Hongo y bromuro pasó por aquí, bille que no lo vi
Ahora entiendo por qué los molineros (como dijo uno de ellos) se quedaron pecho a tierra en este escándalo y dejaron a Pedro Adán y a Liborio fumigándose entre ellos
Pedro Acosta Isturaín
En unos días estará arribando a puerto el próximo contingente arancelario de arroz para asegurar el abastecimiento de tan preciado grano en la mesa del panameño. Tengo la certeza de que esta vez se activarán todos los mecanismos del aparato cuarentenario, de salud y de comercio para que no cunda el pánico y a nadie se le ocurra atentar contra la paz y la tranquilidad, y mucho menos sembrar la inestabilidad social, como sucedió con el embarque anterior que a alguien se le ocurrió decir que el arroz tenía hongos y que lo fumigarían con bromuro de metilo.
Con relación a lo anterior, le pedí a unos amigos que conocen mucho más que yo de este negocio, que me explicaran cuál pudo haber sido la utilidad aproximada del arroz fumigado y enviado a los molinos que lo compraron, después que los panameños nos lo comimos.
Con ligera variación en los métodos, los cálculos nos dicen que la utilidad del arroz en cáscara está alrededor del millón 200 mil y la del arroz blanco está en una suma parecida, es decir, para una inversión aproximada de millón y medio recuperables en los 12 días calculados para abastecer a la población. Me dicen que la mezcla que se haga con el grano nacional es importante en esta ganancia.
Ahora entiendo por qué los molineros (como dijo uno de ellos) se quedaron pecho a tierra en este escándalo y dejaron a Pedro Adán y a Liborio fumigándose entre ellos.
Por la importancia que representa el arroz como plato principal en la dieta del panameño, me atrevo a sugerir que en estos casos los controles fitosanitarios sean reforzados con la participación (y la credibilidad) de instituciones como el Instituto de Análisis Especializado de la Universidad de Panamá. Sugiero también que para la tranquilidad de los consumidores, estos controles incluyan un examen microbiológico completo no solo para detectar el Tilletia Barclayana, sino cualquier otro hongo, toxinas, patógenos o contaminantes que acompañen la carga.
Y mucho mejor sería que los resultados de los análisis fueran debidamente divulgados por las autoridades competentes para la tranquilidad de la población (léase consumidores), cada vez que llega un contingente de éstos.
Finalmente amables lectores, nadie se acuerda que con el famoso arroz también vino soya y maíz, y no sabemos cuál era su destino. Espero que no fuera para la industria alimentaria (consumo humano directo) y mucho menos si también le metieron el inofensivo bromuro de metilo.
El autor es secretario general de UNCUREPA
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Acosta Isturaín
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