Panamá, 31 de mayo de 2002
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
La Ciudad
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Defensor del lector
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Mundial 2002
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Panamá: ¿sin temor ni a Dios?

Alberto B. Conte

“No me mueve, mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido;/ ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves Señor; muéveme el verte/ clavado en esa cruz y escarnecido; /muéveme el ver tu cuerpo tan herido, /muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo yo te amara/ y aunque no hubiera infierno te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera;/ pues, aunque lo que espero no esperara;/ lo mismo que te quiero, te quisiera”.

Los terribles y muy dolorosos hechos ocurridos en días recientes, me incitan a empezar este escrito con el poema, de la supuesta autoría de santa Teresa de Jesús, que considero la más bella exposición de amor y respeto, sólo sentido por un alma pura como el de la venerada monja. Con tristeza, sin embargo, debo aceptar que esa nobleza de sentimiento no es usual en el género humano que puebla la tierra. Y es que el contenerse de cometer actos bochornosos, perfectamente inmorales o criminales, no se puede dejar a la sola enseñanza de cultura, urbanidad y buenos modales. Para evitar el abuso de unos cuantos sobre las mayorías respetuosas de los derechos de los demás, hubo de crearse las leyes que, en la reducción de ciertas libertades, nos permitieran vivir en paz y armonía.

Es cierto, la libertad absoluta no existe. Y no puede existir porque, si cada quien hiciera lo que le placiera, la toma de la justicia por la propia mano del ofendido haría imposible la convivencia en sociedad. El mundo empezó con la ley del más fuerte. Con los años, esta insensata fórmula de sobrevivir se dejó al mundo animal, mientras que en el de los humanos concertábamos medidas para impedir que la barbarie reinara en el mundo.

Pero sólo hacer leyes no ayudaba a la armonía entre las personas. Para evitar su rápido desechar, se acordó que las leyes debían llevar una pena a quien las transgrediera. El famoso poder coercitivo el cual, por su castigo, intimidaba a los ciudadanos evitándose la comisión de muchos delitos. Era el temor a la ley.

Para evitar la rápida ineptitud de los instrumentos rectores del comportamiento social, era entonces fundamental que se aplicara el rigor del castigo a quien faltara al cumplimiento de lo establecido, fuera quien fuera. Si no había castigo alguno, o si habiendo no se aplicaba a algunos, entonces la ley no servía propósito alguno.

Hay mil ejemplos de la conveniencia de vivir bajo el temor de la ley. Un poco dentro de la línea del poema con que inicio este escrito; ¿cuántas veces no se ha encontrado el lector que, al resplandecer un relámpago y restallar un trueno, se persigna buscando intuitivamente, dentro de enseñanzas ancestrales, que un ser todopoderoso nos libre de daño o peligros? En la misma línea, en la confesión, más que arrepentimiento ¿no se busca lograr ir a un cielo prometido al momento de la siempre inesperada muerte? Pero ahora, en un plano más materialista; nunca vi que un policía de la ex Zona del Canal castigara con golpes o insultos o prisión a un panameño que arrojara basura en las calles. Sin embargo, todos recordamos que allá los castigos no eran condonados gracias a un padrino. Allá se pagaban, y acá se botaba la basura desde el vehículo en que viajaba, luego de sostenerla hasta llegar a Panamá. A uno lo temían, al otro lo despreciaban. ¿Dónde viviríamos mejor, con autoridad y respeto, o en absoluta libertad?

Son muchos los actos por los cuales evidenciamos esta merma de valores morales en nuestro país, y es necesario hacer un análisis profundo de ellos y las formas de eliminarlos. Sin embargo, nosotros debemos empezar por aceptar que vivimos hoy el resultado de 500 años de una incultura de base y no es cierto que la solución a tamaña tara se logre en un año ni en 10, pero tenemos que empezar cuanto antes, proponiendo los cambios necesarios para instaurar los conceptos de orden y disciplina que devolverían el grado de respeto que merecen las personas.

No me importa repetir mis argumentos una vez más. El problema del aumento de la delincuencia es indiscutiblemente un tema de muchas aristas y difícil manejo. No obstante, la señal que emite la sociedad panameña a través del incremento de la agresividad entre los ciudadanos y una devaluación de la conducta en general, con merma de los valores fundamentales, es debido, a mi juicio, a la imperante falta de autoridad a nivel general y a la ausencia de una conciencia ciudadana fundamentada en dar prioridad al bienestar social sobre el particular. Si no hay autoridad que implemente las leyes y reglamentos concebidos para garantizar la convivencia pacífica de las personas, el lamentable “juega vivo” sustituirá los conceptos de orden y disciplina que impiden el grado de respeto que merece cada ser humano.

Sólo reforzando a la autoridad se podrá proceder a promover la serie de cambios que necesita nuestra sociedad en áreas tan variadas como educación académica y del hogar; integración familiar y responsabilidad paternal. La recomposición económica de las provincias para terminar con la trágica emigración del campo a la capital, que aumenta el desempleo y la demanda por más servicios; el incremento de la pobreza y la pobreza extrema. La habilitación de los mecanismos culturales de persuasión y represión de la agresividad. La actitud de los políticos que crean mercados de votos y no de ideologías patrióticas, politizando toda la vida del país con el consiguiente descrédito ante la ciudadanía que pierde la credibilidad en todas las instituciones. La desmedida ambición por bienes y fácil riqueza, y el consumismo desmedido en contradicción al ahorro y el logro por esfuerzo propio.

Y no puedo dejar a los medios de comunicación fuera de este examen. Entendemos que a falta de una política estatal de comunicación definida, los medios no han sido concebidos como coadyuvantes del desarrollo socioeconómico del país. Son empresas privadas o públicas cuya estructura de tipo comercial les hace obligatorio competir por sintonía o circulación, con medios similares, incorporando o copiando en su presentación un alto porcentaje de ejemplos provenientes de otras latitudes culturales, sociales y económicas que habrán evolucionado, pero que se presentan a nivel nacional sin mayor o mejor orientación. Ellos son importantes para la recuperación de Panamá y, dándoles un tiempo suficiente, podrían modificar sus estrategias sin sentirse perjudicados en sus inversiones.

Ante la lluvia de escándalos morales, políticos y económicos que nos han golpeado sin misericordia, el silencio de las autoridades y la poca o ninguna sanción a confesos y culpables permite que se siga pensando que en Panamá el crimen sí paga; por tanto, jamás saldremos de esta vorágine de pecado, porque ya no se teme a la autoridad de los hombres, ahora, ante el crimen de un sacerdote, ya no se teme ni siquiera a Dios.

El autor es publicista y periodista


Además en opinión

¡Por fin!...periodistas auténticos: I. Roberto Eisenmann, Jr.
La lucha por la tradición en La Villa y Parita: Jaime A. Porcell Alemán
Panamá: ¿sin temor ni a Dios?: Alberto B. Conte
Amistad y compadrazgo: Eudoro Jaén Esquivel






¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ Trasfondo¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios ¦ UH Deportes ¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.internet@prensa.com

Corporación La Prensa TEL (507)222-1222
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá