Panamá, 16 de junio de 2002
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Libros y literatura

Imágenes errabundas

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Javier Alvarado es uno de esos talentos precoces cuya madurez estilística y filosófica adelanta con creces a su edad cronológica. Con tan solo 20 años ha contado con la pericia necesaria para recrear todo un universo poético pletórico en ricas imágenes que zumban a través de las páginas de su poemario Caminos errabundos y otras ciudades como exóticos insectos que brotan del follaje de su feraz imaginación.

El segundo poemario publicado por Alvarado, Caminos errabundos está dividido en tres capítulos, los cuales comparten un mismo aliento lánguido y, a veces, hasta quejumbroso: “No tengo restos, sólo un alma vieja/ y un dolor de mango enfermo./Tengo los días agrios/y el calor malsano/de vivir en un abeto/¿Qué haré con el día?/¿Qué haré con la noche?/Todo se desgasta/en el mustio herbolario de la vida”.

En muchos poemas de Alvarado se manifiesta este cansancio, este desgaste vital, esa “hidra íntima, que mina y desespera” como describió Rimbaud; este sentimiento de fatiga que hace que un poeta que apenas sale de su adolescencia se sienta como un viudo prematuro: “He decidido monologar con el sepulturero/y encontrar el designio de mi cuerpo:/viejo joven, viejo tiempo,/orfandad solitaria de vivir en el mundo,/soy el caracol desenterrado/Niño viejo, niño enfermo/parábola de luz, flor del desencanto;/mística flor de crisantemo,/llanto de mis manos, rencor de mis ancestros./Niño joven, niño viejo/no llores más,/acúnate en mi lecho.”

Pero si a los 19 años Rimbaud ya no tenía nada más que decir como poeta, Alvarado, a sus 20, todavía se encuentra en el proceso de filtrar todas sus influencias para encontrar su verdadera voz. Es todavía un recién llegado al jardín del edén de la poesía: un Adán que se halla sumido en el éxtasis del descubrimiento, que con dedo trémulo señala cada palabra y la degusta con paladar arrobado y virgen.

Hay algo elusivo en el trasfondo de sus versos, un espectro que vaga detrás de la sublime forma, de las logradas metáforas. Esperemos que con el pasar del tiempo este espectro encarne y revele su canto singular, ultraterreno. El viaje de Alvarado hacia la “ciudad de la poesía” habrá finalmente concluido.


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