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El empujoncito de "la
mano de Dios" -que, según Maradona, le impulsó
su gol en México 86- no estaría de más
para que la Argentina de la desventura económica de
hoy obtenga la mayor bienaventuranza posible en estos días:
el campeonato mundial de fútbol. Este onceno de campeones
reúne el alto espíritu que falta a sus compatriotas
después del colapso económico y político
reciente y de los rigores del "corralito" financiero.
Se acaba de poner en escena el impresionante espectáculo
global del fútbol -pariente rico de la fiesta patronal-,
que es una poderosa expresión de identidad cultural
para buena parte de los pueblos de la Tierra. Uno de los 32
países participantes en el juego del pito y el balón,
Argentina es uno de los favoritos para hacerse con la Copa.
Ese pronóstico contrasta con la frustración
que se respira en las urbes y en los fecundos campos argentinos,
donde se identifica como culpable del estado de postración
económica, social y moral a la "rapacidad"
de la clase política. El deber cívico y la suerte
de la autoestima, incluso la de las próximas generaciones,
están en el cerebro y los pies de Crespo, Cavallero,
Batistuta, Verón, Ayala, el Cholo Simeone, de sus compañeros
y del comandante, Marcelo Bielsa. Ellos no han perdido su
personalidad de ganadores y la condición de potencia
de la que carece su país. Si además "la
mano de Dios" les favorece, entonces encenderán
una luz de felicidad -solo un rayo en medio de la tiniebla
de una crisis mayúscula- para los desdichados argentinos. |
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