Panamá, 2 de junio de 2002
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Mundialitis y alegría

Igual grita el pobre que el rico; los héroes proceden por lo general de las capas marginadas, aunque dejan de serlo con los millonarios contratos que logran firmar con la función trascendental de patear la bola

Rafael Candanedo
rcandanedo@prensa.com

Calculado y fascinante, produce una amnesia colectiva sobre las certidumbres, pero más incertidumbres, de esta época de la humanidad. En torno a dos artilugios (el pito es más ridículo que el balón), se pone en escena un impresionante espectáculo que toca una zona profunda de la sensibilidad y provoca buenos sentimientos de mucha gente, sea de la inmensa China o de un recóndito paraje de nuestra campiña. Freud, a lo mejor, podría explicarlo.

El escenario del primer Mundial de este milenio es nada menos que Japón y Corea, países en los que se sitúan, aunque las apariencias nos engañen, culturas diversas.

Durante un mes, esta nave Tierra (y no sabemos si a algún vecino le interese) se concentra en este torneo, que en esta ocasión se celebra ocho meses después del atentado cometido contra las torres gemelas. No solo participan las personas que pueden pagar por un espacio en las graderías de los estadios del Oriente Lejano. Sin costo alguno, los demás podemos presenciar los partidos o parte de ellos, ya sea desde los televisores del edificio principal de las Naciones Unidas, en Nueva York, desde la escuela, el trabajo o la residencia. En nuestro hemisferio, la cuestión será de madrugada, y en más de un país la mañana –y hasta el día laboral– siguiente al partido será de asueto. No habrá que pedirle a Leopoldo Neira que vaya al campo y elabore una encuesta para saber que hasta a los hipocondríacos –sobre todo a aquellos que amanecen en el Seguro– les gusta más el fútbol que una sala médica, y que quienes tienen que hundir el botón en la bomba de Paquistán o la India (o los que ya la tenían y la han usado: remember Iroshima) estarán ocupados en la pacífica tarea de ver el televisor.

Culebrón televisivo

Se calcula que son unas 100 horas de espectáculo global (pariente rico de la fiesta patronal, del repique de los Campesinos de El Chorrillo). Se trata del ritual que tanto ha acompañado al hombre desde las civilizaciones primitivas, solo que en plena era de la globalización y con el apoyo de los sistemas digitales, centenares de cámaras de televisión y cuanta herramienta ofrece esta sociedad de la tecnología. Esta caracterización es la que lo hace diferente a aquellos torneos deportivos pioneros, en los que los atletas competían desnudos y sin ningún tatuaje publicitario en el cuerpo.

En el Mundial se siente el griterío de multitud, los aplausos, el bramido, el movimiento telúrico. Se cuenta con la presencia de los demás en el estadio y frente a la pantalla de tevé. Alguien ha dicho que es una manera distinta de vivir el debate cultural. En nuestro planeta es uno de los eventos de multitudes que se organiza con mayor anticipación y con lujo de detalles.

El acontecimiento ha sido concebido con la mediación de las cámaras de televisión. La televisión lo ha convertido en el más exitoso espectáculo de masas. Parece un culebrón de entretenimiento, por entregas. El capítulo final no lo será el último partido. Las cámaras se trasladarán al país vencedor, donde los héroes serán recibidos por el presidente o monarca, serán agraciados con la condecoración que se regatea a sabios, poetas y científicos, y los fanáticos, en euforia y más nacionalistas que nunca, demostrarán, en sus rostros, su inmensa felicidad.

Marginación y millones

En todo momento, la TV simula que habla con el público y que lo toma en cuenta. En apariencia, estamos viviendo en un mundo feliz. Igual grita el pobre que el rico; los héroes proceden por lo general de las capas marginadas, aunque dejan de serlo con los millonarios contratos que logran firmar con la función trascendental de patear la bola. En el letargo, el sida parece ficción, los arsenales de Sadam y las guerras nacionales y regionales, una pesadilla de Julio Verne. Por el contrario, se respira paz espiritual y social en la rica Italia y en los barrios senegaleses; se divierten blancos y negros en Sudáfrica, pacifistas y nuclearistas en la India, los vecinos del Salamanca y Carabanchel madrileños y quienes ocupan las confortables presidencias empresariales de la Avenida Paulista, en la próspera Sao Paulo y los moradores de las carnavaleras favelas cariocas.

Si son reyes todos los Ronaldos del equipo brasileño y Crespo, Batistuta, Cavallero y Ayala argentinos, en el mundo feliz los espectadores son príncipes, e incluso representamos un papel activo: se nos permite asumir posiciones, expresamos opiniones, pronosticamos soluciones sin necesidad de profundizar y sin tener que ejecutar nada, salvo el control del televisor. La creatividad aflora y la sensatez colectiva –escasa y hasta nula en otros momentos de la cotidianeidad– es abundante.

Este es un negocio de una cantidad enorme de plata. Para qué tratar de imaginarla. Pero al espectador no le cuesta nada. Incluso puede hasta ganar. Una pariente mía metió un papel en una tómbola y la mandaron, con marido y gastos incluidos, a ver a estos gigantes del fútbol.

La gente en estos días puede soltar la lengua y ejercer el deporte nacional de opinar sobre todo. En este país donde está vacante desde hace años el puesto de zar anticorrupción, sin que a nadie le importe, sí hay cuanto director técnico de fútbol uno se pueda imaginar. No sé por qué a esos celosos brasileños no se les ha ocurrido venir a buscar reemplazo aquí para el obstinado y con frecuencia malhumorado Scolari. Francamente hay de todo: un profesor universitario, ante la pregunta de quién cree que ganará, enumeró a cinco seleccionados europeos, sobre todo, dijo, “el de España, porque es la madre patria”.

Espectáculo globalizado

Alegra y aterra que el espectáculo esté globalizado. Se ha uniformado: se han borrado los perfiles propios y existe una dictadura de la regla. Se vocifera que este es un deporte popular y nadie me ha consultado sobre la distancia para patear un penalti. Propondría que se eliminara esa fórmula. Sin embargo, los dictadores de la FIFA han cambiado las reglas cuando han querido. Tanto autoritarismo después de tantas víctimas para que se asentase el imperio de la democracia participativa en este planeta epidémico de mundialitis aguda.

El fútbol, no obstante, es una de las poderosas expresiones de identidad cultural. Uno sabe cuando el balón está en manos (mejor dicho en los pies) de un brasileño: hay pegajosa samba, una batucada, un no sé qué (Eduardo Galeano sostiene que el fútbol brasileño es parte de la samba). Y qué decir de la eficiencia alemana, la técnica italiana, el juego en equipo escandinavo y la fuerza del tigre africano. Son tantas las diferencias que, cuando ovacionan, los aficionados alemanes, según nuestros oídos y códigos culturales, dan la impresión de estar abucheando.

En un mundo de violencia y con la violencia de la televisión y la que transmiten los otros medios de comunicación, ¡viva el oasis del Mundial! Es un instrumento de paz, armonía y alegría, todo a partir de una pelotita, trata de convencerme, circunspecto, el amigo Pedro Salazar.

El autor es doctor en lingüística hispánica y periodista


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