Partida no es la hembra del partido
El Estado panameño debe respetar escrupulosamente los contratos que celebre con las empresas privadas, pero éstas tienen que hacer lo mismo
Guillermo Sánchez Borbón
Un viejo proverbio chino (muy citado últimamente)
advierte: “Piensa mucho en lo que vas a pedir, porque puede serte
concedido”.
Una de las principales consignas en la lucha contra la dictadura, fue el restablecimiento de la alternancia en el poder. Y efectivamente nos fue concedido, pero después no sabíamos qué hacer con el regalo. Porque tampoco podíamos devolverlo. La alternación se produjo entre el PRD y el Partido Arnulfista. Con las consecuencias que todos conocemos y lamentamos.
En la vecindad, por así decirlo, recientemente han ocurrido hechos que nos autorizan a abrigar esperanzas. Tratando de aprovechar la protesta popular contra el gobernante bolivariano (esto fue antes del alocado golpe que trataron de darle los chapuceros), uno de los políticos del período pre Chávez trató de arengar a la multitud, y fue obligado, a punta de rechiflas, a cerrar la boca. La mayoría de los venezolanos repudia al pintoresco payaso de Miraflores, pero con la misma vehemencia se niegan a retornar a un pasado de ignominia. Dejad a los muertos descansar en paz. Ningún milagro logrará resucitar a los dos grandes cadáveres políticos. Ni Chávez, ni Acción Democrática, ni COPEI. Es como la salida que le atribuyen –falsamente, al parecer– a La Codorniz, en plena dictadura: “Franco sí, pero el comunismo tampoco”.
En Costa Rica se ha agrietado irreparablemente el bipartidismo, herencia del 48. Liberación Nacional se ha rajado en dos. La facción disidente logró elegir 14 diputados (de un total de cincuenta y pico), un partido independiente sacó seis y otro, uno. Con esta nueva realidad política tendrán que contar los calderonistas, atrincherados en la Unidad, cuyo candidato ganó las elecciones presidenciales en la segunda vuelta. Como en su escogimiento –debido al peculiar sistema tico– no participaron las nuevas fuerzas políticas, la abstención fue enorme. Otro síntoma de que el modelo, como el de Panamá, está herido de muerte.
El caso más reciente es el de Colombia. Desde el siglo XIX el país quedó atrapado entre dos polos políticos, liberales y conservadores, que libraron guerras ideológicas y de las otras. Cuando el conflicto no podía resolverse en las urnas, se dirimía en el campo de batalla. El Estado Federal fue, entre muchas otras cosas, un esfuerzo de don Justo Arosemena para poner al Istmo –con el pretexto de su singular posición geográfica– fuera de juego, a fin de que no alcanzaran a sus habitantes las balas que disparaban en sus feroces enfrentamientos armados los dos bandos políticos que, demasiado a menudo, ensangrentaban al resto de Colombia. La Guerra de los Mil Días, que se derramó a Panamá, donde adquirió la fuerza incontrastable de una riada o de cualquier otra calamidad natural, fue el factor que más pesó en el ánimo de quienes hicieron nuestra independencia. En aquellas contiendas insensatas es que hay que ir a buscar, también, las causas remotas de la violencia actual de Colombia.
Uribe fue el instrumento de esta fractura, que puede alcanzar la dignidad de histórica, si él consigue elevarse a la altura de las circunstancias. Es cierto que se dice liberal, pero aunque haya salido de la vieja y cansada matriz, Uribe ya no lo es, por lo menos no lo es en el sentido que le dan a la palabra los sectarios. Y lo menos que necesitan los colombianos es un nuevo Partido Liberal y un nuevo Partido Conservador. Aspiran a otra cosa, no a renovar los estrechos moldes políticos que tanto daño han hecho a su país.
Yo no entiendo mucho de estos asuntos (¿cómo entenderlos si son oscurecidos por la neolingua que parlan los expertos de hoy? Por ejemplo, sé lo que quiere decir –y lo dice– la palabra equiparación, sin embargo, no se me alcanza el sentido lato que le dan ahora. No sé qué hace la palabreja en un lío de muelles); pero debo decir que los empresarios nacionales y extranjeros hablan hasta por los codos de “seguridad jurídica”, hasta que, de tanto sobarla, han vaciado de todo sentido a la locución. No importa lo que digan, la seguridad jurídica tiene una vía de ida y otra de vuelta. El Estado panameño debe respetar escrupulosamente los contratos que celebre con las empresas privadas, pero éstas tienen que hacer lo mismo, porque los firmaron libremente, sin apremios, sin que nadie les pusiera una pistola en la sien (ni en la noventa y nueve, como dijo memorablemente Cantinflas) y los amenazó: o pone aquí su chayotera, o le levanto la tapa (y le bajo el fondo) de los sesos.
Espero, contra toda esperanza, que la Asamblea Legislativa se lave en parte sus pecados rechazando este nuevo atentado al sentido común y a los intereses nacionales.
Además en opinión
• Partida no es la
hembra del partido: Guillermo Sánchez Borbón •
Reacciones desproporcionadas: Jorge E. Ritter
• Triunfo
para Uribe, peligro para Panamá: Betty Brannan Jaén
• Hongo y bromuro
pasó por aquí, bille que no lo vi : Pedro
Acosta Isturaín
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