Haciendo ‘honorable’ al delito
No se han dado cuenta de que los ciudadanos no aceptaremos que logren hacer “honorable” al delito
Roberto Eisenmann
El título de este escrito se lo debo a Llobet, quien también escribió que los políticos de su país resultan tan creíbles como los gatos hablando de los derechos de los ratones.
Nunca antes los tres órganos del Estado, más los partidos más grandes de Gobierno y oposición, han perdido tanto al unísono. Pareciera como que todos los días se ponen de acuerdo para robarse los pedazos más importantes de la voluntad popular… para hacerlos añicos… y al ciudadano creen que no le deben ¡ni siquiera un poquito de respeto!
Que hay honrosas excepciones, sí las hay; pero aun cuando ocupan presidencias de órganos importantes del Estado terminan avasallados, ofreciendo opiniones disidentes a las de las mayorías, que son formadas por políticos que no han captado la gravedad de la crisis que imponen al país y a su democracia. Para mencionar algunos de los relativamente recientes: el CEMIS, con su embarre de porquería a la Asamblea, al Ejecutivo, a la Corte y a la empresa privada. La burla a la esperanzadora Ley de Transparencia por parte del Ejecutivo, y entonces por la Corte Suprema (ambos saben que el ingrediente más importante de la transacción corrupta es mantenerla en secreto, y parece que se hubieran puesto de acuerdo para que así se quede). La burla a los comisionados anticorrupción y a toda la ciudadanía al simplemente ignorar su trabajo, y ahora el escándalo de Panama Ports, son una demostración de que simplemente no entienden que llegan al puesto público a servir, y no a servirse.
No se han dado cuenta de que los ciudadanos no aceptaremos que logren hacer “honorable” al delito.
La palabra “corrupción” viene del verbo en latín rompere, que significa romper. Están, con su actitud, rompiendo las instituciones al punto que será necesario re-inventarlas para aumentarles la luz, alumbrarles las obscuridades que arropan el delito.
Estos políticos de siglo pasado amenazan –como escribió Ortega en su momento– con convertir a la democracia en triunfo de la incompetencia y la corrupción.
Nos toca a nosotros(as) los ciudadanos(as) decirles un rotundo ¡no! No se lo permitiremos. La democracia nos costó mucho, mucha sangre y lágrimas, para que un grupejo de corruptos la destruya.
La democracia se basa en la convicción de que existen extraordinarias posibilidades en la gente común. De entre la gente común pueden salir ciudadanos(as) competentes que –ya sea en los partidos políticos o en la sociedad civil (entes privados dedicados a la agenda pública sin aspirar al poder público)– recobren su poder como constituyentes primarios y digan un “¡basta ya!”, aprobando una nueva ley fundamental consensuada por toda la sociedad para que esté vigente antes de las próximas elecciones. Los firmantes de la Visión 2020 –que representan a casi toda la sociedad– ya están en esto, y esperamos los resultados con grandes expectativas. Será el comienzo de la nueva República, con una nueva actitud histórica para iniciar nuestro segundo centenario como nación.
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
Además en opinión
• Haciendo ‘honorable’
al delito: Roberto Eisenmann
• ‘Reggae’,
guía urgente para encuestadores: Jaime A. Porcell Alemán
• La CSS no puede ser
un tema político: Juan Lacalle
• Leyes mordaza y
otras consideraciones: Jacobo Sasso Maduro
|