‘Reggae’, guía urgente para encuestadores
Toda generación que se respete evoluciona a partir de un discurso artístico contestatario
Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx
Después de años de guerrearle, arribo a la terrible conclusión que el reggae, tan reiterativo como trivial, se me viene pareciendo demasiado a las encuestas publicadas. No en vano ambos alcanzan notoriedad coreando el sonsonete de la desesperanza del subdesarrollado. Y por insistir en retratar la decadencia del espíritu posmoderno, menos en guiarlo, peligran en ser arrastrados al basurero de la historia por los mismos desechos que con tanta lucidez, retratan.
La música y danza expresan la esencia de los pueblos. Resultan algo así como las encuestas de la época. El disponer éstas y aquéllas del ingrediente escándalo al transgredir el orden, sin dejar de ser triviales, les provee aquel toque espectacular que seduce audiencias.
En sus inicios, reggae y encuestas resultan desdeñados por élites sociales e intelectuales. Amparados en formas novedosas de ver el mundo, aterrizan en el Panamá de la década del setenta, de la mano de dos pioneros. Una, las encuestas, de la de Juancho Sosa, quien siempre manifiesta preocupaciones cívicas. El otro, de la del guitarrista, cantante, compositor, pacifista y rastafari, Bob Marley. Durante las próximas tres décadas, ambos fenómenos dividirán la opinión pública.
El reggae, que nace amamantado en tabernas y lupanares, resulta despreciado por la gente bien. El jamaiquino Marley orienta el texto hacia la igualdad social y racial, y pacifismo. En décadas posteriores, el reggae substituirá el mensaje humanista por el pregón sórdido del barrio. Y mientras este hijo del arrabal expresa de forma lúcida la desesperanza y sordidez del gueto, se encumbra. Gana adeptos de todos los colores y los pone a contorsionar, exhalando, según intelectuales, erotismo contestatario, para otros llana vulgaridad.
El alma de los pueblos queda retratada en el arte. La obra sinfónica de Beethoven plasma, con lucidez, el repudio vienés a las tropelías napoleónicas. Y aunque hoy la música continúa exhibiendo influencia tremenda sobre el espíritu, el mayor sinfonista de la historia nunca imaginó el poder del mass media posmoderno, ni de su posterior aliado, las encuestas.
Las encuestas reiteran la incredulidad ciudadana, misma que el periodismo alimenta. Insisten una y otra vez en la baja credibilidad en los tres poderes del Estado y en los políticos. Por su parte, los barrios reiteran es en la violencia, devolviendo el golpe a una sociedad que niega oportunidades.
Hoy día, la forma estadística de radiografiar el clima social son los números de la encuesta. Pero el reggae exuda tribulaciones de gueto demasiado incorpóreas como para quedar encuadradas en aquel retrato estático que reduce la vida a números. También el periodismo, que insiste en copar textos con violencia y sexo descarnados, imita a un reggae, el que a su vez parece demasiado la vida misma. Por su parte, el Estado blande la censura con la sempiterna vocación de moldear el gusto popular a decretazos.
Igual que la desesperanza en el sistema que reiteran las encuestas, violencia y alusiones descarnadas al sexo, resultan realidades sociales aunque pretendamos ocultarlas bajo la alfombra. Su carácter de hijas de los tiempos, aunque no las hace menos decadentes ni dignifica, sí les otorga derecho pleno a expresarse.
Toda generación que se respete evoluciona a partir de un discurso artístico contestatario, léase clasicismo, barroquismo, impresionismo. La transgresión manifestada en el bolero, tango, milonga, rock, salsa, inspira obras trascendentes, como en su momento también lo hace en Beethoven y Shakespeare. Cuando al reggae le toca el turno, se limita a llamar culo al trasero, para desnudar la carencia de rumbo histórico de una generación, parapetada tras la vulgaridad. Tamaño déficit podrá ocultarse, pero nunca remediarse con censura.
Los posmodernos reggae como encuestas, disponiendo de amplias posibilidades, limitan su contestación a retratar desesperanza y decadencia. Observamos signos alentadores. El rapeador El Rockie logra éxito con textos que apelan al amor digno, incluyendo mensajes de superación.
Este encuestador quizá demasiado iluso, clama tercamente por encuestas y reggaes cónsonos con las tareas históricas, de lucha en pro del desarrollo y contra la pobreza, que una vez alcanzada democracia y soberanía, y finalizada la guerra fría, restan a ésta y próxima generación.
El autor es investigador de mercado
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