Uribe y los ejércitos triunfadores
En casi todo el planeta
se percibe a los militares como unos seres detestables y prescindibles
a los que no importa sacrificar
Carlos Alberto Montaner
FIRMAS PRESS. -El mismo día en que la televisión
colombiana daba cuenta de la victoria electoral de Alvaro Uribe,
la televisión estadounidense homenajeaba emotivamente a los soldados
caídos en las guerras. Era Memorial Day. La asociación viene a cuento
porque el político colombiano, elegido por la creíble firmeza con
que prometió combatir y derrotar a los narcoguerrilleros comunistas
y anticomunistas, tiene algo muy importante que aprender de la experiencia
militar estadounidense: el tipo de relación que existe entre la
sociedad y sus guerreros.
Estados Unidos no sólo tiene el mejor ejército
del mundo por los recursos económicos y tecnológicos que el país
genera, lo que sin duda alguna pesa bastante, sino porque sus Fuerzas
Armadas son tratadas respetuosamente, no se escatiman recursos para
tratar de preservar las vidas de los soldados cuando entran en combate,
y el pacto de honor que vincula a oficiales y subalternos descansa
en la certeza de que nadie será abandonado, aun cuando la situación
sea desesperada. Por otra parte, el salario que reciben es razonable,
y a los veteranos se les otorgan facilidades para estudiar, adquirir
viviendas o atenderse en hospitales especiales. Cuando mueren, se
les entierra decorosamente y, si ello ocurre en suelo distante,
se hace todo lo posible por repatriar el cadáver. Sencillamente,
no hay “carne de cañón” entre ellos.
Aunque parezca extraño, ese tipo de relación
digna entre la sociedad y sus guerreros no es la regla, sino la
excepción. En casi todo el planeta se percibe a los militares como
unos seres detestables y prescindibles a los que no importa sacrificar,
incluso masivamente. Se les paga de forma miserable y se les desprecia
en el terreno social. Esto, claro, tiene sus consecuencias: los
militares así tratados se vengan respondiéndole a la sociedad con
la misma moneda: cumplen torpemente con su deber, carecen de lealtad,
y, llegado el caso, no vacilan en tratar a sus propios compatriotas
con la misma brusquedad con que los ejércitos de ocupación se mueven
en suelo extranjero.
Alvaro Uribe, con muy buen juicio, ha prometido
elevar el número de efectivos de su ejército hasta alcanzar los
100 mil soldados profesionales, cifra nada extravagante para una
nación en guerra que cuenta con 40 millones de habitantes y casi
un millón de kilómetros cuadrados de territorio. Pero este aumento
es cuantitativo y no cualitativo. Para derrotar a las narcoguerrillas
también hay que dar el salto cualitativo. Muy rápidamente, hay que
transformar las relaciones entre la sociedad y los cuerpos militares
hasta lograr que el pueblo sienta orgullo y gratitud hacia la institución
castrense, mientras los hombres y mujeres uniformados desarrollan
el espíritu de lucha y la disciplina que se derivan de una autopercepción
positiva.
Sin este componente sicológico es muy difícil
triunfar. En la Primera Guerra Mundial fue muy notable la disciplina
férrea de los ingleses frente a la desmoralización que se observaba
en las tropas francesas. Entre los británicos no hubo casos de desobediencia
en medio del espantoso matadero de la guerra de trincheras. Los
franceses, en cambio, flaqueaban, y los oficiales recurrían al cruel
expediente de fusilar a sus propios hombres para conseguir que mantuvieran
la ofensiva. Cuando terminó el conflicto se encontró una explicación
comprensible a la diferencia de comportamiento: los soldados británicos
tenían moral de combate porque se sentían guardianes de su pueblo.
No peleaban porque los obligaban, sino porque cumplían con una misión
patriótica. Se sentían héroes y protagonistas de hazañas respetables.
Los franceses y los italianos, en cambio, se percibían como despreciable
carne de cañón.
Termino con una historia personal. Hace 40
años, en medio de la Crisis de los Misiles, cuando parecía inevitable
la guerra y ocupación de Cuba, el gobierno del presidente Kennedy
convocó a los jóvenes cubanos exiliados a alistarse para encabezar
la fuerza expedicionaria. Entonces yo tenía 19 años y vivía en Estados
Unidos, de manera que me ofrecí como voluntario, pese a que carezco
de la menor vocación militar. A las pocas horas estaba en Kentucky
disfrazado de soldado y en un salón donde nos hablaba un general
estadounidense listo para desembarcar en la isla. Recuerdo que nos
dijo algo que entonces me resultó sorprendente: “jóvenes, he leído
el himno cubano y he descubierto un verso en el que se aprecia y
admira el hecho de ‘morir por la patria’, pero quiero explicarles
que en nuestro ejército las cosas se ven de otra manera: aquí lo
que pretendemos es que sea el otro el que muera por su patria y
no nosotros”. Muchos años después, viendo la película Salvar al
soldado Ryan recordé la anécdota. Los ejércitos efectivos son aquellos
queridos y respaldados por la sociedad. Estoy seguro de que Alvaro
Uribe no ignora este hecho.
El autor es analista internacional y periodista
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