Panamá, 24 de junio de 2002
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Un diálogo con mi hijo

Papá, ¿existe el diablo? Cada vez que me porto mal me lo recuerdan y eso me atemoriza

Xavier Sáez-Llorens
xsaezll@cwpanama.net

Aunque, usualmente, los niños son fiel espejo de lo que aprenden en casa, el cúmulo de información, precisa o errada, que reciben en el ámbito educativo contribuye a moldear su pensamiento y personalidad futura. Por eso, nuestra labor como padres es asumir un rol protagónico en la clarificación oportuna de sus incertidumbres. Presumo que el tipo y calidad de preguntas que los hijos osan formular es similar en hogares donde prevalece una comunicación fluida, abierta y tolerante entre padres y retoños. He aquí uno de esos diálogos que acontecen el día menos pensado, cuando un inquieto varoncito se cuestiona lo que escucha en la escuela y decide buscar esclarecimiento paterno.

–“Papá, ¿existe Dios?”. –Hijo mío, eso lo cree mucha gente, quizás maravillados por el origen y funcionamiento del universo y de la vida terrestre, o tal vez por temor a que la muerte acabe con nuestra efímera existencia. –“Pero papi, si nadie nunca lo ha visto, se desconoce su imagen y cada religión lo dibuja y venera de distinta manera; ¿no es esa una fábula parecida a la de Santa Claus?”. –Hijo, por ahora no estás en capacidad de cuestionar estas enseñanzas. Míralo como un concepto interesante, el cual ha perdurado a través de toda la historia humana, cuando, de forma aleatoria, nos separamos de nuestros ancestros simiescos. Además, debes sacar provecho de las buenas ideas que te inculca la religión escolar, amar al prójimo y compartir con los demás, aunque ya verás después que muy pocos creyentes las practican con fidelidad. Yo siempre te he enseñado los mismos ideales sin necesidad de creer en divinidades. Cuando tengas uso de razón y acceso a más elementos de juicio, estarás entonces en disposición de decidir por ti mismo qué creer, sin que nadie, ni siquiera yo, adoctrine tu pensamiento.

–“Papá, ¿existe el diablo? Cada vez que me porto mal me lo recuerdan y eso me atemoriza”. –No, hijo, de ninguna manera. El demonio sólo habita en la mente maquiavélica de las personas que intentan culparlo de todas las atrocidades que comete la especie humana diariamente. Es un cuento similar al del coco, los fantasmas y la “tulivieja”, leyendas urbanas y rurales que se utilizan para asustar a los críos y obligarlos a enderezar sus conductas hacia el camino del bien. Yo prefiero emplear la táctica del premio y castigo para corregir tu rumbo; no necesito de personajes malévolos, creados artificialmente, para educarte y guiarte por la senda de la solidaridad humana.

–“Papá, ya soy un adolescente. En la escuela me han recomendado abstenerme de experimentar relaciones sexuales antes de casarme. Pero te cuento, cada vez que veo a la chica que se sienta a mi lado, con sus ojos provocadores, labios carnosos y todas sus etcéteras, me asaltan unas ganas locas por lo que ya tú sabes... Ante la incertidumbre, no sé si dar rienda suelta a mi actividad hormonal o recurrir a una ducha helada para sofocar mi calentura. ¿Qué debo hacer? ¿Qué hiciste tú a mi edad?”. –Hijo, si pudieras controlar tus normales instintos seguramente te ahorrarías potenciales problemas. Así no te arriesgarías a adquirir enfermedades de transmisión sexual o a ocasionar un embarazo involuntario que trunque tu futuro profesional y el de tu compañera emocional. Recuerdo, cuando tenía 16 años, mis amigos me llevaron a un prostíbulo porque yo era el único de la clase que no se había iniciado en el arte sexual. Te confieso que esa experiencia fue vergonzosa. Me pagaron unos tragos para que me atreviera al experimento y subí agarrado de la mano por una veterana del amor remunerado. Aparte de un efímero placer, después no sabía dónde meterme y no podía mirarle la cara a esa pobre prostituta. En ese entonces, el condón se usaba poco y nadie te instruía al respecto. Afortunadamente, sólo podías exponerte a una gonorrea o sífilis y, con una inyección de penicilina, salías adelante, erguido como todo un verdadero macho, habiendo superado la prueba con honores frente a la gallada calificadora. En la actualidad, ser adolescente es harto más complejo y peligroso que en tiempos pretéritos. Por eso, si no puedes controlar tus emociones o estás en una fiesta donde se ingiere alcohol y se suavizan los pensamientos bajo la influencia del clamor colectivo, te aconsejo portar condones en tu cartera para enfrentar cualquier eventualidad. Ven conmigo hijo, te voy a adiestrar en cómo usar este valioso, altamente eficaz y barato dispositivo.

–“Papá, una última cosa. Me atiborran con eso de la abstinencia y no me brindan alternativas para saciar mis impulsos biológicos. Ahora, para colmo, también me dicen que la manoterapia (masturbación para los más cultos) es anormal y que, si la practico frecuentemente, puedo quedar ciego o incluso estéril, al desperdiciar billones de espermatozoides en el lavamanos de mi habitación o sobre la revista Playboy que encontré en un baúl lleno con tus recuerdos de antaño”. –Hijo, si así fuese, te aseguro que más del 95% de las personas en el mundo sufriría ceguera y habría un espontáneo control masivo de la natalidad. No tengas miedo, la masturbación no sólo es necesaria sino que te ayuda a liberar, transitoriamente, la angustia sexual del momento y te puede alejar de caer en riesgos peligrosos e innecesarios.

–“Papá, te adoro por todas tus palabras. Pero, ¿No tienes miedo a que te tilden de padre aberrante e inmoral?”. –Hijo, me importa un bledo lo que digan de mí. Sólo deseo lo mejor para ti. No podría soportar que algo lamentable te ocurriese por no haberte yo preparado en el camino a tu madurez intelectual y sexual. Esa culpa la llevaría enclaustrada en mi mente hasta la hora de morir y nunca me lo perdonaría. Algún día comprenderás mi postura ante la vida, amado FX. Ojalá me entiendas, antes que la extinción definitiva culmine mi existencia.

El autor es médico


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