Una condena más llevadera
Como el dinero escasea, las internas ayudan a conseguir
fondos Edith Castillo Duarte
ecastillo@prensa.com Las imágenes deprimentes
que se conocen de las cárceles panameñas, han creado un prejuicio sobre el Centro
Femenino de Rehabilitación que también me tocó a mí...
El solo hecho de pasar frente al lugar me causaba inquietud, y sin pensarlo decía:
“Dios mío, protégeme”. En mi mente surgía un lugar tétrico, lleno de celditas
abarrotadas de mujeres agresivas con caras mustias y despeinadas y malolientes.
Mi imaginación estaba muy lejos de la realidad, aunque tal vez mi impresión no
habría cambiado de haber visitado el centro dos años atrás.
La llegada de Marta Navarro, el 9 de octubre de 2000, marcó un nuevo rumbo para
este centro femenino y consiguió levantar el ánimo de las internas.
Es evidente que no deja de ser una cárcel en donde las internas
pagan su deuda con la sociedad. Ese fue el primer mensaje que destacó Navarro
cuando inició su tarea, pero su propósito fue hacer más llevadera la condena de
las reclusas. “El ambiente ya no es tan pesado”,
comenta una de las internas que está allí desde 1997. “Ya no estamos tan encerradas
como antes, y se nos permite comunicarnos con nuestros familiares”.
A medida que fue mejorando el aspecto de las instalaciones,
la directora se fue interesando por los problemas de las internas y ellas respondieron
positivamente. El hacinamiento persiste,
pero los niveles de agresividad han bajado considerablemente.
“Estamos muy satisfechas con esta administración. Hay mucha
preocupación por la parte social y las relaciones humanas”, comentó Irene Granado.
El presupuesto del centro es reducido, apenas
alcanza para la comida diaria. Ante esta realidad, las reclusas llevan a cabo
actividades para comprar productos de limpieza o para mantener sus hogares presentables.
En este centro penitenciario hay 470 internas
repartidas en 10 “hogares”, que constan de una pequeña sala de estar y una habitación
abarrotada de camarotes. Hay hogares que albergan hasta 61 reclusas.
También está lo que llaman “la preventiva”, que es donde
están las reclusas que no se adaptan o que son muy peligrosas. El hacinamiento,
no obstante, se agrava cada día. Ahora, las
reclusas piden un doctor permanente y que no les cambien a la directora. “El temor
de nosotras es que ella se nos vaya”, señaló la colombiana Aida Milan.
Dijo que en Navarro ven a una amiga en quien tienen
confianza porque las orienta y aconseja. “Nos hace la condena más llevadera”.
En el centro opera un taller de costura,
una fábrica de horquillas, un salón de belleza y se acondiciona un centro de computadoras.
Tras una evaluación de buena conducta y excelente
responsabilidad, la reclusa se gana el derecho a trabajar en estos tallleres donde
se les paga por su trabajo y se les exige ahorrar.
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