Panamá, 28 de mayo de 2002
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El inglés en la palestra pública

Tenemos que estar dispuestos al cambio, sin aferrarnos a viejos esquemas pasados y atrasados que nos puedan perjudicar

Clarence C. King
junito@cwp.net.pa

Luego de hacerse público el proyecto de ley No.141, por medio del cual se establece el uso del idioma inglés como idioma comercial de la república de Panamá, con el fin expreso de modernizar el ahora deficiente mercado, facilitar el comercio y las inversiones extranjeras, y además estimular su enseñanza y aprendizaje, han salido varias personas, grupos políticos y empresariales a condenar de antemano al fracaso la iniciativa, tildándola de improcedente sin que medie hasta el momento un estudio reflexivo con contenido científico que nos oriente e indique, con sentido de realidad, si conviene o no a los intereses de la nación.

Hay que sopesar con serenidad las repercusiones favorables o desfavorables que tal decisión pudiera tener en estos momentos en que la situación de extrema pobreza y desempleo agobia a vastos sectores de nuestra población, y además tener presente el hecho de que nuestra juventud está desesperada por una nueva esperanza y una nueva oportunidad.

El proyecto de ley en mención ha desatado una especie de histeria –como todo lo que denota cambio en este país– dentro de algunos grupos de interés especial. Da la impresión que la preocupación de los traductores e intérpretes nacionales no es por el avance y bienestar del país, sino por sus propios intereses que piensan pueden ser afectados. El inglés es hoy en día el idioma comercial en el mundo y es utilizado por todas las potencias industrializadas occidentales en sus transacciones comerciales.

Hace varios años el Departamento de Estado Norteamericano adoptó como política de Estado que todos los diplomáticos y cónsules tienen la obligación de conocer y poder hablar el idioma del país al que son enviados, para así no tener que depender del servicio de traductores e intérpretes en sus relaciones políticas y comerciales para el beneficio de todos.

Es necesario que los panameños afronten con confianza los cambios que demanda la nueva era. Estamos viviendo procesos de modernización en los que rápidamente se desarrollan nuevos estilos de vida, nuevas tácticas e ideas. Se han revolucionado nuestros sistemas de comunicación, de educación, de producción y mercadeo, lo que está trayendo como consecuencia nuevas alternativas y oportunidades.

Es un hecho que los cambios en esos sistemas producen ajustes que algunos resisten y otros le dan la bienvenida. Pero lograr cambios radicales en nuestras prioridades socioeconómicas –sobre todo en estos momentos de globalización y apertura de mercados– debe ser nuestra intención y filosofía básica.

En este mundo moderno y globalizado lo que ayer era apropiado, hoy puede perder vigencia. Tenemos que estar dispuestos al cambio, sin aferrarnos a viejos esquemas pasados y atrasados que nos puedan perjudicar, y adecuarnos a los tiempos que transcurren. Insisto que tenemos que forjar el cambio de mentalidad evolutivo necesario para sobrevivir y evitar profundizar la crisis socioeconómica en el país.

Es necesario que seamos un pueblo práctico, orientado hacia el futuro. Tenemos que tener metas prácticas y un enfoque realista para promover el interés nacional sino, ¿cuál sería el futuro de Panamá si sus hijos no se atrevieran a cambiar y a modernizar sus instituciones y doctrinas políticas y socioeconómicas?

Por mi parte, estoy dispuesto a esperar el análisis y dictamen final, ya sea a favor o en contra, que emane de los debates juiciosos y serenos entre los gremios, las asociaciones y personas versadas en el tema.

El autor es planificador jubilado

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