El remedio del hermano Luis
Yo no daba la talla ni a la ofensiva ni a la defensiva, pero me gustaba ponerme la gorra y el uniforme, ¿a qué crío tú lo vas a castigar por eso?
José Antonio Zarraluqui
Cuando estudiaba en el Colegio de la Salle, en el Vedado de La Habana, del montón de “curas” algunos me caían de lo mejor en tanto otros se me atragantaban. No eran sacerdotes, como los jesuitas del Colegio de Belén; no podían administrar sacramentos y su denominación era la de “hermanos de las escuelas cristianas”. Así, pues, no les decíamos “padres” aunque, igualito que los sacerdotes, hacían votos de pobreza, obediencia y castidad. Recuerdo que hubo un caso de pedofilia.
El hermano Luis no era santo de mi devoción. Era un cheo completo: gritón, gruñón, maleducado, siempre exigiéndonos más de lo que buenamente podíamos dar y, lo que para mí fue definitivo, la humillante expulsión que me hizo del campo de pelota que La Salle tenía en el reparto Biltmore, vestido de pelotero y todo. Resulta que me había podido colar en el equipo de los menores de 13 gracias a que mi hermano Luis Rodolfo era la estrella del equipo, tercera base y cuarto bate. Yo no daba la talla ni a la ofensiva ni a la defensiva, pero me gustaba ponerme la gorra y el uniforme, ¿a qué crío tú lo vas a castigar por eso?
Y, porque un día aquel cura salvaje me sorprendió prendiendo un pitillo en el dugout, me botó ignominiosamente del campo y del equipo –y hasta amenazó con botarme del colegio. Con spikes y todo, por calles muy bien trazadas pero que no encerraban otra cosa que solares yermos, me desorienté por completo y vi cernirse la negra noche sobre mí, dando vueltas como un perro que ha perdido el olfato, hasta que llegué a mi casa, deshecho, a las tantas, mi madre y mi padre desvelados, ella llorosa, él furioso, esperándome. Eso jamás se lo iba a perdonar yo al cura Luis.
Pero resulta que al final lo perdoné, cuando el affaire del hermano Angel, porque entre otras cosas dejó bien sentado que en la Salle del Vedado no se iban a consentir porquerías. Desde luego, los detalles eran muy difíciles de obtener por los alumnos y, de hecho, nunca los obtuve. Pero lo que sí se regó como el fuego fue que el hermano Angel, tan dado como era a propinar achuchones a los niños, vinieran o no vinieran a cuento, y a veces a mordisquearles las orejas, parece que se puso a mordisquearle a uno algo más que las orejas y fue sorprendido en el brinco por el hermano Luis. Y el hermano Luis agarró por la pechera de la sotana al hermano Angel y echó atrás el puño y luego lo proyectó con toda la fuerza de su corpulencia y de sus ancestros aztecas en el rostro del hermano Angel.
Le metió un cate del diablo. Le puso tan morado un ojo que un mes después el hermano Angel, que ya no era hermano ni ocho cuartos e iba de civil, subía al ómnibus que yo siempre tomaba, de la ruta 30, y conservaba un hermoso aro negro circundándole uno de los ojos libidinosos. Y cuán agradable era contemplar aquello.
Porque si bien los detalles nunca los obtuvimos, sí supimos que tras el puñetazo justiciero, cuando el hermano Angel se quedó turulato y ya no sabía si se encontraba en el cielo o en el infierno, el hermano Luis le dio una patada por salva sea la parte y lo encerró en el local adyacente al patio de los ejercicios, el de las sogas colgantes bajo la capilla, donde a menudo se proyectaban películas edificantes para el alumnado. Y no dejó que saliera si no para recoger su bultico de ropa y largarse.
¿Qué tiene que ver esta anécdota con los escándalos que en la actualidad se han propuesto acabar con la Iglesia católica? Tiene que ver todo. Porque estos lodos son el resultado de al menos medio siglo de contemporizaciones de la Iglesia con lo mal hecho. Y no estoy sugiriendo que la Iglesia antes de eso fuera una institución impoluta, pues menudos corrompidos y criminales de mucho calado la han gobernado en diferentes momentos, sino que todo eso se había venido superando hasta mediados del siglo XX, cuando la amenaza marxista se encontraba en su apogeo y parecía que el mundo se decantaba por el lado rojo de la historia. Mil y un enemigos de la Iglesia, que hasta entonces habían encontrado un valladar, las puertas de los templos cerradas a cal y canto, se las prometieron de pronto muy felices al ver que podían entrar de tapadillo por las ventanas y por la portezuela del refectorio.
Vaticano II fue la señal de mándense, que a partir de ahora esto es nuestro. En Latinoamérica nos sabemos la historia de memoria. El auge de esas tergiversaciones que han pasado a los libros bajo el rótulo de teología de la liberación, vaya basura. Algunos jesuitas, maryknolls, dominicos y por ahí para allá llevan casi medio siglo carcomiendo la Iglesia desde dentro, ya que desde fuera, con su ropaje natural marxista, no podían.
Hay un libro reciente que ningún cristiano debe resistirse a consultar, Goodbye, Good Men, en el que Michael S. Rose nos explica el proceso de penetración de la Iglesia aquí en Estados Unidos, donde en algunos seminarios se cuestionaba a los jóvenes que no exhibían rasgos homosexuales y eran remitidos a exámenes psicológicos y psiquiátricos conducidos por psicólogos y psiquiatras marxistas y mariquitas que recomendaban de oficio rechazar la solicitud de esos aspirantes, en tanto daban el visto bueno a cualquiera que dijera, con una caída de ojos, que a él lo que le gustaba era el recholateo. Y lo que ha pasado en Estados Unidos no es muy diferente a lo que pasa en otras latitudes.
Así están las cosas en la santa madre Iglesia católica, apostólica y romana. ¿Para cortarse las venas? Para nada. ¡Para agarrar una escoba! Para aprovechar la ocasión y darle una buena limpieza a la casa de Dios en el mundo, que a fe que lleva tiempo necesitándola. El remedio del hermano Luis de ninguna manera sale sobrando. Es, más que en otro momento cualquiera, necesario, imprescindible.
EL autor es editor de mesa de El Nuevo Herald
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