Panamá, 22 de mayo de 2002
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Gracias monseñor Jorge Altafulla

Allá en San Miguelito aprendimos a quererlo a pesar de su carácter reservado y del tono elevado de sus palabras

Abdiel A. Gutiérrez

Si insistiera en hablar de violencia no haría más que redundar en un tema que me hastía. En estos días ya parece normal que un padre mate a golpes a su recién nacida, que una esposa descuartice a su marido, que un obispo se marche de su país amenazado de muerte o que otro aparezca degollado en una sacristía.

Ahora que mataron a monseñor Jorge Altafulla prefiero buscar consuelo en su vida, y no en las razones de su muerte. Porque, en caso de que la policía y los investigadores den con el asesino, no creo que se encuentre explicación para que alguien acabe con una mente brillante e instruida. Será siempre inexplicable la pérdida de un buen pastor.

De Jorge Altafulla vale la pena hablar. Quiero referirme a él, porque he escuchado a gente hablar de “las extrañas circunstancias de la muerte del padre”, cuando la delincuencia y la violencia en Panamá no tienen nada de extraño.

Yo diría que la cotidiana violencia cobró la vida de un hombre poco común. Seguramente no soy el más apropiado para decir demasiadas cosas de él. Porque él reunía muchas características que hacían difícil conocerlo completamente.

Allá en San Miguelito aprendimos a quererlo a pesar de su carácter reservado y del tono elevado de sus palabras. Una vez le escuché decir que el sentimiento es solo una parte de la dinámica del amor. Decir eso en San Miguelito tiene su mérito, especialmente por la personalidad tremendamente cálida y afectuosa que caracteriza a la gente de la parroquia. Al reparar en su vida entregada al evangelio, creo que comprendo un poco mejor lo que decía. Desde la parroquia de San Miguelito ejercía su función de vicario de Oriente, que abarca las parroquias desde Juan Díaz hasta Alcaldedíaz. Su nombramiento como obispo por parte del papa Juan Pablo II, reconoció su dedicación sacerdotal y sus conocimientos. Recuerdo todo el regocijo y fiesta que generó su designación en Cristo Redentor.

Durante los años de verdadera crisis económica a finales de los 80, animó a hacer las ollas comunes y las acciones de solidaridad con los más pobres.

Lo recuerdo por su sinceridad al hablar. Se situó en medio de las diferencias políticas evidentes en San Miguelito, durante y después de la invasión en momentos de tensión e incomprensión. También lo escuché decir que el sacerdote no busca aplausos. Creo que a él no le hacía falta que lo aplaudieran, menos que lo adularan, porque en cada homilía, en cada celebración, demostraba una fortaleza espiritual y un conocimiento privilegiado de las enseñanzas de Jesús y de la Biblia.

Al frente del movimiento catecumenal, ejerció un liderazgo sencillo y sin pretensiones. En serio me resultó controversial. Especialmente porque crecí con la idea de que la iglesia es un escalón al cielo. Me sorprendió escuchar a monseñor Altafulla decir que desde el catecumenado, la búsqueda de Dios es un camino hacia abajo. Que es una búsqueda en lo más hondo y profundo de nuestro interior, un encuentro crudo con todo lo que somos por dentro, todo.

No puedo ocultar mi admiración por él. Sin embargo, con todo lo que lo admiraba, hablamos poco. Un día le pregunté por qué en su representación clásica, Jesús se muestra muerto en una cruz. Me habló con paciencia del significado de la cruz y describió la muerte de Jesús como la puerta al Padre.

Dios nos bendijo a todos los que conocimos a monseñor Altafulla, mucho o poco. La dimensión de su testimonio pastoral, de su serenidad y de su vida, es superior a todas las anécdotas e intrigas que pudieran tejerse a raíz de la estupidez de un rufián. Por eso, hoy que estoy tan triste no me interesa encontrar la explicación de su muerte; me consuelo en el recuerdo de sus palabras sabias; sigo buscando ese camino y esa puerta de la que me habló.

Gracias monseñor Altafulla.

El autor es periodista

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