uno puede creer o no creer en la metempsicosis, por ejemplo, pero si se aventura en el campo ameno de las matemáticas o de la estadística, tiene que renunciar de antemano al uso de ciertos verbos. El verbo creer es uno de ellos. Yo no creo, sé que dos más dos son cuatro. Yo puedo opinar que el informe de la OIT es insuficiente, no que se basa en datos falsos, porque los datos fueron suministrados por la propia institución, y con base en ellos, y únicamente con base en ellos, los expertos del organismo internacional (que no tiene hachas políticas que amolar en Panamá) sacaron sus conclusiones. Si éstas no nos gustan, porque la verdad resulta a menudo desagradable, es harina de otro costal.

Uno se pone en manos de un especialista, quien, después de hacer todos los exámenes de rigor, dictamina:

-Usted tiene un cáncer terminal.

El diagnóstico es como para caerse muerto del susto en pleno consultorio. Y uno puede resignarse, o no, a su triste suerte. Lo que no debe hacer es consolarse con amuletos verbales, v.gr.: yo no creo que tenga un cáncer terminal. No es una cuestión de creencia. Hay que demostrar científicamente que el médico está equivocado.

El Seguro no se salva con desembolsos del Gobierno central, sino haciendo una reforma radical e imponiéndola, por más que chillen demagogos, optimistas y tontos. El remedio es amargo, pero por más que lo rechacemos, tarde o temprano habrá que apurarlo. Otra cosa es posponer el desenlace inevitable, y lograr que sea catastrófico cuando por fin entre a nuestra casa después de haber derribado estruendosamente la puerta de un solo empujón.

Lo he dicho muchas veces: los dirigentes están para dirigir, no para que los empujen las masas. Si los actuales jefes sindicales no dan la talla, eventualmente serán remplazados por quienes sí estén dispuestos a decirles siempre la verdad a sus afiliados.

Para que no nos vaya a pasar lo que a Uruguay, donde el Seguro Social fue tan generoso (la gente se jubilaba a los 40 años de edad), que no sólo se arruinó la institución, sino el mismo país. Se inició un éxodo en masa de uruguayos hacia otras latitudes, éxodo que alcanzó tales dimensiones, que un guasón escribió en una pared del aeropuerto: “Que el último en irse apague la luz”.


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