Panamá, 31 de mayo de 2002
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Amistad y compadrazgo

Flaco favor le hizo el magistrado a la presidenta y a la Corte; hubiese sido preferible mantener un silencio prudencial

Eudoro Jaén Esquivel

Todos tenemos el derecho de escoger nuestros amigos y compadres. Nadie puede interferir con ese derecho natural. Bajo ese punto de vista, no veo nada inapropiado en la relación de amistad y compadrazgo que existe entre doña Mireya Moscoso y el señor Alberto Cigarruista. Ambos están en entera libertad de continuar esa relación, aun bajo las circunstancias actuales donde una es presidenta de la República y el otro es magistrado de la Corte Suprema. Los panameños debemos respetar sus derechos a continuar su relación de amigos y compadres.

Dicho lo anterior, dada la norma constitucional de separación de poderes que debe haber entre el Organo Ejecutivo y el Judicial, y sobre todo por las circunstancias bajo las cuales fue escogido el magistrado Cigarruista, obliga a ambos a ejercer extrema prudencia y comportamiento formal público muy distinto al anterior pre-nombramiento. La razón principal es obvia. Hay que disipar las fuertes dudas surgidas durante el proceso de ratificación del nombramiento del magistrado, acerca de la capacidad de ambos para mantener la objetividad en cumplimiento de sus especializadas y diferentes funciones. Sus funciones oficiales los convierte en agentes principales de dos órganos del Estado cuyas naturalezas obligan a mantener el mayor grado de independencia de criterio. En este sentido el peso de la responsabilidad recae más en el magistrado, pues su periodo de mandato sobrepasa el de la Presidencia, con la real posibilidad de que en el futuro tendrá que lidiar con temas jurídicos surgidos de actos de esta administración.

A mi manera de ver las cosas, cambiar de ser simplemente amigos y compadres a presidenta de la República y magistrado de la Corte Suprema, y desligarse de la interferencia de los normales sentimientos de amistad, camaradería y aprecio personal cuando se actúa en función de esos cargos, crea la obligación de un nuevo código de comportamiento. Existe una nueva condición muy especial y delicada que nace de la Constitución de la República. La relación personal requiere ahora de mayor comprensión y férrea disciplina personal. Ya no se tiene la misma libertad de antes de expresión pública de manifestaciones de amistad y aprecio. Se hace necesario respetar las distancias. No significa que se deja de ser amigos, todo lo contrario, el sentido de amistad se fortalece reconociendo que el cambio en el comportamiento nace de los requerimientos del cargo y no de sentimientos personales. Se fortalece el sentido de mutuo respeto. Comprendo que es sumamente difícil y penoso, pero las exigencias de ambos puestos públicos, de mantener independencia de criterio en todo sentido, así lo hace obligante. No hay alternativas.

Además, en mi código de amistad pongo muy en alto el evitar exponer con mis actos a mis amigos en situaciones que puedan ocasionarles daños o perjuicios de cualquiera naturaleza. En este sentido, el magistrado, en mi opinión, debió anticipar las consecuencias negativas para la imagen de su amiga –en su condición de presidenta de la República– que resultarían de su viaje a España. El como político debió prever que con toda seguridad surgirían críticas y suspicacias. En aras de la amistad, hubiese sido preferible declinar la invitación, si acaso la hubo, o dilatar su viaje para fechas que no coincidieran, si fue un viaje resultado de su propia decisión. Desgraciadamente no sucedió así. Luego, a su retorno, en un gesto nacido quizá del sentido quijotesco de amistad que tenemos los que venimos del campo, agrava la situación y genera más polémicas. En lo que pareciera ser la intención de una manifestación pública de su derecho e intención de mantener una amistad imperecedera y libertad de acción en su tiempo libre –condiciones que nadie le niega–, ahonda el daño político a su amiga. Somete a nuevas dudas su futura actuación en la Corte. Flaco favor le hizo el magistrado a la presidenta y a la Corte; hubiese sido preferible mantener un silencio prudencial, como bien lo ha sabido hacer la presidenta.

El autor es ingeniero

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