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Las luciérnagas
Fauna y flora urbana
Jorge Ventocilla / Instituto Smithsonian
Pocos
animales están tan ligados con la magia de nuestra infancia como
las luciérnagas. ¿Quién de niño no se sintió atraído por ellas?
Seguramente más de uno atrapó luciérnagas y las metió en un frasco,
tratando de descubrir cómo hacen para brillar o simplemente para
verlas resplandecer en la oscuridad de nuestra mesa de noche: creo
yo que es el insecto que más niños llevan voluntariamente a sus
habitaciones. Contenta y emocionada, una amiga me relató en estos
días su encuentro nocturno -al fondo de su jardín - con “muchísimas
luciérnagas”. “Ya está” -me dije, “es el momento de escribir sobre
ellas”.
Existen unas dos mil especies diferentes,
sobre todo en las regiones calientes y húmedas del planeta (Asia
tropical, Centro y Sur América se llevan el récord). Todas son parte
de la familia Lamparydae, familia de escarabajos. Y probablemente
muchas luciérnagas aún estén por descubrirse en los trópicos. No
sé el número de especies en Panamá, pero debe sobrepasar el centenar.
Las hembras ponen sus huevos en tierra y
semanas después nacen las larvas (algunas de las cuales también
emiten luz). Viven asociadas a sitios húmedos con madera en descomposición
o en la cercanía de quebradas y charcas. Todas son carnívoras y
pueden ser beneficiosas para la agricultura, pues comen caracoles
y gusanos plagas. Por lo general, más tarde los adultos utilizan
los mismos hábitats de las larvas. Observaciones de adultos alimentándose
son prácticamente inexistentes y se asume que la mayoría no come;
si acaso lo hacen, buscan polen y néctar.
La luz se apaga
Pregúntese usted mismo o pregunte a personas
mayores en casa: Años atrás, ¿había más luciérnagas en la ciudad?
Con seguridad la respuesta será un sí. Varias razones se argumentan
para esta declinación de las poblaciones de luciérnagas en las ciudades:
el uso indiscriminado de plaguicidas, el desecamiento de hábitats
apropiados para el ciclo de vida de las luciérnagas, demasiada “contaminación
lumínica” (en muchas capitales ya no se ven ni las estrellas…),
cambios globales de temperatura, incremento de organismos que depredan
las larvas, cambios en el patrón de uso de la tierra y/o la constante
disminución de las áreas verdes en la ciudad.
Me dice el amigo Blas Quintero, coordinador
de la Asociación Cultural Ngobe, que allá en Rincón Hondo (Pesé),
donde pasó su infancia, a las luciérnagas las llamaban “lucemas”.
“Después del 25 de abril, día de San Marcos,
la gente de Rincón Hondo observa cuidadosamente a las lucemas (luciérnagas)
para ver su vuelo; si vuelan a ras de tierra la gente dice que el
invierno está cerca; si vuelan altas, la gente dice que todavía
no hay señas de aguas, es decir que aún no llega el invierno. Cuando
una luciérnaga entra a una casa es mala señal; alguno de los de
la casa se enfermará; por ello, cuando entraba una a nuestra casa
la espantábamos con trapos. De niños salíamos a buscar luciérnagas
para untarnos el color fosforecente en las manos”.
Ojalá ahí donde todavía hay luciérnagas se
mantengan, y ojalá volvieran a donde ya no las hay, en especial
donde ya no se puede ser niño, aun teniendo la edad.
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