Panamá, 28 de junio de 2002
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Si tan sólo...

Sólo viviendo en carne propia el sufrimiento de sus enemigos, podrán judíos y palestinos encontrar las fórmulas que detengan el río de sangre

Beatriz Valdés

Se trata de uno de los retos más traga-energías que la actualidad nos plantea; la inquina –radicalizada e imparable– entre los vecinos palestinos e israelíes en el Medio Oriente, que no deja de sorprender cuando se toma en cuenta que sus creencias religiosas, historia y cultura se nutren de las mismísimas raíces: el Viejo Testamento.

En Panamá palpamos directamente lo ortigoso del tema en la repulsa inmediata y pública de los ciudadanos judíos a cualquier publicación que, al plasmar hechos bélicos ocurridos en aquellos países, pudiese dejar en el lector el más mínimo asomo de conmiseración hacia los palestinos.

Para el resto de los lectores, estas noticias no son sino otros tantos partes informativos sobre lo último acontecido en una guerra fratricida en la que no hay ningún héroe.

Desde que vine al mundo en este cálido istmo cuyos cielos celestes y claros cada día amo más, he conocido a muchos de la fe judía que me parecen admirables, y algunos son, y fueron desde mi infancia, amigos muy queridos. Además, mis inquietudes literarias me han puesto bajo el embrujo fascinante de la ortodoxia judaica en las páginas inefables de Isaac Singer y Chaim Potok, como he saboreado el humor negro de Phillip Roth, y quedado sin aliento ante el gigantesco talento de David Grossman; sin enumerar tantos otros judíos cuya contribución a todos los aspectos de la civilización occidental han ejercido, consciente o inconscientemente, influencia en mi formación.

Por otro lado, a la fecha, no creo haber entablado ningún grado de amistad con árabe alguno, si exceptúo un viaje de Miami a Panamá cuando mi compañero accidental de asiento fue un joven musulmán libanés residente en Colón, ocasión que aproveché para conversar sobre la forma de vida que les impone la fe islámica. De aquella charla saqué en claro, sobre la poligamia que el islam estimula entre sus creyentes, que los musulmanes varones están convencidos de que compartiendo equitativamente afectos, hijos y bienes, todas ellas son felices.

Con lo anterior espero dejar sentado que mi opinión sobre este tema no se fundamenta en ninguna clase o versión de anti-semitismo, y que no existe en mi vida motivación para parcializarme a favor de los palestinos.

Mas bien, me influenció el magnífico libro de V. S. Naipaul titulado: Entre los creyentes, donde el premio Nobel indostán (nació en Trinidad), comparte información precisa y aleccionadora recogida en un prolongado viaje por varios países de población musulmana.

En las páginas de Naipaul asimilé su preocupación por el fenómeno que el fanatismo produce en el cerebro de los creyentes islámicos en detrimento del progreso de sus propios países; pareciera que el trayecto normal de las neuronas se descarrila tan pronto el pensamiento les transmite cualquier idea que trate de su fe.

Me resulta incomprensible, y además, contra todo lo que parece buscar la evolución de la especie humana, que tan gran parte de la humanidad se adhiera a instrucciones que impartió Mahoma para resolver problemas de un mundo que existió hace mil 300 años. ¡Cuánta inteligencia condenada al encierro!

Si los siglos XIX y XX, todavía tan cercanos, transformaron la realidad que conocieron nuestros abuelos, qué no decir de las modificaciones que mil 300 vueltas completas del calendario han producido a todos los niveles de la cultura y la consciencia humanas.

Volviendo al conflicto entre palestinos e israelíes, una película japonesa que vi en el cine universitario titulada Cabecitas trocadas puede contener una valiosa sugerencia. El argumento contemplaba lo que ocurría a una parejita de adolescentes enamorados cuando, al tropezar y rodar abrazados escaleras abajo, se intercambió el contenido emotivo y sensorial de sus respectivos cuerpos. Aunque la joven lucía igual, su psiquis era la de un varón, y viceversa.

El resto del largometraje sirvió para demostrar cómo se transforman las opiniones cuando las situaciones se viven y sufren desde el otro lado.

Si realmente se quisiera acabar con las atrocidades suicidas de los musulmanes y la prepotente intransigencia (por más defensiva que sea) de los gobiernos judíos, alguna institución imparcial debería proponer, y poner en marcha, un programa de intercambio que permita a estudiantes, mujeres y profesionales de ambas partes, ponerse, honesta y seriamente, las sandalias de su contrincante. Que intenten vivir, aunque sea unos cuantos días, como si fueran ciudadanos de la región enemiga. Al finalizar el ejercicio, podrían escribir algunas notas, para sí mismos y para sus respectivos gobiernos, sobre cómo se siente ser un palestino desposeído, sometido y humillado, o un judío eternamente desarraigado, injustamente perseguido y hasta aniquilado.

Sólo viviendo en carne propia el sufrimiento de sus enemigos, podrán judíos y palestinos encontrar las fórmulas que detengan el río de sangre cuya sed de muerte ya se extiende al mundo entero.

Porque de la comprensión nace la verdadera sabiduría.

La autora es escritora y periodista

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