Panamá, 2 de junio de 2002
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Las luciérnagas

Fauna y flora urbana
Jorge Ventocilla / Instituto Smithsonian

Pocos animales están tan ligados con la magia de nuestra infancia como las luciérnagas. ¿Quién de niño no se sintió atraído por ellas? Seguramente más de uno atrapó luciérnagas y las metió en un frasco, tratando de descubrir cómo hacen para brillar o simplemente para verlas resplandecer en la oscuridad de nuestra mesa de noche: creo yo que es el insecto que más niños llevan voluntariamente a sus habitaciones. Contenta y emocionada, una amiga me relató en estos días su encuentro nocturno -al fondo de su jardín - con “muchísimas luciérnagas”. “Ya está” -me dije, “es el momento de escribir sobre ellas”.

Existen unas dos mil especies diferentes, sobre todo en las regiones calientes y húmedas del planeta (Asia tropical, Centro y Sur América se llevan el récord). Todas son parte de la familia Lamparydae, familia de escarabajos. Y probablemente muchas luciérnagas aún estén por descubrirse en los trópicos. No sé el número de especies en Panamá, pero debe sobrepasar el centenar.

Las hembras ponen sus huevos en tierra y semanas después nacen las larvas (algunas de las cuales también emiten luz). Viven asociadas a sitios húmedos con madera en descomposición o en la cercanía de quebradas y charcas. Todas son carnívoras y pueden ser beneficiosas para la agricultura, pues comen caracoles y gusanos plagas. Por lo general, más tarde los adultos utilizan los mismos hábitats de las larvas. Observaciones de adultos alimentándose son prácticamente inexistentes y se asume que la mayoría no come; si acaso lo hacen, buscan polen y néctar.

La luz se apaga

Pregúntese usted mismo o pregunte a personas mayores en casa: Años atrás, ¿había más luciérnagas en la ciudad? Con seguridad la respuesta será un sí. Varias razones se argumentan para esta declinación de las poblaciones de luciérnagas en las ciudades: el uso indiscriminado de plaguicidas, el desecamiento de hábitats apropiados para el ciclo de vida de las luciérnagas, demasiada “contaminación lumínica” (en muchas capitales ya no se ven ni las estrellas…), cambios globales de temperatura, incremento de organismos que depredan las larvas, cambios en el patrón de uso de la tierra y/o la constante disminución de las áreas verdes en la ciudad.

Me dice el amigo Blas Quintero, coordinador de la Asociación Cultural Ngobe, que allá en Rincón Hondo (Pesé), donde pasó su infancia, a las luciérnagas las llamaban “lucemas”.

“Después del 25 de abril, día de San Marcos, la gente de Rincón Hondo observa cuidadosamente a las lucemas (luciérnagas) para ver su vuelo; si vuelan a ras de tierra la gente dice que el invierno está cerca; si vuelan altas, la gente dice que todavía no hay señas de aguas, es decir que aún no llega el invierno. Cuando una luciérnaga entra a una casa es mala señal; alguno de los de la casa se enfermará; por ello, cuando entraba una a nuestra casa la espantábamos con trapos. De niños salíamos a buscar luciérnagas para untarnos el color fosforecente en las manos”.

Ojalá ahí donde todavía hay luciérnagas se mantengan, y ojalá volvieran a donde ya no las hay, en especial donde ya no se puede ser niño, aun teniendo la edad.


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