Panamá, 28 de mayo de 2002
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Padres coraje

Padre, al igual que madre, sólo hay uno

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Conozco poco de la materia, pero según tengo entendido, no es nada fácil que un papá pierda la patria potestad sobre su hijo. Hechos específicos y de gran envergadura como el que le maltrate, abuse sexualmente de él o que lleve a cabo conductas que le supongan un riesgo (propias por ejemplo de un psicópata) son algunos de los criterios que se podrían esgrimir en este sentido. De lo contrario y a menos de que él mismo lo dé en adopción, el progenitor masculino tiene ya no sólo unos derechos sino unos deberes relacionados con ese ser cuya concepción sería imposible de no contar con su aporte. Porque –para empezar– sin un espermatozoide, el óvulo no llegaría jamás a buen puerto.

Pero la aportación emocional que la madre y el padre revierten en la criatura ha sido catalogada como no equitativa desde el principio de la humanidad. A la primera, la única que es capaz de llevarlo en sus entrañas, parirlo y amamantarlo, la sociedad misma le reconoce un vínculo mucho más estrecho con ese hijo, por lo menos durante sus primeros años de formación. Por eso y a pesar de que ambos cónyuges tengan autoridad legal sobre la prole, es a ella a la que en caso de divorcio se le otorga la custodia. Custodia que, volviendo al punto, no está por encima de esas obligaciones paternas.

Fines de semana alternos y mitad del período vacacional, en lo referente a régimen de visitas, y el pago de una manutención formarían parte de algunas de ellas. Intentar que el entuerto que supone la ruptura matrimonial sea lo menos perjudicial, y mantener, pese a ella, el vínculo entre el padre que se va de casa y el hijo, es la idea. Sobre todo teniendo en cuenta que a medida que éste crece necesitará cada vez más de aquél, tal como evidencian los últimos estudios (que vienen a dejar de lado el mito de que los cuidados maternos llenan todas sus necesidades) y las palabras de los mismos hijos cuando se les deja opinar libremente.

Ahora bien, si efectivamente se cumple con los criterios señalados al inicio de esta nota (con lo cual la influencia del papá sería a todas luces nefasta), apartarlo de la vera del chiquillo sería lo más sensato. Ahí se encuadrarían, por ejemplo, los que tocan sus partes íntimas, les caen a golpes o los humillan verbalmente. Que por desgracia son muchísimos y difícilmente condenables por la supuesta falta de pruebas. A estos, al igual que a las progenitoras maltratadoras, privarlos de la patria potestad está de sobra justificado. Privación que para ser lograda ha costado más de una cana a muchas madres juiciosas que están dispuestas a defender a capa y espada a sus retoños. Mis respetos a ellas.

Sin embargo no me infunden lo mismo esas otras que sin motivos aparentes, limitan e incluso luchan por anular los encuentros del papá con los hijos. Todo esto con unos pretextos incomprensibles, poco claros e incluso falsos, que a lo que huelen a veces es a resentimiento y ánimo de venganza.

Una batalla desigual

Tal es el caso de miles de padres de todas partes del mundo. Es más, hace poco leí un artículo titulado Padres coraje en el que se exponía el testimonio de tres de ellos. Se trataba de hombres que parecían comunes y corrientes. Con sus virtudes y probablemente también defectos como la mayoría de los mortales. Ellos se quejaban amargamente de la lucha que han tenido que emprender por mantener la relación con sus hijos tras la ruptura con las esposas. Tarea sumamente ardua y que califican además de desigual porque, al parecer, ellas cuentan con más privilegios legales y ponen unos obstáculos muy difíciles de salvar. Por ejemplo —explicaba uno de ellos— el derivado del hecho de que un buen día su ex esposa se marcha con los niños, sin decir nada, a vivir al extranjero. Sin la dirección ni el número del teléfono, se le hace imposible al señor cualquier posibilidad de comunicación con ellos. “Si yo lo hiciera —termina él diciendo— rápidamente sería apresado por la Interpol, acusado de haber cometido un secuestro”.

Otro de los papás contaba que la que una vez fuera su mujer había empezado una guerra por privarle de todos sus derechos y deberes. Según él, a pesar de los argumentos pobres ella tiene todas las de ganar porque se ha dedicado a desprestigiarlo ante los jueces, y lo que es peor ante los propios niños que empiezan a tenerle miedo.

Y como éstas, muchas más historias parecidas. Las razones de tanta traba, según algunas madres, son loables y están encaminadas, supuestamente, a preservar el bienestar del niño. Pero lo que ellas no saben (o quizás no quieran saber) es que lejos de protegerlo, el hecho de privarle de la relación con el otro progenitor es garantía de su inseguridad en el futuro. Inseguridad, porque con esta carencia lo único que se logra es la anulación de una parte del niño. Y eso tarde o temprano le cobrará una factura. Pero no sólo a él, el menor, sino también a la madre. Porque es muy probable que cuando el niño crezca le recrimine a ella el tiempo que no compartió con su padre. Y pese a todas las excusas que ella esgrima, puede que el hijo le achaque que le da igual todo, que quiere conocerle, amarlo y dejarse amar por él. Porque, en definitiva, es su padre. Y padre, al igual que madre, sólo hay uno.


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