Panamá, 9 de junio de 2002
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Los presidentes no pueden hablar

Es cierto, sí, que el presidente uruguayo tiene un estilo muy franco, muy directo, y que se cuida poco en sus declaraciones

Danilo Arbilla

En un corto período el nombre del presidente uruguayo, Jorge Batlle, dio dos veces la vuelta al mundo. La primera hace 40 días al resolver la ruptura de relaciones con Cuba como respuesta a los insultos de Fidel Castro que lo llamó “lacayo”, “trasnochado” y “abyecto Judas”, porque Uruguay presentó una propuesta en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU para que un observador de ésta visitara y viera cómo van las cosas en la isla.

La segunda fue hace pocos días cuando ante dos representantes de la agencia Bloomberg dijo que “los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”. Así, al barrer. También, entre otras lindezas, dijo que el presidente argentino, Eduardo Duhalde, “no tiene respaldo y no sabe a dónde va”.

Declaraciones presidenciales de este tipo no se dan todos los días, y recorrieron el mundo.

Al día siguiente de las declaraciones Batlle viajó a Buenos Aires, pidió disculpas a Duhalde y al pueblo argentino, y el tema, en este caso, no pasó a mayores. Amigos y hermanos como siempre.

Parece, nunca se sabrá, que lo dicho por Batlle iba fuera de las entrevistas, una en español y otra en inglés, que le hicieron los periodistas de Bloomberg.

Es cierto, sí, que el presidente uruguayo tiene un estilo muy franco, muy directo, y que se cuida poco en sus declaraciones. Hace poco más de 10 años perdió las elecciones presidenciales por oponerse a un aumento a los jubilados, que representan más de un tercio del electorado. En sus campañas el eslogan es que “canta la justa”, lo que le ha costado más de un voto, pero a la vez hace difícil calificarlo de demagogo.

Detalles aparte, las declaraciones de Batlle replantean aquello de si los presidentes pueden decir lo que quieren; esto es, si en materia de libertad de expresión un presidente es un ciudadano más.

El tema había tomado actualidad a raíz del estilo del presidente venezolano, Hugo Chávez (el caso más extremo), quien en forma permanente atacó y descalificó a los medios de comunicación y a periodistas, y hasta arengó que fueran rechazados y repudiados, en un claro atentado contra la libertad de prensa. Sus defensores decían que era parte de la libertad de expresión del presidente. Aun sin tener en cuenta que Chávez utilizaba una radio del Estado, no suya, y que no permitía que otro ciudadano la utilizara para contestarle, la prédica presidencial tuvo consecuencias funestas para la democracia y la libertad de prensa en el país, llegándose a los lamentables hechos del pasado mes de abril.

Este abuso presidencial, a medida que pasaba el tiempo, ha sido señalado como tal pese a que al principio generaba dudas y había gente que lo confundía con libertad de expresión.

Es que los mandatarios y las autoridades elegidas como representantes del pueblo, de la misma manera que tienen más facultades y poderes que el común de los ciudadanos, tienen limitaciones propias y entre éstas está que no pueden hacer ni decir lo que quieran y por ello están sometidas al escrutinio del público, y tienen su privacidad muy acotada.

La mayoría de las constituciones, por ejemplo, impiden a los miembros de las fuerzas armadas, a las que la sociedad ha confiado el manejo de las armas, hacer declaraciones políticas y actuar en ese campo; iguales limitaciones tienen directores de organismos y empresas del Estado, e incluso hay restricciones para cuando dejan los cargos públicos. Esto es tan claro, como que un juez o miembro de la Corte no puede adelantar opinión ni en público ni en privado sobre un caso que atiende, porque estaría prejuzgando.

“Chávez ha equivocado el camino”, dijo hace poco a un grupo de editores el ex presidente Clinton. Añadió que esa percepción la tenía desde hace mucho, pero que “como presidente (él) no podía decirlo”.

Efectivamente, es así. Un presidente no puede levantarse un día y comentar, en privado o en público, o donde sea, que cree que al día siguiente la moneda nacional se va a devaluar. Imagínese el lector la inmediata corrida hacia el dólar. En temas más serios las consecuencias van a ser, tarde o temprano, más graves. Podrían darse mil ejemplos que fundamentan esta doctrina.

Si un presidente no puede hablar de otro presidente o de otro país por las consecuencias que ello puede aparejar, mucho menos puede decir lo que se le ocurre de sus ciudadanos, como si fuera su tutor, y olvidándose que es a ellos, sus mandantes, sus derechos y libertades, lo que más debe respetar.

No por casualidad Hitler, Mussolini y Fidel han sido quienes más han abusado de esa clase de “libertad de expresión”.

Cuentan que Federico El Grande de Prusia agobiaba en demasía a su pueblo, lo que preocupó a su primo, el rey Jorge de Inglaterra, quien pidió a un tío en común que le hiciera un llamado sobre el trato que daba a los prusianos. Ante el planteo, Federico habría respondido muy campante: “en Prusia los ciudadanos son libres de hacer lo que quieran y el rey también, como un ciudadano más”.

No es lo mismo. Los presidentes no pueden hacer y decir lo que quieran. No son monos con metralletas.

El autor es director del diario Búsqueda de Montevideo, Uruguay


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