Padres coraje
Padre, al igual que madre,
sólo hay uno
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Conozco poco de la materia, pero según tengo entendido, no es nada
fácil que un papá pierda la patria potestad sobre su hijo. Hechos
específicos y de gran envergadura como el que le maltrate, abuse
sexualmente de él o que lleve a cabo conductas que le supongan un
riesgo (propias por ejemplo de un psicópata) son algunos de los
criterios que se podrían esgrimir en este sentido. De lo contrario
y a menos de que él mismo lo dé en adopción, el progenitor masculino
tiene ya no sólo unos derechos sino unos deberes relacionados con
ese ser cuya concepción sería imposible de no contar con su aporte.
Porque –para empezar– sin un espermatozoide, el óvulo no llegaría
jamás a buen puerto.
Pero la aportación emocional que la madre
y el padre revierten en la criatura ha sido catalogada como no equitativa
desde el principio de la humanidad. A la primera, la única que es
capaz de llevarlo en sus entrañas, parirlo y amamantarlo, la sociedad
misma le reconoce un vínculo mucho más estrecho con ese hijo, por
lo menos durante sus primeros años de formación. Por eso y a pesar
de que ambos cónyuges tengan autoridad legal sobre la prole, es
a ella a la que en caso de divorcio se le otorga la custodia. Custodia
que, volviendo al punto, no está por encima de esas obligaciones
paternas.
Fines de semana alternos y mitad del período
vacacional, en lo referente a régimen de visitas, y el pago de una
manutención formarían parte de algunas de ellas. Intentar que el
entuerto que supone la ruptura matrimonial sea lo menos perjudicial,
y mantener, pese a ella, el vínculo entre el padre que se va de
casa y el hijo, es la idea. Sobre todo teniendo en cuenta que a
medida que éste crece necesitará cada vez más de aquél, tal como
evidencian los últimos estudios (que vienen a dejar de lado el mito
de que los cuidados maternos llenan todas sus necesidades) y las
palabras de los mismos hijos cuando se les deja opinar libremente.
Ahora bien, si efectivamente se cumple con
los criterios señalados al inicio de esta nota (con lo cual la influencia
del papá sería a todas luces nefasta), apartarlo de la vera del
chiquillo sería lo más sensato. Ahí se encuadrarían, por ejemplo,
los que tocan sus partes íntimas, les caen a golpes o los humillan
verbalmente. Que por desgracia son muchísimos y difícilmente condenables
por la supuesta falta de pruebas. A estos, al igual que a las progenitoras
maltratadoras, privarlos de la patria potestad está de sobra justificado.
Privación que para ser lograda ha costado más de una cana a muchas
madres juiciosas que están dispuestas a defender a capa y espada
a sus retoños. Mis respetos a ellas.
Sin embargo no me infunden lo mismo esas
otras que sin motivos aparentes, limitan e incluso luchan por anular
los encuentros del papá con los hijos. Todo esto con unos pretextos
incomprensibles, poco claros e incluso falsos, que a lo que huelen
a veces es a resentimiento y ánimo de venganza.
Una batalla desigual
Tal es el caso de miles de padres de todas
partes del mundo. Es más, hace poco leí un artículo titulado Padres
coraje en el que se exponía el testimonio de tres de ellos. Se trataba
de hombres que parecían comunes y corrientes. Con sus virtudes y
probablemente también defectos como la mayoría de los mortales.
Ellos se quejaban amargamente de la lucha que han tenido que emprender
por mantener la relación con sus hijos tras la ruptura con las esposas.
Tarea sumamente ardua y que califican además de desigual porque,
al parecer, ellas cuentan con más privilegios legales y ponen unos
obstáculos muy difíciles de salvar. Por ejemplo —explicaba uno de
ellos— el derivado del hecho de que un buen día su ex esposa se
marcha con los niños, sin decir nada, a vivir al extranjero. Sin
la dirección ni el número del teléfono, se le hace imposible al
señor cualquier posibilidad de comunicación con ellos. “Si yo lo
hiciera —termina él diciendo— rápidamente sería apresado por la
Interpol, acusado de haber cometido un secuestro”.
Otro de los papás contaba que la que una
vez fuera su mujer había empezado una guerra por privarle de todos
sus derechos y deberes. Según él, a pesar de los argumentos pobres
ella tiene todas las de ganar porque se ha dedicado a desprestigiarlo
ante los jueces, y lo que es peor ante los propios niños que empiezan
a tenerle miedo.
Y como éstas, muchas más historias parecidas.
Las razones de tanta traba, según algunas madres, son loables y
están encaminadas, supuestamente, a preservar el bienestar del niño.
Pero lo que ellas no saben (o quizás no quieran saber) es que lejos
de protegerlo, el hecho de privarle de la relación con el otro progenitor
es garantía de su inseguridad en el futuro. Inseguridad, porque
con esta carencia lo único que se logra es la anulación de una parte
del niño. Y eso tarde o temprano le cobrará una factura. Pero no
sólo a él, el menor, sino también a la madre. Porque es muy probable
que cuando el niño crezca le recrimine a ella el tiempo que no compartió
con su padre. Y pese a todas las excusas que ella esgrima, puede
que el hijo le achaque que le da igual todo, que quiere conocerle,
amarlo y dejarse amar por él. Porque, en definitiva, es su padre.
Y padre, al igual que madre, sólo hay uno.
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