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La ceguera de los optimistas
Si se trata de tomar medidas para mitigar la violencia, es necesario apuntar al fondo de las cosas y no tan solo a la forma
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Pareciera que hay un clamor general que pide más policías y más vigilancia en las calles, especialmente desde que la muerte de monseñor Jorge Altafulla el domingo 19 de mayo nos commocionara a todos.
Se cae por su propio peso que todo asesinato, sea o no sea la víctima una persona conocida, debe ser castigado, y que la justicia, siempre tardía, no devuelve nunca a los familiares ni a los amigos la presencia de la persona que muere. Sin embargo, cae también por su propio peso que el impacto que produce en la opinión pública el asesinato de una figura reconocida, y más si es un sacerdote, es mucho mayor. La conciencia colectiva se rebela y se revuelve, y pareciera que desaparece bajo nuestros pies el piso en el que reposan las leyes del buen convivir.
No conocía yo en persona a monseñor Altafulla, aunque sí guardo por algunos miembros de su familia un reconocimiento muy especial. Mi respeto por su dolor no puede ponerse por tanto en tela de duda. Si este tipo de muerte nos golpea tanto, es precisamente porque no encaja entre los casos cotidianos que engrosan las estadísticas de criminalidad y delincuencia. Lo que no quita que, en términos prácticos, sea la gota que termine por derramar el vaso.
No obstante, pareciera un error suponer que la solución mágica para prevenir la violencia es poner más policías en las calles o equiparlos mejor, aunque es evidente que si hay zonas donde la vigilancia escasea o es ineficaz, habrá que poner remedio, y que si nuestros agentes están mal equipados, habrá que equiparlos. Acabo de enterarme, mientras escribo esta columna, de lo ocurrido en el cuarto de urgencia del Hospital Santo Tomás en la madrugada del lunes, donde dos bandas de delincuentes se han liado a tiros. El colmo de los colmos. Si bien no se trata de militarizar el país, es imposible negar que la policía tiene que estar en los puestos clave.
Hago hincapié en este punto para evitar que se saquen mis palabras de contexto y se llegue a la conclusión de que quiero que nuestros campos y ciudades queden sin vigilancia. No se vaya a repetir el caso de la señora María Olimpia de Obaldía, que en un artículo de opinión publicado en este diario ayer, lunes, y en referencia a otro mío del martes pasado, asegura que yo llegué a la conclusión de que “como somos un país en vías de desarrollo, nuestros (as) representantes deben vestir como pordioseros (as)”... En vista de que nunca utilicé esas palabras ni fue ese el sentido que le di a mi escrito, debo decir que la señora María Olimpia de Obaldía no dice la verdad, que es el modo educado que me enseñaron a utilizar cuando era niña para decir que alguien miente. Tengamos la fiesta en paz.
Pero volvamos a lo que íbamos. Si de tomar medidas se trata, las reformas para mitigar la violencia tienen que ir más allá, apuntar al fondo de las cosas y no tan solo a la forma.
Aunque un numeroso contingente de policías hubiera estado patrullando por los alrededores de la iglesia de Guadalupe el domingo 19, por la forma en que sucedió, no hubieran podido evitar el crimen. ¿Irán de ahora en adelante nuestros patrulleros a custodiarnos mientras oímos misa? Y por otra parte, ¿podrá la policía intervenir a tiempo, pongo por caso, cuando un hombre golpea a su mujer y a sus hijos en la intimidad de su hogar o cuando una mujer mata a su amante en un cuarto cerrado? Y eso, por no hablar de los adultos que abusan de niñas indefensas, o de los mil y un caso de injusticia y corrupción que nos afectan a diario a todos y que no solo pasan inadvertidos sino que además están institucionalizados.
Solemos echarnos las manos a la cabeza por la crisis de valores en que vive nuestra sociedad. Sin dejar de lado que el mundo entero vive tiempos difíciles, y sin que esto nos sirva de consuelo, estamos cosechando ni más ni menos lo que hemos sembrado durante las últimas décadas.
Cuando se abandona la educación de un país a la inercia; cuando los medios de comunicación miran más los dividendos que la cultura; cuando la desigualdad entre las clases sociales se hace tan marcada e injusta que llena de rencor y rabia a los más perjudicados; cuando las leyes se aplican de tal forma que el pobre queda preso y el político queda rico; cuando los trámites se hacen con sobornos; cuando se promueve de una y mil formas el machismo y la ignorancia, y sobre todo, cuando la justicia es inoperante, de poco nos servirán miles de policías en las calles.
Reconozcamos, para empezar, que la violencia (y la injusticia es una forma de violencia) se ha adueñado de nuestro modo de vida. Y reconozcamos también que de esta enfermedad que nos roe los huesos, no nos salvarán los discursos demagogos ni la ceguera de los optimistas.
La autora es correctora de La Prensa
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