Panamá, 7 de junio de 2002
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La inteligencia familiar en la educación

En los crímenes más violentos y macabros de los últimos años, en nuestro país, los victimarios apenas si alcanzan un promedio que frisa los 28 años

Anel González
anelpsi@hotmail.com

Los crímenes de los últimos años y especialmente los de los meses y semanas recién pasados han abismado y estremecido a la sociedad panameña. Los últimos han destacado por la crueldad y saña descargada por los victimarios. Todos nos preguntamos si el límite de la salvajidad primitiva y brutal, traspasado por los victimarios, no estará indicando una regresión a las fases ancestrales de la evolución humana. Quizá llegar hasta esa conclusión sería demasiado. ¿Podrá haber una manera de explicar los arranques de ira y odio visceral que han dado lugar a demostraciones tan lacerantes de ultraje al linaje humano?

Quizá la respuesta a dicha pregunta no la podamos encontrar, ni aun cuando nos ocupemos de examinar todas las investigaciones, estudios y tratados sobre la conducta criminal. Empero, lo que sí podemos hacer es plantear algunas hipótesis al respecto. La hipótesis que me permito compartir con los amables lectores, la he venido formulando a la luz de lecturas especializadas y de conversaciones con varios colegas especialistas en el desarrollo de la personalidad y en psicopatología.

En el desarrollo de los fundamentos de la personalidad tiene especial importancia la calidad del afecto que se le prodigue a los niños desde sus primeros días de nacidos, y de la calidad del entorno familiar en el cual crecen. Ahí radica la matriz del proceso evolutivo de las estructuras morales y afectivas, y allí habría que buscar la explicación que perseguimos. En mis años de trabajo profesional he podido constatar que cuando un niño o niña, por ejemplo de 14 años, presenta conductas agresivas y violentas hay que empezar por analizar su proceso de desarrollo y crecimiento o su historia individual para determinar cuál ha sido la calidad de su desarrollo emocional y afectivo en el proceso de evolución de su carácter y personalidad.

Esta manera de proceder me ha permitido encontrar la presencia de ciertas constantes, acentuadas en unos casos más que en otros. Estas constantes se presentan de manera diversa y en todos los casos se evidencia un franco desequilibrio emocional, que se manifiesta como abuso físico o sexual, abandono psicológico, modelo paterno-materno despojado de calidez afectiva, excesivo control, abuso de drogas o alcohol de uno o ambos padres, períodos de excesivo castigo social o físico, frecuentes humillaciones y lesiones de la autoestima. En no pocos casos he observado que la separación o los divorcios se constituyen en una fuente de gran inestabilidad emocional, que sacude la frágil personalidad de los niños, sobre todo cuando aquellos se originan al calor de actos violentos entre los cónyuges o de frecuentes episodios de incriminaciones que desafortunadamente son presenciados por los niños.

De manera que con el paso del tiempo, cuando el proceso de crecimiento alcanza los primeros años de la adolescencia, la personalidad de niños y jóvenes no ha consolidado los pilares de la confianza, estabilidad, seguridad en sí mismos, ni las estructuras y pautas morales necesarias para ostentar el autocontrol de sus impulsos, que es en sí fundamental para la convivencia social. Pudiera decirse que no conocen el estremecimiento tranquilizador de un gesto de ternura, ni el alborozo de un cálido abrazo ni mucho menos el sentimiento de seguridad que produce el sentirse amado incondicionalmente por los propios progenitores.

El aumento incontrolado de conducta delincuencial y criminal en nuestro país, y en el mundo en general, ¿podría estar asociado con la calidad del vínculo paterno-filial? ¿Podría ser que la violencia intrafamiliar no da lugar o espacio para la formación de la frontera moral que inhibe los impulsos a la irrupción del comportamiento agresivo? En los crímenes más violentos y macabros de los últimos años en nuestro país, los victimarios apenas si alcanzan un promedio que frisa los 28 años. Estos jóvenes nacieron a mediados de las décadas del 60 y 70. Cuando unos alcanzaron los veintitantos años y los otros estaban en su plena adolescencia, la sociedad panameña transitaba por una fase crítica de desmoronamiento de la legitimidad, que culminó con la invasión estadounidense. El derrumbe del régimen militar pareciera haber tenido un efecto de expansión de la permisividad de la conciencia moral, que se evidenció con el saqueo post-invasión. Si se analizan las estadísticas policíacas, desde la invasión hasta hoy, nos indican que la criminalidad ha aumentado significativamente porque, al parecer, los grupos de alto riesgo delincuencial no sienten el más mínimo respeto por la Policía Nacional a la que le restan autoridad, y a la que diariamente desafían.

¿Se habrá perdido la aptitud emocional, en muchos padres, para infundir en sus hijos el acatamiento a las normas sociales básicas de conducta, que establecen la frontera entre el bien y el mal, y que tan fácilmente los jóvenes transgreden?

A modo de referencia, los estudios del psicólogo estadounidense Harry Harlow, con monos rhesus, que consistió en separar a los recién nacidos de sus madres y los crió completamente aislados de su contacto y cuidado, dieron como resultado que cuando las crías alcanzaron la adolescencia, su comportamiento social era iracundo, agresivo, sobre todo en aquellos que habían crecido con madres de alambre de las cuales, cuando infantes, se les había amamantado con biberones especiales. La frialdad de los alambres y el aislamiento del afecto de sus madres naturales produjo en ellos una evolución distorsionada de su conducta social, de modo que incluso cuando las hembras rhesus crecidas con madres de alambres alcanzaron su madurez sexual, no asumieron el comportamiento apropiado y atacaron a los machos con gran furia. Y en aquellas que lograron embarazarse, cuando dieron a luz las crías tuvieron que ser separadas de ellas por los intentos de matricidio que observaron los investigadores. Los experimentos de Harlow no solo ocasionaron un trastorno en conductas tan biológicamente reguladas, sino que produjeron una amplia ruptura de patrones sociales de comportamiento. Aunque la comparación con el proceso social humano puede resultar muy fuerte, hay evidencias de la importancia que tiene la calidad del trato de los padres a sus hijos, influyendo decisivamente en el desarrollo de la personalidad, como lo demostró el brutal trato que le prodigó la abuela a Sybil, niña estadounidense que terminó con 16 personalidades. Es necesario examinar cómo estamos educando a nuestros hijos.

El autor es educador

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