Cambio en la Asamblea
En estos momentos, la Asamblea Legislativa se encuentra en su peor posición en los últimos 12 años de “vida democrática”
Abdiel Augusto Patiño Iglesias
augusto2312@hotmail.com
Con alegría hemos recibido las recientes declaraciones del presidente de la Asamblea Legislativa, Rubén Arosemena, en las que se hace eco de la discusión y aprobación de un proyecto de ley que acabe para siempre con las prerrogativas que gozan nuestros legisladores. El hecho, un tanto sorprendente, marca la posición y voluntad de cambio de uno de los 71 legisladores, quien ha decidido hacer caso a las voces populares que claman por el final de este tipo de exenciones inmorales.
Ahora, en medio de la esperanza que se abre ante tan esperada propuesta, surge la duda razonable acerca del camino que pueda tomar la eliminación de estas prebendas. Considerando la experiencia vivida en el periodo 1994-1999, en el que el entonces legislador Víctor Méndez Fábrega presentó igual propuesta y esta jamás fue siquiera considerada por la mayoría de los parlamentarios, nos sentamos a analizar qué sucedería si la historia se repitiera. En aquella ocasión, los oídos sordos se apoderaron del hemiciclo legislativo, e hicieron caso omiso del justo llamado, sin contar con que una gran parte de los que “ignoraron la moralidad y la justicia” recibieron como premio la reelección en 1999; mientras que el que intentó hacer eco del clamor ciudadano, fue castigado en las urnas por un electorado que, en ciertas ocasiones, actúa insensatamente.
Haciendo un análisis comparativo entre ambos momentos de la vida política de la nación, podemos evaluar que en aquella ocasión la Asamblea gozaba de cierta estabilidad, refiriéndonos al hecho de que no se daban tan altos niveles de denuncias acerca de corrupción u otros actos indecorosos; aunque, cierto es, que la ciudadanía repudiaba de igual forma los insanos privilegios y las extrañas actuaciones que llegaban al conocimiento general. Esto fue completamente diferente a lo que se vive en la actualidad. En estos momentos, la Asamblea Legislativa se encuentra en su peor posición en los últimos 12 años de “vida democrática”. La acumulación de hechos intolerables, desde 1990 hasta hoy, ha reventado finalmente; y aunque no son todos los mismos legisladores de los periodos anteriores, la vida y obra de la Asamblea no es fiel a las disposiciones nacionales y, mucho menos, a las aspiraciones ciudadanas.
Todos somos conocedores de los escándalos que han aumentado el repudio de la ciudadanía, al igual que somos conscientes de las buenas decisiones que, en ciertas ocasiones, se han tomado. No podemos olvidar las cosas buenas; en medio de esta realidad, hay que reconocer que se pueden hacer actos buenos, pero mientras no se reestructure lo fundamental, toda buena acción se verá contaminada por la desidia y la corrupción ocasionada por legislaciones intolerables, indecentes e inconcebibles.
Si la Asamblea Legislativa quiere reivindicarse en algo, frente a la opinión que se ha merecido de parte del resto del pueblo panameño, debe empezar por acabar con todo lo que permite que esta no sea realmente productiva, responsable y respetuosa con la dignidad nacional. Se deben acabar todos los privilegios y prebendas indecorosas de las que gozan; y no solo ellos, sino también todos los demás entes del Estado que tengan goces parecidos –bueno, eso es otro tema–. Por otro lado, también se tiene que considerar, en un futuro, si esta Asamblea demuestra voluntad y aprueba la propuesta sin tanta algarabía y con mucha “responsabilidad”: la reestructuración total de este órgano del Estado, para así ponerle fin al crecimiento desenfrenado en el número de legisladores y reducir la cantidad; a los mecanismos de elección antidemocráticos plasmados en el Código Electoral, a los famosos circuitos electorales, a las partidas circuitales (los legisladores legislan, no realizan obras que corresponden a otras áreas), y así también las demás inconsistencias que le abren la puerta a la improductividad y a la corrupción.
Consideramos que el primer paso ha sido dado, pero la ausencia de comentarios y opiniones por parte de los demás legisladores, deja en entredicho la voluntad de cambio de este órgano del Estado que ha sido construido para legislar en beneficio de la nación. Ojalá se les abra la mente a todos y decidan sentar el precedente que nuestro país desea y tanto necesita.
El autor es estudiante universitario (UTP)
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