Panamá, 13 de junio de 2002
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La democracia enviciada

La democracia panameña vive un momento de enorme divagación y desorden

Luis Wong Vega
luis.wong@eudoramail.com

En un interesantísimo artículo denominado “Pedagogía política” (El País, Madrid, miércoles 29 de mayo de 2002), el Dr. Alberto Reig, profesor titular de ciencia política de la Universidad Complutense, analiza de manera muy sucinta el fenómeno del descrédito de los políticos en Europa.

Sus conclusiones están bastante cercanas (demasiado, diría yo) a nuestra triste realidad cotidiana. En uno de sus mejores párrafos, Roig dice que: “...Es preocupante el absoluto desinterés, cuando no desprecio, del ciudadano común por la política. El porcentaje de población que la sigue con curiosidad, preocupación y exigencia ciudadana es ínfimo en relación con los baremos que exige una cultura política democrática verdaderamente asentada en una sociedad desarrollada...”.

En su comentario sobre esta crisis de la sociedad política española y europea, Roig aduce que la bancarrota de los valores individuales en su sociedad, es la responsable del deterioro reciente: “...El trabajo sistemático, el esfuerzo cotidiano, el compromiso con la verdadera vocación, la noble búsqueda de la excelencia es para los tontos y los ‘pringaos’. Parece que sólo existen deseos compulsivos de enriquecerse y figurar a cualquier precio y la política viene mostrándose de lo más idónea al respecto. Una auténtica perversión de lo que los clásicos nos enseñaron...”.

Todo esto es demasiado familiar para nosotros. La democracia panameña vive un momento de enorme divagación y desorden. Mucho de lo que vemos en la conducta de algunos de nuestros políticos actuales se asemeja a una curiosa mezcla de confusiones conductuales patológicas: mitomanía, megalomanía, cleptomanía, etc. Y son los mismos parásitos de siempre: los caciques y gamonales politiqueros, los oportunistas, los que “pusieron plata en la campaña”, los cinco bellacos de los “CEN”, los rebuscones y botellas, los beneficiarios de los compadrazgos políticos, los pedigüeños y todos los vividores que medran a costa de los “espacios políticos”, etc.

Por otro lado, los ciudadanos nos vamos tornando en una colectividad de cínicos y descreídos, en una sociedad de personas cada vez más insociables y apáticas. El cuadro resultante de todo esto es tan terrible, que cabría preguntarse hasta qué punto nuestra sociedad ha caído en el travestismo moral o, hasta qué punto exactamente, vivimos hoy en una democracia degenerada, en una parodia de democracia, puramente formal.

Lamentablemente, el adentrarse en esta ruta acarrea consecuencias muy serias para todo el conjunto de una sociedad como la nuestra, que tiene una débil base institucional y que debe afrontar un cúmulo enorme de problemas socioeconómicos, en plena ebullición. Tanta iniquidad está creando las condiciones para que el país caiga en estado de coma, en medio de la insolvencia moral y financiera, en el desgobierno, en fin... De seguir por este peligroso camino, nuestra incipiente democracia, convertida en una abyecta parodia, dará margen suficiente para que sus enemigos le asesten las puñaladas que la pueden terminar matando.

La bufonada político-social que vivimos hoy, no solo nos avergüenza sino que desfigura y desnaturaliza gravemente los auténticos valores democráticos de nuestra sociedad y termina dando pie a que, eventualmente, resurjan individuos demagogos o demenciales con un mensaje mesiánico, lleno de promesas falsas, pero que apelan al escepticismo irreflexivo del electorado descontento. Estos fenómenos aberrantes crecen y se fortalecen porque saben explotar verdades amargas, como nuestra miseria (que es tan real) y el hambre, el desempleo humillante, la ignorancia, el desvanecimiento y el raquitismo de nuestro cuerpo social, enfermo de tanta corrupción. La democracia desnaturalizada siempre termina alimentando la tentación totalitaria de algunos, abriéndoles la puerta con la mesa servida.

Aún hay tiempo para actuar y tratar de revertir este daño, mediante una toma de conciencia colectiva y mediante una revuelta ciudadana, pacífica pero firme, que se oponga a los desmanes de nuestros políticos tradicionales. Los malos políticos tienen que ser puestos en evidencia, tienen que ser separados de sus cargos y del poder temporal que ostentan y al que se han hecho tan adictos (como cosa que les pertenece de por vida) y tienen que irse definitivamente para su casa, para la cárcel o para otra parte. No todos los políticos son unos pillos (es cierto que hay políticos panameños honestos y rectos, también), pero los que están por encima de la duda y de la culpa son demasiado pocos en este país.

Y, por encima de todo, es hora de que los panameños y panameñas comencemos a cambiar y a pensar mejor antes de actuar, y de que recuperemos un papel cívico más activo. Como consumidores, como ciudadanos, como contribuyentes al fisco y como electores, debemos comenzar a exigir nuestros derechos ciudadanos a los que supuestamente nos representan. Todos ellos tienen el deber de rendirnos cuenta de sus acciones.

Es hora también de que sepamos elegir mejor a los que nos deben gobernar, a todos los niveles. Es terrible ver que en un país tan pequeño como el nuestro, se sufre de una memoria tan corta para olvidar las bellaquerías recientes de sus políticos, hasta el punto de que en muchos casos se escoge o se reelige a los peores. Guillermo Sánchez Borbón dijo hace unos meses, que el problema no es que cada cinco años no haya buenos candidatos para todos los puestos públicos, sino que siempre nos las ingeniamos para escoger a los peores. Esto es masoquismo y decadencia social, moral y mental, pura y dura.

Las elecciones del 2004 pueden ser la última oportunidad de escoger a un buen capitán que nos salve del hundimiento nacional inminente. El trastocamiento de nuestra sociedad, hasta hacerla caer en una mera democracia formal de letra muerta, en una cleptocracia sin autoridad moral, nos puede llevar al despeñadero a todos, rápidamente. No nos engañemos: no queda mucho tiempo para perder en disquisiciones filosóficas o en enunciados de buenas intenciones. Con todos estos escándalos recientes y con todas las violaciones a la ley gestadas por tirios y troyanos, hemos abierto una cajita de Pandora que contiene un verdadero “hueco negro” y hemos comenzado a ser arrastrados para adentro. Hemos destapado algo que pareciese no tener principio ni fin y que, como un verdadero agujero extragaláctico, pareciese estar dispuesto a succionarnos hasta los átomos y a acabar con este país, en aras de saciar su propia e infinita voracidad.

El autor es doctor en biología molecular


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